Un mes intenso
Encima de la mesa tenemos asuntos tan candentes como la reforma de la arquitectura de la supervisión financiera, los requerimientos de capital para los bancos, el impacto de las ayudas estatales sobre el mercado común, la armonización de las normas contables, los planes de estímulo al empleo, la recuperación del dinero de los contribuyentes invertido en rescatar las entidades bancarias, poner cotas a las remuneración de los ejecutivos, la dolorosa restructuración de los sectores menos productivos de nuestra economía, la ampliación de la eurozona o la regulación de los mercados de futuros. La semana próxima votaremos la resolución del Parlamento Europeo sobre la pasada cumbre del G20, constituiremos la comisión especial sobre la crisis económica y discutiremos el impacto de la crisis en los países más desfavorecidos.
La otra noche, discutiendo una posible enmienda (la comisión propone que los estados puedan eximir a las empresas pequeñas de gran parte del papeleo contable), me volví a dar cuenta del gran impacto que tienen nuestras acciones y de la necesaria vocación de servicio de público. En muchas ocasiones la burbuja del Parlamento nos atrapa y nos envuelve en dinámicas poco comprensibles. Sin embargo, no podemos perder de perspectiva que, como en todos los trabajos, aquello que hacemos tiene consecuencias sobre el resto de las personas. El trabajo que ahora desempeño es muy diferente a todo aquello que había hecho antes, con todo el aprendizaje que ello conlleva. A veces me siento un poco inseguro, pero los errores que cometemos quedan más que compensados por la satisfacción de los pequeños pero gratificantes éxitos. Haber trabajado previamente con la delegación británica me hace, inevitablemente, tener un punto de vista en ocasiones diferente al de muchos de mis compañeros. Todo suma. Para colmo, tres de mis antiguos compañeros se encuentran ahora trabajando también para la Comisión de Asuntos Económicos con diferentes diputados. Además, Antolín, uno de mis nuevos jefes, es un tipo cojonudo.
Regresar al Parlamento también es motivo de alegría por el reencuentro con los muchos amigos que dejé aquí. Es cierto en esta ciudad resulta muy sencillo hacer amigos pues todos compartimos el sentimiento de desarraigo, pero también es complicado mantenerlos por ser esta una ciudad de paso. Sin embargo, Bruselas aún conserva pequeños comercios en los que compartir mágicos momentos con una apabullante cantidad de personas realmente interesantes. Librerías, galerías de arte y chocolaterías se agolpan por el centro de una bonita ciudad sólo afeada por las inclemencias meteorológicas. Sus parques no tienen nada que envidiar a los de otras capitales y museos como el africano guardan en su interior auténticas joyas. El ambiente cosmopolita es especialmente fascinante en una ciudad tan pequeña que todo se encuentra a una distancia cómoda de andar. De hecho, los ostentosos cocktails a los que nos invitan en ocasiones los lobbystas no resistan la comparación con las noches de teatro, jazz y kebab que ofrece este rinconcito de Europa.
En un plano más personal septiembre también ha sido un mes intenso. Tuve la oportunidad de a Derek Vaughan, un nuevo diputado británico que hizo honor a la fama de su pueblo contándonos cerveza en mano sus primeras impresiones sobre el peculiar funcionamiento del Parlamento. Cenas crepes en Estrasburgo después de infinitas horas en el laberinto del parlamento es otra de las muchas recompensas que tiene este trabajo. Reengancharme a la actividad orgánica del partido a través de su agrupación en Bruselas es también motivo de alegría. Las agrupaciones en el exterior son siempre especiales pera esta quizás lo sea aún más. Aquí nos juntamos exiliados de la posguerra, con jóvenes profesionales, funcionarios de las instituciones europeas, asesores políticos, trabajadores de las oficinas regionales, de la industria, las ong’s e incluso erasmus. Todos nosotros coincidimos en la convicción de que la militancia política, en tanto que significa intentar ser coherente con tus valores, viaja contigo aunque en muchas ocasiones tengamos los pies en Bruselas y la cabeza en España. Es precisamente gracias al extraordinario potencial de esta extraña convivencia que contamos con una red de contactos que nos permite traer ponentes como Ignacio Elorrieta, quien hace unas semanas nos estuvo hablando de cómo avanzar hacia una economía sostenible.
Algunos de los miembros de las recién creadas Juventudes Socialistas de España en Europa estuvimos cenando ayer con Mahfoudh Romdhani, vicepresidente del parlamento belga, nos invitó a cenar a su casa para hablarnos entre otras cosas de la importancia del compromiso con tu entorno – sea éste el que sea. Para dar pasos en esa dirección me he vuelto a acercar a Amnistía Internacional, me he apuntado a clases de alemán en el Instituto Goethe, me he sacado el abono anual de unos cines cercanos a casa y me he apuntado a un club de debate. Sin embargo todavía sigue siendo complicado escaparse del embraguiador olor a rica cerveza que desprende el entorno de los expatriados. Quizás debiera de empezar por leer la prensa local pero los periódicos belgas me recuerdan demasiado a los franceses y, como decía ayer un amigo, todos sabemos que los franceses cuando se quieren suicidar apuntan con la pistola un metro más alto que su cabeza por lo grande de su complejo de superioridad.
Este fin de semana son las jornadas federales de Izquierda Socialista y las elecciones en Grecia. En fin, querido aunque improbable lector; otro día hablamos de Alemania, Portugal y el tema de moda: la crisis de la democracia? no, su punto de inflexión.
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Querido aunque improbable lector, bienvenido a este itinerante cajón de sastre en el que descaradamente juntamos palabras, a veces malsonantes, sobre política, literatura, Europa, cine y otros desvarios. Bienvenido a esta miscelánea que, emulando a la de Ben Schott, "muy pocas veces se declara exhaustiva, autorizada, ni práctica, si quiera. Empero se declara, eso sí, esencial".
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