NOTICIAS DE ÚLTIMA HORA | OTRAS VOCES

Ecos del silencio

20.diciembre.2011 - 22:25

La semana pasada se anunciaron las películas candidatas a los Globos de Oro entre las cuales The artist, el nostálgico homenaje cuasi mudo a los inicios del celuloide, arrasó convirtiéndose en la cinta más nominada con seis candidaturas incluyendo la de mejor película. No es de extrañar. The artist es buen cine e invita al espectador a retomar viejos hábitos quizás olvidados.

Por favor, guarde silencio tras la pantalla

Viéndola me acordé de Lejos del cielo, la película de Todd Haynes que allá por el 2002 se entregaba a un interesante ejercicio confeso de transformismo cinéfilo emulando las maneras del que fuera maestro indiscutible del melodrama en Cinemascope y Technicolor, Douglas Sirk. En ella Julianne Moore tomaba el relevo de sufridoras de pro como Jane Wyman o Lana Turner para dar vida a una ‘desperate housewife’ que tras descubrir que su marido es homosexual y tratar en vano de ‘curarle’, termina enamorándose de su jardinero negro en la puritana Norte América de los 50. La odisea de Julianne transcurría en la misma época y en el mismo entorno en los que se desarrollaban los dramones de Sirk y estaba contada de la misma manera estilizada, conciliando exceso y sobriedad tanto en la puesta en escena como en el tono de la historia. Haynes jugaba a ser Sirk pero iba un paso más allá al hablar abiertamente de la homosexualidad, un tema que hubiera sido impensable tratar en la Norte América de McCarthy. El truco funcionaba y el resultado era un guiño posmoderno capaz de complacer tanto a los amantes de los refinados desvaríos en technicolor de Sirk, como a un público menos versado en referencias cinéfilas.

"Lejos del cielo"

Casi una década después The artist hace lo propio re visitando el cine mudo de los años veinte. La historia que cuenta (básicamente la misma de las tres versiones de Ha nacido una estrella pero con el trasfondo de la transición del cine mudo al sonoro) no destaca por su originalidad, pero la forma que elige su director para contarla brilla con luz propia. Michel Hazanavicius hace una película en blanco y negro, muda y con intertítulos para recordarnos cómo el cine comenzó a hablar y los cadáveres que ese recién ganado habla fue dejando por el camino. Su protagonista, George Valentin, un galán venido a menos con el advenimiento del sonoro, nunca imaginó que su voz fuera a traicionarle. El día en que, aún en la cima del éxito, ve la primera prueba de sonido de su ‘partenaire’ femenina, Valentin no puede evitar reír escéptico. “Es el futuro del cine”, le dice su productor. Esa misma noche Valentin tiene una terrible pesadilla en la que todo a su alrededor suena, los objetos al caer sobre la cómoda de su camerino, su perro al ladrar, las bailarinas al reír en grupo mientras pasean por los estudios… todo menos él cuya voz ha desaparecido.

Jean Dujardin en "The artist"

Las películas comenzaron a hablar en 1927. Dos años más tarde, en 1929, el ‘crack’ económico asoló Estados Unidos dando lugar a la Gran Depresión. Llegaron tiempos duros y el cine contaba ya no solo con la imagen sino con la palabra hablada para combatirlos. No bastaba solo con mirar. Escuchar se hacía necesario para entender las historias de la sala oscura. Cuantos más sentidos estuvieran ocupados en la tarea mejor. Menos espacio habría para las preocupaciones. Hoy The artist propone lo contrario. Que vuelva el silencio. Al igual que hiciera Lejos del cielo con los melodramas de Sirk, la película de Hazanavicius recupera los modos de un tipo de cine del pasado, en este caso el mudo, para ir un paso más allá: a diferencia de cualquier película de las primeras décadas del celuloide, en The artist hay sonido. En dos momentos fugaces, al final de la película y sobre todo durante la pesadilla de George Valentin citada anteriormente. Los malos sueños suenan. Chirrían. Los buenos puede que no. Ochenta y dos años después del ‘crack’ del 29, en medio de otra gran crisis económica, la propuesta de The artist pasa por el silencio y el cine como sueño. Sueño mudo, de gestos y miradas. Para recordar de qué iba eso de mirar. Al otro. A uno mismo. Al espacio entre los dos. Y que de toda gran crisis surge una oportunidad.

Los artistas

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Melancolía era esto

16.noviembre.2011 - 3:33

Puede que estos días Berlusconi haga suya la famosa frase de Sartre “el infierno son los otros”. Los otros que le abuchean a pesar de haber tenido el ‘generoso’ gesto de liberar a Italia de su cautiverio. Los otros que le conminaron a ello. Los otros que celebran llenos de júbilo su indispensable retirada. Las últimas imágenes del ‘Cavaliere’ lo muestran abatido, profundamente solo, bajo el influjo de un planeta que avanza implacable hacia la Tierra, llamado Melancolía.

Me pregunto si el anciano destronado será capaz de aceptar su soledad, el hecho de que exceptuando su corte de ‘velinas’, sobornados y esclavos, su país, Europa, el mundo, le han dado la espalda. En caso de que no pueda, de que se resista a abrazar la verdad de la condición humana, yo le recomendaría tomar nota del viaje de dos mujeres bien distintas a las que él acostumbra a tratar: Justine y Marie, las protagonistas de Melancolía y Another year, las últimas cintas de Lars Von Triers y Mike Leigh respectivamente.

En Melancolía, Justine, una joven y exitosa publicista, comienza a sumirse en un extraño desasosiego el día de su boda a medida que un planeta llamado Melancolía se va acercando a la Tierra con peligro de colisionar con ella. Su malestar le hace comportarse de manera anómala desbaratando la celebración. En el transcurso de ésta Justine ofende a su jefe, desatiende de forma dolorosa a su marido, que termina dejándola, y rechaza la oferta de un compañero de trabajo enamorado de ella para asociarse con él, ahora que el jefe de ambos la ha despedido a causa de la ofensa recibida. En una sola noche Justine se desprende de tres hombres, renunciando a la estabilidad laboral y sentimental. Eligiendo la soledad. Quizás dada su juventud no tenga mucha experiencia de la vida, pero tiene una certeza: estamos solos y más vale hacerse la idea. Cuanto antes mejor.

Justine en "Melancolía"

Tras la fatídica boda el estado de Justine empeora, por lo que la joven se muda con su hermana, cuñado y sobrino pequeño a la mansión que éstos tienen en el campo. Melancolía se acerca cada vez más y Justine, hasta entonces bajo su influjo, resurge de sus cenizas una vez que el planeta está a punto de colisionar con la Tierra para hacerse cargo de su familia en los últimos momentos antes de la catástrofe. Justine sabe que Melancolía está deshabitado. Que si por algún milagro sobreviven a la colisión no encontrarán a nadie allí. La conciencia de la soledad le da la paz y la fuerza necesarias para aceptar el inevitable final.

Esperando la colisión

Al igual que Justine, Marie, la secretaria en el final de la cincuentena de Another year, vive bajo el influjo de Melancolía. Y al igual que ella busca refugio en casa de un matrimonio con hijo, intentando formar parte de una familia ante la ausencia de una propia. Sólo que en vez de una mansión decimonónica frente al mar rodeada de imponentes jardines salidos de los cuadros de Delvaux, se trata de una casa con pequeño huerto trasero en un barrio londinense de clase media. Y el hijo del matrimonio, en lugar de un sobrino de diez años se trata de un hombre en la treintena. A diferencia de Justine, sin embargo, Marie sigue jugando al ratón y al gato con Melancolía. Aquello de lo que Justine tiene plena certeza y ha llegado a aceptar pese a su juventud, Marie, en su madurez, lo intuye a la par que evita en una carrera a contrarreloj en busca del amor a veces grácil y cómica, otras patética, pero en todo momento profundamente conmovedora. Mientras que Justine rechaza a tres hombres en el preludio a su encuentro definitivo con Melancolía para entregarse a ella libre de lastres, Marie se pasa otro año a la búsqueda de uno con el que dar esquinazo a la soledad y al inmenso planeta que amenaza con devorarla como no se de prisa.

Marie en "Another year"

A lo largo del año durante el cual transcurre la película de Leigh, entre visitas a la casa con huerto de sus amigos Gerri y Tom, Marie  trata de seducir al hijo de ambos y más tarde, a punto de batirse en retirada, al hermano viudo y autista de Tom. Primavera, verano, otoño e invierno se suceden para la confusa Marie dejando un rastro de copas de vino, pasos en falso y decepciones anunciadas que culminan en una cena reencuentro con su ‘familia adoptiva’ durante la cual, a pesar de la compañía, se siente más sola que nunca. Consciente al fin de su condición, Marie abandona la lucha y permite que Melancolía colisione ferozmente con ella a lo largo de un largo plano fijo final de su rostro que condensa toda la fragilidad, la sabiduría y la resignación que es posible hallar en el ser humano. La filosofía de Justine termina calando también en Marie, treinta años mayor, cuya única certeza al final del exquisito y estremecedor viaje propuesto por Leigh es que lo único que le espera, ya sea sola o acompañada, es otro año más.

Del mismo modo que al ‘Cavaliere’ a quien, a sus 76 años, tras 17 en el poder, le aguarda al fin un año de soledad, alejado del Quirinale. Tiempo ideal para ver buen cine. Para dejarse llevar  e ir, de la mano de Justine, de Marie, al encuentro de nuevos planetas. Nunca es tarde. 3, 2, 1… 0… Bienvenido a Melancolía.

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De aquí a la prosperidad

1.octubre.2011 - 23:22

El domingo pasado la ABC, una de las cuatro mayores cadenas de televisión comercial de Estados Unidos, cerraba un ciclo y comenzaba otro nuevo. La serie Mujeres desesperadas, uno de los bastiones de la cadena durante la última década, iniciaba su octava y renqueante última temporada mientras que Pan Am, la ficción sobre un grupo de azafatas de la aerolínea Pan Am en los años 60, salía a la palestra con todos los honores.

Las 'globretrotters' de Pan Am

Me divirtió el hecho de que cuatro azafatas recién salidas de la universidad, dispuestas a comerse el mundo y  a recorrerlo de cabo a rabo en una de las épocas de mayor esplendor de los Estados Unidos, cogiesen el testigo de cuatro amas de casa de mediana edad confinadas en un barrio residencial de los suburbios sin más mundo que las comidillas vecinales (por más que los ingredientes de éstas sean chantajes, asesinatos, violaciones y demás menudencias) en pleno oscurantismo post 11-S. A lo largo de la última década Estados Unidos se ha retratado a sí mismo mediante algunas de sus series de ficción más ambiciosas y comerciales como un entorno opresivo constantemente amenazado, dominado por el miedo y la desconfianza en el cual la vigilancia social se erige como la medida preventiva presumiblemente más eficaz. A través de una isla desierta y salvaje (Perdidos), de un barrio residencial de los suburbios (Mujeres desesperadas), de una agencia de publicidad (Mad Men) o de una prisión (Prison Break), la ficción estadounidense más aparatosa ha construido un relato sobre la eterna amenaza y el recurso a la vigilancia social en cualquiera de las fases de la construcción de una sociedad. Desde la fase de asentamiento, construcción de un hábitat y creación de normas (los ‘náufragos’ de Perdidos), a la del castigo institucionalizado por el incumplimiento de esas normas vía aislamiento de la sociedad (los presos de Prison Break), pasando por la del aparente triunfo del contrato social en el marco de un entorno perfectamente diseñado a tal efecto (las amas de casa del ‘modélico’ barrio residencial de Mujeres desesperadas o los publicistas de la elitista agencia de publicidad de Mad Men). Todas ellas tienen un denominador común: en la lucha por la vida o el éxito laboral, náufragos, presos, amas de casa y publicistas no se quitan el ojo de encima. Cuando el peligro acecha cualquier precaución es poca.

Vigilancia desesperada

El día que Lars Von Triers decidió hablar sobre Estados Unidos en su alegórica Dogville, lo hizo a través de un pueblecito en las montañas de Colorado cuyos habitantes explotaban y vejaban a una joven que había llegado allí huyendo de la mafia en busca de refugio. El motivo que les llevaba a explotarla, obligándola a desempeñar toda clase de tareas era que, a medida que aumentaba la posibilidad de que la mafia irrumpiera en el tranquilo pueblecito para llevársela, con el consiguiente riesgo para ellos, sentían que más provecho tenían que sacar a la presencia de la joven en su territorio para compensar así el potencial peligro que comportaba acogerla. En su retrato de Estados Unidos, Von Triers equiparaba a la patria de la democracia con una despiadada compañía de seguros. Uno de los planos más espectaculares del primer capítulo de Pan Am es una vista aérea del mítico edificio MetLife de Nueva York, situado en Park Avenue, en pleno corazón de Manhattan. MetLife es la aseguradora de vida más grande de Estados Unidos con más de 3.3 billones de dólares en seguros de vida en vigor y su actual sede fue, hasta 1.981, la sede de Pan American Airlines.

El edificio Pan Am

Viendo el plano de Pan Am en el que las letras de MetLife habían dejado paso, con ayuda de los efectos especiales, a las antiguas letras de Pan Am sobre la fachada del imponente edificio de la 4ª avenida, pensé en la delectación con que la nueva serie de azafatas redibuja a Estados Unidos, retrocediendo a los tiempos de esplendor y bonanza económica, de vuelos intercontinentales de lujo, en los que los americanos traspasaban fronteras sin miedo e iban al encuentro de la vieja Europa para rendirle pleitesía con un guiño y un puñado de dólares. Mejor volar a destinos soñados que mercantilizar la existencia a través de seguros de vida. Al igual que Mad Men,  Pan Am es una fábrica de nostalgia por una era de abundancia, sofisticación y optimismo, pero a diferencia de la primera o de las series post 11-S mencionadas antes, a juzgar por el episodio piloto, no se detiene en el lado amargo del sueño americano. Mientras que Mad Men, a pesar de su idealización de los 60, no deja de ser un crudo retrato de la cuna del capitalismo a través del mundo de la publicidad, Pan Am (un híbrido entre la saga setentera de Aeropuerto y Creemos en el amor, título mítico de los 50 sobre tres americanas en Roma a la caza de marido) no pasa de una oda vistosa y sin pretensiones a un momento de la historia de Estados Unidos al que muchos americanos querrían volver y que puede que hoy en tiempos de crisis y de declive del imperio, necesiten recordar para seguir adelante. No en vano en una escena del capítulo una de las azafatas, refiriéndose a la portada de la revista Life en la que una de sus compañeras aparece como imagen de Pan Am, dice: “No eres tú, es la promesa de ti”. El cielo es el límite.

Sky is the limit

 

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Las invasiones táctiles

20.septiembre.2011 - 19:31

Este domingo fui a ver El árbol de la vida por dos motivos: porque es la última de Terrence Malick, ganadora de la Palma de Oro de Cannes y por tanto el ‘must see’ de la temporada (con permiso de la habitada dermis almodovoriana) y porque sabiendo que se trataba de un drama familiar de vuelos metafísicos, pensé que sería el producto ideal para una tarde catártica con la que despedir el verano y recibir lo más purgado posible el otoño, estación para muchos sinónimo de calor de hogar, jerseys bonitos y ‘vuelta al cole’, pero que yo recibo del mismo modo en que, tal y como relataba Amelié Nothomb en su primera novela, el antiguo protocolo imperial en Japón establecía que había que presentarse ante el emperador: con estupor y temblores.

El Dios padre

Acudí a mi catarsis pre otoñal  acompañado de una amiga cuya fobia particular se presenta con bastante más frecuencia que la mía a las hojas secas: su aversión a los domingos data desde que la conozco, hace más de una década, en tiempos de la universidad, cuando después de un fin de semana ajetreado me llamaba desesperada por teléfono rogándome que la sacara a la calle pues la quietud dominical hacía que la casa se le viniera encima y que su rostro frente al espejo, cual autorretrato de Bacon, experimentase a sus ojos inquietantes mutaciones. Entonces bautizamos sus domingos de angustia como ‘días Bacon’ y solíamos combatirlos yendo al cine y tomando algo después mientras comentábamos la película, hablábamos de las parejas que no teníamos y esquivábamos soñar con lo que en el futuro queríamos tener.

Escena de "El árbol de la vida"

Diez años después, con mi amiga emparejada y recién llegada a Madrid tras un exilio voluntario en el extranjero en busca quizás de un país sin domingos, el ritual se repetía. Sólo que esta vez la había llamado yo de urgencia y ella, sumida a su vez en un ‘bloody sunday’ sentimental, había acudido rauda y veloz a mi llamada. De modo que ahí estábamos los dos de nuevo en la sala oscura de cine dispuestos a sumirnos en la danza cósmica de Malick en la que los planetas de la familia O’Brien colisionan, se evitan, se tocan con miedo y ternura. Y mientras en la pantalla se sucedían imágenes grandiosas del cosmos y la evolución del planeta tierra como contrapunto a una historia familiar de Dios – padre e infancias traumáticas, nosotros, incapaces de abstraernos de nuestro Big Bang particular, deslizábamos periódicamente los dedos por la pantalla de nuestros teléfonos de pantalla táctil en busca de alguna llamada perdida o mensaje de alguien que nos permitiese dar algo de orden al caos.

Al salir de la película teníamos los ojos vidriosos. No sé si por el final mesiánico y algo ‘ya visto’ aunque conmovedor de la película, o por nuestro Big Bang ‘in progress’ en ningún momento suavizado a través de nuestros móviles a lo largo de la proyección. Nos quedamos de pie el uno frente al otro junto a la salida del cine. Ella limándose las uñas que antaño se mordía obsesivamente y yo arrastrando las yemas de mis dedos maquinalmente por la pantalla de mi móvil a la espera de una estrella fugaz. De repente ella me miró y sin apartar la lima de sus uñas, me espetó: “mi vida sentimental se desmorona”. Yo, sin apartar los dedos de la pantalla de mi móvil le contesté que por favor no me dijese eso mientras se limaba las uñas. Ella esbozó una sonrisa cansada. La lima es el enésimo parapeto tras el cual mi querida amiga ha conseguido esconderse con el paso de los años. Las pantallas táctiles de móviles e Ipads el que yo y tantos otros usuarios de tecnología ‘fashion’ utilizamos para mantener y evitar el contacto con los demás.

La danza de los abrazos

Mi amiga y yo permanecimos de pie unos instantes en silencio sin saber qué rumbo tomar a continuación. El trayecto más corto era darnos un abrazo pero no lo hicimos. Caí en la cuenta entonces de la cantidad de veces que los personajes se tocan unos a otros en la película de Malick. Cómo el padre severo encarnado por Brad Pitt rodea por la nuca a sus hijos, cómo su hijo mayor besa y acaricia a su hermano, cómo la madre luminosa coge de la mano a sus hijos para correr y jugar con ellos. Cómo les desliza hielo por la espalda entre risas para despertarles en verano. Cómo ellos tratan de meterle una lagartija por el vestido aprovechando la ausencia del padre para poder jugar y corretear sin miedo. Pero sobre todo, cómo el elenco de personajes al completo reunidos en la secuencia final de la playa, se van pasando el testigo a lo largo de una danza muda de abrazos y manos que se deslizan las unas sobre las otras en un intento por entender nuestra condición de eterna transitoriedad e insignificancia en el universo. Al igual que las tardes de domingo o los primeros días del otoño, momentos que son un soplo en el cómputo total, pero que se repetirán una y otra vez sin que podamos hacer nada para evitarlo más que recibirlos con los brazos abiertos.

Feliz comienzo de otoño.

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La piel que evita

3.septiembre.2011 - 18:22

Días antes del estreno de La piel que habito, Almodovar recomendaba a los periodistas no escribir sobre su última obra hasta pasado un día después de haberla visto para que la cinta reposase debidamente en sus cabezas y pudieran abrazarla en toda su complejidad. El que esto escribe ha terminado siguiendo los dictados del cineasta no por fe ciega, servilismo o veneración, sino porque una vez acabada la película se quedó literalmente sin palabras.

Almodóvar y criatura

Almodovar hace bien en recomendar ‘reposo’ tras el visionado de su cinta. Es lo que recomiendan los médicos tras una experiencia traumática, un accidente o una enfermedad. Y La piel que habito está cocinada con esos ingredientes y más. Aunque intuyo que Pedro no se preocupa tanto de nuestra salud como de la de su nueva criatura en términos de taquilla. Puede que consciente de las flaquezas de su propuesta, el manchego pretenda paliarlas con ayuda del tiempo que, como bien es sabido, todo lo cura. O casi todo. En cualquier caso, un día no es suficiente.

Dejando a un lado algunos rasgos de estilo almodovarianos menores (irrupción de la comedia en momentos dramáticos provocando a veces frustrantes anticlímax, interminables monólogos para explicar recovecos de la trama que podrían explicarse o sugerirse de forma más gradual y/o visual) que si bien en ocasiones pueden ser gratificantes, en otras ralentizan y empobrecen el conjunto, otro rasgo estilístico de mayor enjundia y obligada presencia en las últimas películas de Almodóvar obstruye a mi juicio los poros de La piel que habito: la narración descompensada y huidiza, temerosa de enfrentarse al verdadero conflicto, de explorar el dolor hasta las últimas consecuencias. El protagonista de la cinta, el cirujano Ledgard, encarnado por un Banderas tan solícito como poco convincente en su hieratismo, se dedica a experimentar con Vera (Elena Anaya dejándose la piel, nunca mejor dicho, por componer un personaje en principio atrozmente complejo con el estrechísimo margen de acción que le deja el guión) una nueva dermis resistente al dolor y al deterioro físico. La misma, parece, que recubre y protege toda la película, relegando al espectador a la condición de mero acariciador, resignado a recorrer con sus dedos una superficie algo áspera pero suavizada y adornada con cremas y cosméticos que evitan que penetre en carne viva y atrape al corazón en plena diástole.

Tras una primera mitad morosa y con tendencia a provocar la vergüenza ajena, a mitad de película se produce un brutal giro de guión dentro de un largo flashback. La información que aporta ese giro sobre la historia y los personajes es (sin entrar a valorar cuán rocambolesca), ante todo, espeluznante y una mina de oro a nivel de conflicto y psicología de personajes. A partir de entonces todo cambia, todo debería cobrar otro sentido y, aunque en parte lo cobra y la segunda parte de la película adquiere otra fuerza, ese sentido queda sin explorar. Ya es demasiado tarde. La relación entre Vera y Ledgard deviene automáticamente en algo pavoroso pero pavoroso en teoría. En la práctica es poco más que un apresurado anuncio de cosméticos. Y, por si fuera poco, el giro de guión dentro del flashback, lejos de realzar lo ya visto en la primera parte de la película (el tiempo presente), preñándolo de nuevos sentidos y matices, lo empobrece por dos motivos: porque revela innecesarios o excesivamente dilatados en el tiempo algunos elementos de la trama planteados entonces, y porque convierte en ligeras escenas que, dado el equipaje que arrastran los personajes, debieran haber sido tratadas desde otra óptica, con otro peso.

Moldeando a Vera

Es quizás por su acercamiento epidérmico a esta atroz historia de venganzas sublimes y amores imposibles, de enfermos Pygmaliones y mutiladas Galateas, que Almodovar apela al reposo para poder digerir su película y apreciarla en lo que vale. Porque así el espectador, pasado un día, caerá en la cuenta de cuán apabullante y abominable es lo que le contaron ayer (demasiado para entenderlo de primeras) olvidando en el camino la manera tímida en la que se lo contaron.

La piel que habito, con todo, como Vértigo de Hitchcok, esconde una enseñanza no ya valiosa, sino esencial: ay de aquel que pretenda moldear a otro ser a su antojo, ya sea por venganza o por amor. Con eso, que no es poco, me quedo un día después de ver la película. Gracias Almodóvar.

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Las precuelas son para el verano

14.agosto.2011 - 6:46

Cada verano los cines de medio mundo se pueblan de ‘remakes’, secuelas y precuelas made in Hollywood. Los estudios de mercado de L.A. estiman que el calor y el relajo propios del periodo estival merman las facultades del público lo suficiente como para que se le cuente por enésima vez la misma historia sin que oponga especial resistencia o manifieste más hastío del estrictamente necesario. De ahí que durante los meses de julio y agosto la cartelera se convierta en un desfile de viejos héroes y villanos empeñados en repetir sus andanzas con un ojo puesto en sus fieles seguidores y otro en potenciales nuevos fieles a los que atraer a sus franquicias. El verano pasado nos revisitaron Freddy Kruegger (Pesadilla en Elm Street. El origen), Hannibal y cia (El Equipo A), el profesor Miyagui (The Karate Kid). Este año, simios asambleados (El origen del planeta de los simios), Conan (Conan el bárbaro) y Benedicto XVI (Jornada Mundial de la Juventud 2011).

El Papa Benedicto XVI

 

De todas las fórmulas de las que se sirve Hollywood para prolongar hasta la extenuación la vida de sus criaturas, la precuela es quizás la más ingeniosa a la vez que desesperada. Una vez agotado el filón de las secuelas y rodado el enésimo ‘remake’ del titulo fundacional de la franquicia, tan solo queda remitirse al origen de los tiempos. Inventarse las causas, el origen. El por qué. Y explicarlos de modo que los recién llegados puedan ponerse al día y engancharse sin mayor problema a la franquicia de turno, ya sea simiesca, galáctica o pesadillesca. La clave está en hacer del ingreso una experiencia placentera, un bautismo ‘cool’ que deje a los nuevos fieles ávidos de nuevas secuelas, nuevos ‘remakes’ y, pasado un lapso prudencial de tiempo, el justo para lanzar las garras sobre una nueva generación de potenciales adeptos, volver de nuevo al origen, a la eterna causa, con una nueva (y seguramente no la última) precuela.

Deseosa de dar una justificación plausible a las rocambolescas tramas que a lo largo de los años han ido engordando su franquicia, una buena precuela se ve obligada a realizar un despliegue de ingenio para tratar de dar una explicación si no digna, al menos al mismo nivel de exhuberancia narrativa que las tramas de los títulos que la preceden. En caso de no conseguirlo, la precuela deberá ser capaz al menos de conservar el espíritu original de la franquicia, en cuanto a tono, ‘look’, o mediante guiños destinados a sus fieles más incondicionales. Todo ello sin dejar de introducir elementos innovadores, ya sea la superestrella del momento como cabeza de cartel, o los últimos avances en 3D, para disimular el hecho de que, a pesar de todo, los espectadores que acudan en peregrinación a la sala oscura de cine, se acabarán encontrando con la misma historia de siempre.

Será por eso que este caluroso agosto el Vaticano, con Benedicto XVI como cabeza de cartel de la precuela más esperada del verano, no ha escatimado recursos para disimular las presumibles flaquezas de su guión, manteniendo eso sí, intacto el espíritu de su franquicia. Este verano Madrid se llenará de culpa, pero en el parque del Retiro los confesionarios no serán lúgubres celdas de madera bajo húmedos techos abovedados. Serán aerodinámicas estructuras blancas de poliespan con forma de aleta de tiburón a plena luz del sol.

 

 

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El mundo no es suficiente

26.julio.2011 - 22:01

Tan solo un día separa la muerte de Amy Winehouse de la masacre de Oslo perpetrada por el fanático ultraderechista Anders Behring. Ella tenía 27 años cuando el 23 de julio, mecida probablemente por una combinación letal de sustancias, terminó por sumirse en el sueño eterno. Él 32 cuando el día anterior decidió acabar con las vidas de 94 personas una tranquila mañana de verano. Una escasa diferencia de cinco años convertía a Amy y Anders en compañeros de viaje, hijos de una misma generación cuyo himno -“No, no, no…”- escondía significados opuestos para cada uno.

Amy Winehouse

En el cénit de su fugaz carrera, con el mundo entero tan rendido a sus pies como pendiente de las oscilaciones de volumen de su salvaje cardado, Amy estuvo a punto de ser chica Bond poniendo su voz al servicio de 007 para interpretar el tema de apertura de uno de los títulos de la franquicia. La rebelde pin-up de voz rota encajaba a la perfección en el papel. La fuerza y las tonalidades de su voz, así como su estilo ‘vintage’ heredero del ‘soul’ y del ‘jazz’ hacían de ella la intérprete idónea para tomar el relevo de cantantes como Shirley Bassey, Tom Jones, Nancy Sinatra o Tina Turner. Su condición de omnipresente icono ayudaría además a insuflar fuerzas a la debilitada serie en el segundo título de Daniel Craig como el mítico agente. La jugada pintaba redonda. De no ser por las adicciones de Amy, por sus excesos, que pronto, demasiado pronto, hicieron de ella una caricatura de sí misma cuyo nivel de patetismo era directamente proporcional al volumen de su cardado, cada vez más abultado, preñado de nubes negras mientras que su voz, cuerpo y psique se consumían alarmantemente. Asustados por su imagen deteriorada y conflictiva, Hollywood decidió darle la espalda y apearla a tiempo del Bond 007 sustituyéndola  por Alicia Keys. Comenzaba el principio del fin. Una pena, porque es muy probable que Amy hubiera bordado  la banda sonora de las aventuras de su compatriota James. El suyo hubiera sido un tema para recordar pero, ironías del destino, ni el agente especial más preparado de Gran Bretaña estaba cualificado para salvarla.

Me enteré de la muerte de Amy en el cabo de Finisterre, en Galicia. Una amiga me mandó un mensaje al móvil con la noticia y yo, aturdido porque había estado hablando precisamente de Amy y de su triste situación actual unas horas antes en el coche con unos amigos de camino al cabo, le contesté: “¿por qué se van los buenos?”. Ella, muy sentida, me contestó: “el mundo se les queda pequeño”. Me acordé entonces de que Amy había estado a punto acompañar con su voz las andanzas de Bond en su enésima misión para salvar el mundo y me acordé también de uno de los títulos de la serie: El mundo nunca es suficiente (The world is not enough). No, no, no… Efectivamente, puede que no lo fuese para Amy y que su talento y su dolor necesitasen cambiar de aires. Ampliar horizontes. Recién llegado a Finisterre (‘Finis Terrae’: el final de la Tierra) no pude evitar pensar que mientras a unos su talento les atrapa y les lleva a buscar la salida de un mundo que se les antoja insuficiente  a otros, como Anders Behring, el mundo les viene muy grande. Tanto que necesitan reducirlo cual cabeza de Jíbaro, moldearlo a su triste medida aniquilando su riqueza y variedad para no sentir vértigo. No, no, no… Puede que por eso Amy se marchase un día después de que el maníaco de Oslo intentase encajar el mundo en su miserable caja de zapatos. No fuera a ser que la próxima vez intentaran encajarla a ella también.

Anders Behring

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Todo sobre sus madres

18.junio.2011 - 6:11

El tándem madre-hijo es, ha sido y será siempre un arma de seducción masiva. Si no que le pregunten a la Iglesia Católica, Almodóvar, Eran Riklis (director del estreno de esta semana El viaje del director de Recursos Humanos) o a Telecinco. Los cuatro conocen bien el irresistible encanto del cordón umbilical y la manera de sacarle el máximo partido en aras de la audiencia y las ‘public relations’.

La noche del jueves Supervivientes, el programa de Telecinco sobre famosos y plebeyos abandonados a su suerte en una isla desierta, reventó audiencias con un 27’3 % de share y 3.928.000 espectadores. ¿El motivo? Isabel Pantoja acudía a la gala semanal del programa a recibir a su “pequeño del alma”, Paquirrín para los amigos, de vuelta a casa tras su azaroso periplo por tierras hondureñas, escupitajo de Aída Nízar y ataque de gota incluido. El minuto de oro se produjo con la entrada triunfal de la folklórica en plató para abrazar a su ‘hijísimo’ tras mes y medio sin hacerle carantoñas ni cocinarle el pollo ‘a la Pantoja’ especialidad de la casa. El apasionado abrazo jalonado de lágrimas y ‘te quieros’ congregó a seis millones de españoles frente al televisor, cosechando un 44’2 % de share y elevando al formato a su máximo histórico de audiencia. Tras las efusiones de rigor el presentador del programa, Jorge Javier Vázquez, informaba de que el reencuentro entre tonadillera y ‘socialité’ torrentiana era ‘trending topic’ mundial en la red social Twitter. La trascendencia histórica del momento –que Jorge Javier se encargó de recordar al público en repetidas ocasiones- era tal no tanto porque la cantante le dijera a su hijo frente a todo el país “te quiero con toda mi alma, mi vida”, palabras más que esperables viniendo de una mujer de raza tan sentida como ella, sino por el hecho de que las pronunciara de la mano de un periodista, Jorge Javier V., y en una casa, Telecinco, que durante años han hecho de su persona y de su atribulada vida privada blanco de constantes y encarnizados ataques con los que llenar horas, días, semanas y años de televisión abyecta, oportunista y rastrera.

La madre, el hijo y el hijo pródigo

 

La entrevista a madre e hijo que siguió al abrazo, conducida amistosamente por el que antaño desde su tribuna tomatera cargase sin piedad con la entrevistada y todo aquel que navegase en su órbita, fue un flagrante ejercicio de hipocresía cuyo fin, además de reventar audiencias, claro está, puede que fuera también llevar a cabo un lavado de imagen. Tanto de la artista (sus problemas con la ley, etc.) como de sus anfitriones Jorge Javier V. y Telecinco (antes de la entrevista Isabel Pantoja fue obsequiada con un ramo de flores por parte de uno de los máximos directivos de la cadena), quien sabe si deseosos de correr un tupido velo por su interminable catálogo de aberraciones televisivas y abrazar momentáneamente la idea de que también ellos son capaces, si se lo proponen, de generar contenidos sin desterrar automáticamente en el camino cualquier noción de cordura, ética y humanidad. Qué mejor para tal fin entonces que tirar de lo más ‘humano’ posible: una madre abrazando a su hijo. Si resulta que la madre ostenta desde hace casi treinta años el título de ‘viuda de España’ y el abrazo a su hijo trae de ‘bonus’ otro abrazo reconciliador con el principal artífice de su crucifixión televisiva, el susodicho J. J., para que queremos más. El hijo querido del alma reencuentra a su madre gracias al magnánimo gesto del hijo pródigo que, a su vez, recupera el favor de la Mater amantísima. Triángulo conmovedor. Épico. Minuto de oro. Como espectáculo funciona a la perfección, como hipotético lavado de imagen no tanto. No hace falta ser una mente avezada para saber que puede que Jorge Javier y Telecinco hayan soltado (indefinidamente o de manera temporal) a su presa pero que no tardarán en avalanzarse sobre ella u otra nueva para arrancarle los ojos en cuanto surja la ocasión. Cuestión de tiempo.

Una relación triangular similar a la planteada arriba aunque con variaciones, estructura la película israelí estrenada este viernes El viaje del director de Recursos Humanos. Dirigida por Eran Riklis y basada en una novela, la película cuenta la historia del gerente de Recursos Humanos de la panadería más grande de Jerusalén que separado de su mujer, distanciado de su hija y con un trabajo que le es ingrato, se ve inmerso en una peculiar odisea a raíz del fallecimiento de una de sus empleadas en un atentado terrorista. Debido a un despido irregular realizado a espaldas del gerente, la empleada, una inmigrante rumana, seguía en nómina por un tiempo a pesar de no trabajar ya para la compañía, por lo que en el momento de su fallecimiento llevaba una nómina de la empresa en el bolso. Dado que nadie reclama el cadáver, la morgue contacta con un periodista que saca a la luz el caso culpando a la panadería de negligencia e inhumanidad al no reclamar el cadáver de una de sus trabajadoras. A partir de entonces el gerente de Recursos Humanos es el responsable de lavar la imagen de la empresa llevando el cadáver a Rumanía junto al hijo adolescente y marginal de la difunta. A lo largo de un surrealista viaje por  el país el gerente termina entablando una bonita relación con el joven huérfano convirtiéndose así en el nexo de unión entre éste y su madre a la que hacía años que no veía.

Fotograma de "El viaje del director de Recursos Humanos"

 

La película, algo descompensada de ritmo, pasa de puntillas por algunos aspectos de la trama y de las relaciones entre los personajes cuyo desarrollo resultaría interesante y enriquecedor para la historia. Al verla se tiene la sensación de asistir a un encargo ejecutado con cariño y buena fe utilizando recursos ya vistos en otras películas (premisa de “hombre frío distanciado de su familia que se ve inmerso en una situación que requiere de su humanidad y a través de la cual encuentra la redención y una forma nueva de ver la vida”; estructura de ‘road movie’ con los consiguientes hitos y obstáculos) con la única peculiaridad de que, en vez de desarrollarse en Wyoming se desarrolla en Israel y Rumanía. No hay duda de que se trata de una película amable tras cuya fachada se esconde una invitación a la simpatía por Israel, ese país que en la película acoge como a una más a la inmigrante rumana Julia rebautizándola con uno de sus nombres: Ruth (en la Biblia mujer moabita que no obstante fue aceptada por los judíos). Un gesto diplomático de celuloide sostenido en el imbatible y recurrente tándem madre-hijo (con permiso del hijo pródigo y/o mediador).

 

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El ‘shock’ os sienta tan bien…

10.junio.2011 - 15:27

¿Qué tienen en común Margaret Thatcher, Augusto Pinochet o George W. Bush con el ‘paparazzi’ más famoso de la historia, Ron Galella? Muy sencillo: el uso ejemplar de una misma herramienta de trabajo cuya eficacia a lo largo de la historia ha quedado altamente demostrada: el ‘shock’.  El documental de Michael Winterbottom La doctrina del shock, basado en el libro homónimo de la periodista Naomi Klein sobre las teorías del economista neoliberal Milton Friedman, establece la tesis de que la implantación de agresivas políticas económicas neoliberales en el pasado siglo y en lo que va de este, ha venido normalmente precedida de grandes episodios traumáticos ya sean provocados (guerras, golpes de estado, ataques terroristas) o no (catástrofes naturales), capaces de sumir a la población en un estado de conmoción tal que le lleva a acatar dichas políticas sin oponer resistencia, cuando no a recibirlas con alborozo. Tras la victoria del Reino Unido en la Guerra de las Malvinas en el año 1982, Thatcher, a pesar de su alta impopularidad por aquella época, ganó por aplastante mayoría las elecciones del 83. A partir de entonces se dedicó a desmantelar la infraestructura pública del país privatizando sanidad, telecomunicaciones, transportes, agua y un largo etcétera. La venta de empresas estatales por parte de la Dama de Hierro alcanzó tal nivel de desafuero que resulta extraño que no terminase por vender a la mismísima Reina Isabel y su tropa real al primer jeque árabe amante del té y las buenas costumbres que pasara por allí. Maggie puso el país entero en manos privadas y la población, con resaca aún de la guerra reciente, no tuvo más remedio que aguantar el tirón.

Imagen de "La doctrina del shock" y fotografía de Jacqueline Onassis tomada por Ron Galella

Las políticas neoliberales propuestas por Milton Friedman (profesor de la Universidad de Chicago y Premio Nobel de Economía en 1976) y sus discípulos, los llamados Chicago Boys, fueron adoptadas a rajatabla no solo por Thatcher, sino también por Reagan, Pinochet, Bush y demás mandatarios alérgicos a las bondades de la regularización económica. Para Friedman el ‘shock’ era sinónimo de oportunidad. Y las oportunidades, si no surgen solas, se crean. De este modo Pinochet, con ayuda de la CIA, aterrorizó a la población chilena vía golpe de estado, torturas, muertes y desapariciones para, a continuación, instaurar una economía de feroz libre mercado con la que tratar de aniquilar el ‘fantasma marxista’ de Allende. Por su parte George W. Bush aprovechó los atentados del 11-S de 2001 para llevar a cabo una privatización sin precedentes del ejército estadounidense en aras de la cruzada contra el ‘eje del mal’, haciendo de la industria militar la primera del país, por delante de la cinematográfica o la musical. Y, por si no hubiera tenido suficiente con la masiva puesta en práctica de sus teorías a lo largo de los años por parte de su corte de insignes ‘groupies’, tras el devastador huracán Katrina que asoló el sur de Estados Unidos en 2005, papá Friedman, en el lecho de muerte, no pudo por menos que entonar su oportunista canto del cisne en un artículo de prensa: “con las escuelas arrasadas por el huracán, ¿qué mejor momento para privatizar la enseñanza del sur de Estados Unidos?”. Los damnificados por el desastre bastante tenían con pensar en cómo reconstruir sus vidas desde cero como para plantearse si las escuelas de sus hijos iban a ser privatizadas o no. Por más que esa privatización incrementase más aún su ya de por sí paupérrima situación.

Sin lugar a dudas el ‘shock’ es oportunidad. Los que lo sufren quedan en un estado de confusión y vulnerabilidad que permite hacer con ellos lo que se quiera. Ron Galella, el ‘paparazzi’ más famoso de todos los tiempos, parte de cuya extensa obra se expone estos días en Madrid en el marco de PhotoEspaña, lo sabe bien. Los millones de fotos tomadas a las ‘celebrities’ más despampanantes del planeta a lo largo de 40 años son fruto del atrevimiento, la perseverancia y los infinitos flashes disparados a traición para inmortalizar la cara más atípica de sus víctimas. Denostado por famosos y fotógrafos que lo consideran poco menos que un pornógrafo sin ningún valor artístico, adorado por otros, Galella lleva toda una vida apareciendo cuando menos se le espera dispuesto a hacer lo que sea para llevarse a casa su codiciado botín: un pedazo del alma de los dioses del siglo XX. El alma que se esconde tras la mirada asustada, la boca entreabierta, la mano alzada en actitud defensiva. Para ello cuenta con un método infalible, asaltar a sus ‘modelos’ y, sin darles tiempo para reaccionar, acribillarles a flashes sin mirar nunca por el visor de la cámara. Manteniendo el contacto visual directo en todo momento, desprovisto de filtro. Concediendo así a sus presas una última gracia: encontrar por unos segundos, antes de ‘morir’, la mirada de su verdugo.

De todas sus presas, Jacquelinne Onassis fue, durante décadas,  a la que más encarnizadamente persiguió. Quién sabe si prendado de su belleza, status, majestuosidad y/o hieratismo, Galella la sometió a un acoso sin precedentes que llevó a la ex primera dama a demandarle en varias ocasiones dando lugar a mediáticos juicios cuyo objeto era, entre otros, dirimir hasta qué punto las fotos de Galella reflejaban el dolor que Jacquelinne decía padecer en cada ‘desencuentro’ con el ‘paparazzi’. Normalmente la viuda de América, cegada por los repentinos flashes de Galella, quedaba a su merced, laxa como un muñeco de trapo, sin capacidad de maniobra ante los embates de su incansable admirador. En una ocasión, sin embargo, amparada en la amplitud y la soledad de Central Park, Jackie hizo acopio de fuerzas, dio la espalda a su verdugo y echó a correr como alma que lleva el diablo. No era la primera vez. Ya lo había hecho antes, años atrás, demostrando increíbles reflejos, cuando trepó como un lince sobre el capó de la limusina en la que su marido estaba siendo asesinado ante los ojos del mundo entero. El ‘shock’, entonces y en Central Park, no fue suficiente para paralizarla. Tampoco lo fue cuando, tras el ‘crack’ del 29, el pueblo estadounidense, lejos de amilanarse, salió a las calles e instó a Roosevelt a devolver la dignidad a un país roto poniendo en marcha las medidas salvadoras del New Deal. Como dice Naomi Klein al inicio de La doctrina del shock: “el ‘shock’ puede evitarse siempre que seamos conscientes de nuestra propia historia”. Estemos alerta.

Jacqueline Onassis huye de Ron Galella en Central Park

 

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El recurso del Rey

4.junio.2011 - 23:40

El pasado  31 de mayo durante una audiencia en La Zarzuela el Rey Don Juan Carlos, preguntado por unos periodistas por su estado de salud, respondió contrariado: “Fatal, fatal, fatal. Como decís que estoy mal… Lo que os gusta es matarme y ponerme un pino en la tripa. Eso es lo que hacéis la prensa”. Poco después añadió: “Están empeñados en meterme en una caja”. El monarca ignoraba que en esos momentos estaba siendo grabado. Días más tarde La Casa del Rey decidió delimitar el acceso de los medios de comunicación a las audiencias que habitualmente se celebran en el palacio de La Zarzuela y en el del Pardo.

La respuesta de Don Juan Carlos a los periodistas y la posterior medida de La Casa del Rey han suscitado polémica. Más allá del debate sobre la libertad de expresión y las obligaciones del monarca inherentes al cargo que ostenta, me pregunto hasta qué punto no es comprensible el malestar de Don Juan Carlos ante la insistencia con la que se le interpela sobre su salud y los periódicos rumores sobre el mal estado de ésta. Al fin y al cabo el Rey no es ni más ni menos que un hombre de 73 años en cuyo cuerpo el paso del tiempo va haciendo inevitablemente mella. Y la seguirá haciendo hasta que un día el afable Borbón de sonrisa pícara y ojos acuosos no sea más que un recuerdo. Un personaje más de los libros de Historia. Me pregunto entonces si no es comprensible que el Rey prefiera evitar hablar de nada que le recuerde el momento (quién sabe si muy lejano o no) en el que su corona, por ley de vida, acabe por descansar sobre otros hombros que no sean los suyos. O al menos que prefiera no hablar de ello constantemente. Porque hay cosas a las que, por sentido común, se las debe dejar descansar en el cuarto de ‘lo no dicho’. O bien esperar al momento adecuado para sacarlas cautelosamente a pasear.

Silencio en "Una mujer y tres hombres" de Ettore Scola

 

El problema es que la cultura de ‘lo no dicho’ no está bien vista hoy en día. Suscita recelo. Inquietud. Lo no dicho es peligroso. Freud dijo una vez que “ se es dueño de lo que se calla y esclavo de lo que se dice”. Puede que por esa razón la sociedad actual ensalce lo dicho en detrimento de lo no dicho. El ruido y no el silencio. Porque los que hablan serán, si cabe, mejores esclavos. Los que hablan de sus intimidades y miserias, de las de los demás. Los que vomitan antes de reflexionar. O los que, tras reflexionar, deciden vomitar pues el dinero recibido a cambio por hacerlo les compensa el vómito con creces. O al menos eso creen ellos. Programas televisivos por todos conocidos fomentan la esclavitud en aras de esa cualidades tan alabadas hoy día como la ‘naturalidad’ o la ‘sinceridad’. Belén Esteban es natural. Los concursantes de El juego de tu vida, programa en el que los participantes deben contestar a preguntas del tipo “¿has sido infiel a tu marido con tu hermana?”, “¿si algún día tu madre necesitara ayuda, disfrutarías negándosela?, “tuviste fantasías sexuales con los ancianos de la residencia que dirigías?”, o “¿morirías por tus hijos?”, son sinceros. Siempre y cuando respondan a las preguntas que se les formulan sin contradecir la respuesta dada en la entrevista previa al programa bajo la supervisión de una máquina de la verdad. Alentados por el premio en metálico los concursantes se adentran, unos con miedo y dolor, otros con presumible sangre fría, en el bosque tenebroso de lo que la presentadora del programa se empeña en calificar machaconamente como ‘sinceridad’. Aún a costa de perder en el camino a familiares y seres queridos horrorizados por las horribles revelaciones hechas ante millones de espectadores.  Una vez dinamitados sus lazos afectivos al concursante, además del dinero (en caso de llevarse el premio), solo le queda la soledad.  Y es que el esclavo cuanto más aislado e indefenso, mejor. De modo que cuando finalmente tenga algo importante que decir, no tenga a quién decirlo.

Stefania Sandrelli y Nino Manfredi en "Una mujer y tres hombres"

 

La cultura de ‘lo dicho’ trivializa tanto lo que se dice como el acto de decir. Pero si se da el lugar conveniente a lo ‘no dicho’, al silencio, lo que se dice y el acto de decir cobran el peso que merecen. Decir, contar, puede ser difícil. Hacerlo bien, más aún. Ayer viendo la hermosa película Una mujer y tres hombres (1974) de Ettore Scola, dentro del ciclo que la Filmoteca Española dedica al director italiano a lo largo del mes de junio en Madrid, no pude evitar conmoverme ante el ingenio y la delicadeza de Scola a la hora de contar los esfuerzos de sus personajes por decir y no decir. Por dibujar su propia historia, sus sentimientos, a través del misterio: de lo no -o lo bien- dicho.

La película cuenta los encuentros y desencuentros de Antonio, Gianni y Nicola, tres amigos unidos por sus ideales comunistas, a lo largo de treinta años, desde el final de la segunda guerra mundial hasta los años 70. En medio una mujer, Luciana, espíritu libre, mujer apasionada y generosa, con la que los tres mantienen una relación en distintos momentos de sus vidas. En la primera cita entre Antonio y Luciana, ésta le lleva al teatro. A la salida él le pregunta por qué en determinados momentos de la obra los actores de repente se quedan mudos y paralizados mientras uno continúa hablando y paseando por el escenario como si nada. Ella le explica que se trata de una convención por la cual el personaje que habla en realidad está pensando y por tanto, los que le rodean no pueden oírle, de ahí que permanezcan inmóviles sin decir nada. A continuación le pide que le diga el primer pensamiento que se le pase por la cabeza. Cuando Antonio se dispone a hablar, Luciana extiende sus brazos en el aire y se queda inmóvil como una estatua. Él entonces aprovecha y le espeta: “Estoy enamorado de la señorita Luciana”. Tras lo cual, se queda junto a ella, con los brazos extendidos, petrificado. En silencio.

Tras un tiempo juntos Luciana abandona a Antonio por Gianni y más tarde tiene una breve aventura con Nicola. En el albor de la aventura con Nicola una noche Antonio, celoso, le dedica unas duras palabras a Luciana en la escalinata de la Plaza de España, en Roma. Tras discutir con Antonio, Nicola va a consolar a Luciana, a la que había dejado haciéndose unas fotos para un casting en un fotomatón junto a la escalinata. Cuando llega a la cabina la encuentra vacía. Luciana se ha esfumado dejando tan solo una tira de fotos recién hechas que muestran las distintas fases de su llanto desconsolado mientras Nicola y Antonio discutían entre ellos.

El fotomatón de Luciana

 

Mientras Antonio y Nicola malviven el uno como camillero de hospital y el otro como crítico de cine, Gianni, casado con la hija de un marqués y empresario corrupto, lleva una vida de lujos y facilidades. Su mujer, Elide, le ama con locura mientras él, en cambio, la ve como mero pasaporte para una vida regalada que, no obstante, no es sinónimo de felicidad sino más bien lo contrario. Cansada de ser invisible para su marido Elide decide decirle que, a pesar de lo que le ama, en vista del ostracismo al que la somete, está teniendo una aventura con otro hombre. Le gustaría decírselo en persona, pero le fallan las fuerzas, de modo que graba el discurso en una grabadora y se lo reproduce a Gianni en cuanto lo tiene enfrente.

Decimos como podemos, como sabemos, como nos dejan. De lo que no hay duda es de que ante preguntas incómodas, dolorosas, reales, hasta un rey dispone del mejor recurso: el silencio.

 

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