NOTICIAS DE ÚLTIMA HORA | OTRAS VOCES

Geraldy

15.noviembre.2010 - 8:35

Esta vez me atreví. Recuerdo que cuando lo hube escrito me dirigí a casa de mis abuelos a todo correr: era mi primer relato a pesar de que había dejado hace algún tiempo la adolescencia. Hasta entonces había redactado, reescrito, adaptado, memorizado muchos cuentos y relatos, pero no eran míos: su inventor era mi abuelo Berto, pero este no, este era producto de mi sola fantasía. Cuando llegué no estaba mi abuelo y mi abuela Francisca me dijo:

-Tu abuelo está con un asunto de los poligonales. Déjamelo, yo también lo leeré y se lo daré a leer cuando vuelva.

Eso hice. Dice el relato que…

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Leyenda apócrifa del Amazonas

21.octubre.2010 - 8:12

Decía mi abuelo Berto que la dificultad del relato, cuento o leyenda es doble: por un lado ha de ser autocomprensivo, pero sin hojarasca. Todo ha de servir al conjunto y proceder como el escultor que ha de eliminar lo que sobra para conseguir su obra; la otra dificultad es la de lo inevitable de la moraleja, por lo que sólo debemos aspirar a despojarla del prejuicio del dogma y de la creencia hasta contemplarla descarnada, kantiana, para que sirva de modelo universal desde la libertad del creador. Este relato que encontré escrito en las últimas páginas en blanco de un libro de Wittgenstein pretende ser, según mi abuelo, un ejemplo de ello. Veámoslo. Dice la leyenda que…

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El sueño del abrecartas

13.octubre.2010 - 5:28

- Hoy te has levantado muy pronto. Tienes mala cara, hijo. Quiero aprovechar para contarte algo importante.
Sólo pensaba en el sueño horrible que tanto se repetía. Soñé que me levantaba con un abrecartas afilado y apuñalaba a mis padres mientras dormían, que la sangre fluía y no paraba, caía por las patas de la cama y lo inundaba todo. ¡Parecía tan real!
- Pesadillas, padre.
- Tenemos que hablar. Has cumplido 18 años y tienes que saber que te hemos criado como a un hijo y así te queremos, pero eres adoptado.
Tuve que sentarme para no caer.
- Y que pasó con mis padres.
- Es duro, pero tienes derecho a saberlo: tus padres fueron asesinados por unos supuestos ladrones mientras dormían.
- Estarán en la cárcel, supongo.
- Nunca fueron encontrados ni se llevaron nada.
- Qué instrumento usaron.
- Un abrecartas afilado.

El Oráculo

4.octubre.2010 - 6:18

Todo empezó el día que me armé de valor y pregunté a mi abuelo el porqué de su empeño de que yo heredara su Biblioteca. Le dije que mi agradecimiento era infinito y que la cuidaría como una madre cuida a un hijo, pero que no quería ser ni instrumento ni objeto de discriminación o privilegio, que la familia era frondosa y yo una rama de tercer grado. Mi abuelo me dijo:

-Quiero romper la profecía, las palabras del oráculo indio, no perderé la riqueza que para mí es la biblioteca; además tu alma coincidirá en esta vida con la mía en el tiempo y así no se producirá la transmigración jainista de las almas y podré ser consecuentemente ateo.

En mi vida –poca aún- me había quedado tan estupefacto: no sabía nada de la índica profecía, de la creencia en la transmigración, ni en el empeño de mi abuelo en ir contra la profecía que el padre de mi abuelo había recibido en estigma en tierras indias. Interrogando a mi abuelo me dijo que él no estuvo en esas tierras orientales donde se profesa la no violencia, las tierras de Buda y Mahavira, del budismo y el jainismo, del valle del Indo, donde se escribieron los inmensos poemas de el Ramayana y el Mahabharata, donde se fundaron los poblados de Mohenjodaro y Harappa. Todo esto lo he sabido mucho después cuando concluí mi investigación acerca de la profecía. Días después mi abuelo, sentado en su sillón preferido me dijo sin que yo le preguntara nada:

-De joven tuve la osadía, la falsa modestia, de saberlo todo. Tarde me he dado cuenta de mi error. Quiero reparar el daño a mi alma transmigrante porque el pecado de la soberbia se paga con el olvido y la desmemoria.

Con la edad parecería que lo de panteísta había transmigrado de adjetivo engreído a sujeto protagonista y lo de ateo –que también lo era-, de orgulloso sujeto a precavido adjetivo. Entonces le pregunté por la profecía y él, casi a regañadientes, me la dijo. Dice así:

“Serás hijo de harapientos, pero rico

vivirás en medio de la riqueza, pero pobre

y cuando mueras no sabrás que fuiste pobre y rico, rico y pobre

y perderás toda tu riqueza antes de morir”

Y añadió:

-Yo no acabo de entenderla del todo, sólo en parte. Yo quiero romperla y tú me servirás doblemente para interpretarla y romperla.

Y entonces mi abuelo me soltó la divagación que sigue:

-Hay que interpretarlos con amplitud de miras: sin oráculos no habría Edipo, Macbeth, Segismundo. El teatro es hijo de la ambigüedad, de la polisemia, del engaño y la traición, que todo viene a ser lo mismo. Y todo ello adulterado con la metáfora, que es la mentira de los dioses. Y sin embargo, sin metáfora no habría arte, sólo descripción. Interpreta, muchacho, interpreta.

Mi abuelo tapaba la incredulidad de sus palabras con la fascinación de la sorpresa: no había tiempo para reponerse y pensar.

Y un día, cuando mi abuelo hacía 5 años que había muerto, me fui a la actual Pakistán, a tierras de Harappa, al poblado del río Ravi donde ¿predicó? mi bisabuelo el castellano y dejó escuela, y dónde hubo un templo famoso por sus oráculos. Allí me encontré a un monje jainista que le conoció y que sabía de la profecía porque era el escribano del oráculo, el notario de sus palabras o, como él decía poéticamente –para el gusto occidental algo cursi- “el viento de los destinos”. Charlamos largamente porque el hablaba el castellano fruto de la siembra del padre de mi abuelo. Poco a poco fui descubriendo los secretos de la profecía, algunos evidentes y otros no tanto, que luego se verán. A mí me inquietaba si, a la postre, mi abuelo se había salido con la suya, había roto el destino, desacreditado el oráculo, contradicho lo profético. Y así estábamos cuando apareció un niño de poca edad y me sorprendió la reprimenda que el monje le echó; el niño se alejó mirándome con una curiosidad y una altanería impropia de su edad. El monje, ante mi cara de estupor y desagrado, me dijo:

-Es mi hijo como podéis haber imaginado. Todo su afán es salir del entorno del templo cuando no está en la biblioteca con los profesores y resto de los alumnos. Parece mayor porque habréis podido comprobar su altura, pero sólo tiene 5 años recién cumplidos. Afuera acechan delincuentes de toda laya y no puede mezclarse. Sueña con visitar Occidente, sueña a veces con ciudades donde se mezclan lenguas y religiones, donde se pisa sobre tesoros escondidos, donde el sol caliente pero no quema, donde la lluvia moja pero no empapa; sueña con ciudades como belenes rodeadas de secas tierras y claros cielos. Si lo deseáis podéis hablar con él; no os preocupéis porque tiene el don de lenguas y os entenderá.

Agradecí su ofrecimiento, pero ya había tenido bastante y decidí volver sin hablar con el niño por miedo a que la razón y la ciencia no cuadrara con la intuición que me salía a borbotones.

¡Ah, se me olvidaba! He de explicar mis pesquisas acerca de la profecía. No es complicada: “Serás hijo de harapientos, pero rico”. En efecto mi abuelo –porque la profecía se refería a mi abuelo y no a su padre- era hijo adoptivo de los naturales de Harappa, aunque el patronímico aceptado es harapenses; y rico porque mi abuelo lo era al menos intelectualmente. “Vivirás en medio de la riqueza, pero pobre”. Estará claro para el que haya leído el relato de “El Alquimista de Toledo”, donde mi abuelo tenía una casa y sabía de la tumba del alquimista que transmuto sus huesos en oro y en un rincón del cementerio reposan, justo muy cerca de su finca. “Cuando mueras no sabrás que fuiste pobre y rico, y rico y pobre”. ¿Sabía mi abuelo lo anterior a la hora de su muerte? A mi abuelo le sobraba perspicacia para eso y mucho más. “Y perderás tu riqueza antes de morir”. La riqueza, claro está, era su biblioteca, que me legó.

¿Se cumplió entonces el oráculo o no?: que el lector lo juzgue. Yo en cambio sigo pensando en la muerte mi abuelo hace 5 años, en el hijo del monje jainista de 5 años, en su don de lenguas, en la descripción de la ciudad de sus sueños y en la transmigración de las almas, y una sombra recorre mis certezas: ¿consiguió mi abuelo romper el mito de la transmigración declarándome heredero de la biblioteca para que coincidieran su alma, mi alma y su riqueza? ¿Logró evitar su reencarnación? A veces he deseado volver a Harappa y hablar con el hijo del monje jainista, pero no he tenido valor. Quizá algún día.

En una cárcel de Babilonia

9.septiembre.2010 - 7:14

Un sumerio y un acadio han ido a la cárcel hace 18 siglos: el primero es un farmacéutico acusado de robo; el acadio, un noble acusado de conspirar contra el Emperador. Un día el acadio oye: “Carceleros, respondéis con vuestras vidas del cumplimiento de sus condenas y también de sus vidas”. El acadio se lo comenta al sumerio. El sumerio medita y, de pronto, se le ilumina la cara, sonríe, coge una bolsita de los bolsillos de su levita, toma su contenido, escribe una nota y cae aparentemente muerto. El acadio llama al carcelero y éste encuentra la nota al sumerio que dice: “Sé dónde está el antídoto; apenas tenemos un atardecer. Sacadme de aquí o moriré y moriréis, carceleros”.

Midas en el desierto

15.julio.2010 - 11:18

Un día, al salir del colegio de mis estudios de bachillerato, me dirigí a casa de mi abuela casi corriendo con la esperanza de encontrar a mi abuelo Berto, porque tenía una pregunta que se me hacía original y me martilleaba las sienes. Sin embargo, mi contento se vino abajo al instante y creo que nunca hice el ridículo como entonces: nunca una pregunta mía despertó tantas risas en mi abuelo. Cuando aflojó su risa, y viendo que yo no declinaba la mirada porque ya entonces afloraba en mí algo de soberbia, se calló de golpe y me contestó con un cierto balbuceo; luego, tragando saliva, me dijo lo que el lector comprobará. Ahí va la pregunta:

- ¿Abuelo, porqué las cosas valen lo que valen?

Y esta fue su respuesta que transcribo literalmente:

- ¡Caramba, veo que no te conformas con aprender lo que te exigen en el colegio, sino que vas más allá! No vayas tan deprisa, porque por ese camino llegarás demasiado pronto a las preguntas que, o no tienen respuesta, o la tienen ambigua, o no la tienen desde el conocimiento, que es como decir que no la tienen, con la desventaja de que la mayoría de las personas creen tenerla sin saber precisamente que lo que tienen es mera creencia. A la postre, no es mala pregunta y no tengo respuesta solvente. No sé tanto como supones, pero sí lo suficiente como para saber que es un problema económico –quizá el problema económico por excelencia- que ha engendrada mas respuestas y ninguna definitiva. Para mí las cosas valen aquello por lo que estamos dispuestos a pagar por ellas, cueste lo que cueste hacerlas. Verás, nieto, tu pregunta es de esas preguntas que exige para hacerla una madurez por encima de sus plausibles respuestas. Con esta pregunta, si la has meditado, tengo que darte una mala noticia: has dejado de ser un niño. Pero más que una respuesta de historias y teorías te voy a contar una leyenda que, como decía el gran Don Miguel, “viene como de molde”. Dice la leyenda… Sigue leyendo…

El vaso de leche

8.julio.2010 - 10:39

“Ahora se alimenta de ricachones, la muy víbora”. Sí, se lo habían dicho muchas veces sus amigas, pero tenía 3 hijos y los tenía que alimentar; también 3 casas hipotecadas. Hasta ahora los divorcios habían sido su fuente de financiación. El primer marido era un joven e ingenuo operador de bolsa; el segundo, un vago de la alta sociedad pero con muchas propiedades; el tercero, un jugador arruinado: su boda con María fue su última apuesta y, claro, perdió. Ella era una farmacéutica que aprendió el arte de la farmacopea, guapísima y viajada. Cuando pensaba esto, se despertó el último marido, Cecilio, un contratista. “Cariño, ¿por qué me despiertas si hoy es domingo?” dijo él. “No he sido yo, es que no te has tomado el vaso de leche que te he preparado. Tómatelo y verás como coges el sueño”, dijo ella.

Historia de dos caballeros

29.junio.2010 - 10:15

El relato que sigue, por las consideraciones que se avecinan, siempre lo recordaré, no porque sea el más profundo de los relatos que me contara mi abuelo, tampoco por su extensión e importancia, menos aún porque en él se dibujen virulentas pasiones o arraigados sentimientos. Nada de eso. Lo recuerdo por lo abatido que encontré a mi abuelo sin ningún motivo aparente o cercano. Su estado era fruto de la memoria. Entonces, para darle ánimo, le hice una serie de consideraciones originadas por la ingenuidad que dan los pocos años, sin percibir que entre el tiempo vital de uno y otro había un muro que no se podía saltar: a lo más escuchar los ecos del otro lado. Le dije entonces:

-Abuelo, por todo lo que contáis y, sobre todo, por lo que yo he podido averiguar, creo que debéis estar satisfecho de vuestra vida. Habéis luchado por vuestros ideales, casi siempre con éxito. En cambio hoy os encuentro apesadumbrado, y le he preguntado a la abuela si algún acontecimiento penoso reciente ha ocurrido y su respuesta ha sido negativa. No os quiero importunar y si deseáis que os deje, eso haré.

A esto respondió mi abuelo:

-La satisfacción del resultado depende de la meta, es cierto, y, en general, estoy satisfecho, pero te diré, mi más agudo nieto, que no siempre he tenido éxito. Eso era de esperar, pero esa no es la causa de mi pena. Sólo en un caso he fracasado estrepitosamente, pero ese fracaso ha sido de tal naturaleza para mí y para este país, que nada de lo acontecido con éxito lo puede paliar. Te lo contaré algún día; ahora sólo te adelantaré que no pude evitar que asesinaran al príncipe de los duendes, al toreador de la metáfora, al corazón más sensible que jamás se me ha dado conocer. ¡Ay Rosales!, ¿tú tampoco o tú también? Quizá por eso he escrito tantas cosas en todos estos libros, con la esperanza de que un hijo hiciera lo que tú haces, nieto, porque yo, como hombre de acción, soy incapaz de escribir las memorias. La muerte de un inocente es, per se, el fracaso de la justicia, y cuando hay un asesinato como el que te he referido con tan leves pistas sólo nos queda nuestra memoria para perseguir a los asesinos de vidas y razones. Entonces quedó mi abuelo callado y tras un largo silencio pude adivinar que una lágrima caía de sus ojos. Es verdad que de eso hace tiempo y ahora que redacto todo esto no puedo fiarme de mi memoria. En cambio, también con el tiempo, estoy seguro a quién se refería mi abuelo: ¿lo sabría el lector?

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Marduck y Baltasar

18.junio.2010 - 12:02

Era normal que fuera yo el se presentara en la biblioteca de mi abuelo para charlar con él, hojear sus libros o, simplemente, hacerle compañía. Sin embargo, un día fue él el que me llamó y me dijo: “Querido nieto, ya sabes que tengo muchos años y siento que la naturaleza ha trazado ya casi todo su curso. Te quedaste huérfano en temprana edad y sé que he sido para ti más que un reverente anciano el padre ausente. Estás dotado de grandes cualidades, pero tienes que saber que no siempre la virtud lleva a la felicidad. Debes administrar la generosidad con la astucia suficiente para que el egoísta no cobre ventaja. Sé que esto es fácil de decir, pero muy difícil de amarrar. A modo de ejemplo y huyendo de cualquier tentación moralizante propia de los que creen que sus principios están escritos en tablas indelebles, te contaré una leyenda babilónica que permite la reflexión sin descuidar el entretenimiento”. Y mi abuelo comenzó la siguiente narración. Dice el cuento que…

…un zapatero, que antes fue comerciante, tenía un cachorro de perro que se llamaba Marduck y una gata cumplida en años que se llamaba Baltasar. Estamos en Babilonia en el año 605 a.c., riquísima ciudad, poblada por más de 300.000 almas, cruce de caravanas, lugar de lujuria para unos, depósito de la felicidad para otros, ombligo de civilizaciones para los más, centro del Mundo. Gobierna el gran Nabucodonosor II. El ingenuo zapatero, aunque gran amante de los animales, daba de comer a la vez y juntos a sus animalitos antes de ir a su tarea de echar suelas de esparto a los zapatos y coserlos con finas cuerdas traídas de Arabia. Pero cuando se quedaban solos, la astuta gata cogía entre sus dientes todas las tajadas de carne y pescado que podía, saltaba la valla que separaba la zapatería y a los pies de la misma enterraba las viandas para que su familia minina, que no tenían la suerte de tener un amo -tres gatitos y sus ancianos padres-, pudieran comer algún bocado al cabo del día. Y la gata decía para sus adentros: “lo siento joven chucho, pero eres de otra raza y antes están los míos. Además no soporto tu olor y ese trato de favor y esas babas que se le caen a nuestro amo cuando juega contigo; en cambio conmigo y, a pesar de ser un ser superior como felino que soy -pariente de tigres y leones- apenas me pasa la mano por el lomo dos o tres veces al día. No, no soporto esta discriminación”. Y pasaron unos meses y el pobre cachorro estaba cada vez más escuálido, fruto del poco comer y de su mucha actividad, y un día era tan fuerte el hambre que se escapó de la casa. El zapatero quedó compungido y, en cambio, la gata parecía más oronda que nunca. Sin embargo el cachorro tuvo suerte y dio a parar en casa de un cocinero que cocinaba para el ejército del rey y enseguida recuperó el peso, la salud y la felicidad. Pero el perro añoraba la casa de su más tierna -aunque hambrienta infancia- y a su amo anterior, y un día mirándose en un friso que reflejaba parcialmente su imagen se dijo: “soy lo suficientemente grande para enfrentarme al minino egoísta y juro que me vengaré”. Y volvió a casa del zapatero, su antiguo amo. Este le reconoció, le abrazó y le dijo: “La fortuna ha querido que encuentres tus orígenes. Aquí estamos, tu amo y tu compañera de los primeros juegos, Baltasar”. Marduck pensó: “este amo es la personificación de la ingenuidad, pero yo le haré despabilar”. Y nada más llegar a la casa sometió a persecución a la gata, ocasionando el máximo estropicio posible entre los enseres de su dueño con el fin de que se cansara de él, de la gata o de ambos y los echara de la casa. Pensaba Marduck: “yo no tengo nada que perder, porque en el peor de los casos volveré con los amos anteriores simulando extravío, donde por cierto se come hasta reventar”. Y, en efecto, llegó el día en el que el amo se cansó, los tomó a los dos por el cuello como cogen las madres de perros y gatos a sus cachorros y les dijo: “Ya no lo soporto más: ambos sois incompatibles. He perdido clientes con vuestras peleas a todas horas, me habéis destruido material y estoy casi arruinado. Ahora tendré que volver a mi antigua profesión de comerciante de telas. Me iré con Marduck porque para ese oficio un perro de tu porte es muy conveniente contra ladrones y celosos competidores; en cuanto a ti, Baltasar, te tengo que dar en adopción hasta que pueda ahorrar y volver al oficio zapateril”. Y el nuevo comerciante de telas dio en adopción Baltasar a una familia de panaderos no muy lejana de su ya fenecida zapatería.

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Las brujas de Macbeth

8.junio.2010 - 10:08

A medida que mi abuelo se hacía mayor, muy mayor, fui cambiando de táctica para entablar conversación con él. No era fácil, porque él no hablaba de lo trivial, de lo trillado aunque no fuera trivial, de lo establecido, de lo tópico, de lo ortodoxo, de lo consabido, de lo manido, de lo difundido. Yo, claro está, estaba muy lejos de tener una preparación en algún tema que me permitiera, no opinar sobre el mismo, sino tan siquiera de ser capaz de hacer las preguntas pertinentes que despertaran su curiosidad y su ánimo para la respuesta. Tenía siempre la sensación de que nunca podría tener como el decía “el cincel con el cual interrogar la piedra de lo ignoto escrutable”. Cosas de sabios. Entonces, decía, cambié de táctica, y en lugar de ir a la biblioteca donde su presencia era sempiterna e interrogarle sobre cosas como aquello de “¿qué hay más allá de la muerte?”, “¿cuántas novias había tenido en el pasado?” o “¿qué es eso que llama la gente la felicidad?”, fui tomando el hábito de sentarme en el sofá que dejaba libre, coger un libro y comenzar a leerlo. Yo intuía que mi abuelo –que en el fondo no había dejado de ser un niño- tarde o temprano se fijaría en el título y me preguntaría sobre él. El autor no lo he mencionado porque mi abuelo sabía los títulos y sus autores, además de sus prólogos y ediciones de los 12.000 libros de que se componía su biblioteca. Había tomado pues el libro de Macbeth, “del divino William”, que así llamaba mi abuelo a su autor. Y en efecto, la cosa funcionó porque al poco me hizo la retórica pregunta de “¿qué leía?” a la vez que miraba su título pon encima de las gafillas de hipermétrope. Sí, mi abuelo ya usaba gafas porque la edad puede con todo aunque nos neguemos a reconocerlo. Entonces, aproveché la ruptura del silencio que él había provocado para sacar conversación de lo que mi curiosidad me picaba como un sarpullido. Todo ello era un inocente juego que me recordaba al director de orquesta que coge con dos o tres dedos esa “varita mágica” y da la entradilla a los músicos. Esta fue su respuesta:

-Querido nieto, el bardo inglés es uno de los grandes. Junto con Calderón, el más grande en el terreno de la farándula, en el arte de Talía. El libro que tienes entre manos es la obra de la traición, la venganza y el destino. No es sin embargo perfecto por la artificiosa teatralidad de los golpes finales: la del caminante bosque de Birnam y la de la “impunidad” del protagonista ante cualquier mortal nacido de mujer. Como tragedia es profunda, rítmica, majestuosa; literariamente tiene momentos inolvidables; teatralmente es algo artificiosa. Yo mismo he investigado en el mundo gaélico de la Escocia del Medioevo, he reconstruido su leyenda y la he convertido en materia literaria. No tiene valor histórico ni filológico, porque a mí eso no me importa. Me importa sólo que el lector levante la cabeza cuando el libro pierde sus palabras, su verbo y la última hoja deviene en blanco; que el lector inspire con satisfacción, eche su cuerpo hacia atrás, levante la cabeza y cierre los ojos como para que no le moleste la visión trivial, cotidiana y esperada de las cosas de todos los días, y luego reflexione. Ese momento es mágico porque has alimentado tu cerebro con sueños, disparado la fantasía y el sosiego ha invadido tus vísceras. En ese momento has sido otro; que te dure mucho más es cuestión de perseverar. Así comienza la leyenda. Cuenta…

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