NOTICIAS DE ÚLTIMA HORA | OTRAS VOCES

El doncel y la reina

5.Marzo.2010 - 13:57

Un día que hube estado en Sigüenza contemplando sus monumentos y, claro está, especialmente el famoso Doncel que está en la iglesia de San Juan y Santa Catalina, pensé en la muy buena discusión que podría tener con mi abuelo Berto sobre la famosa estatua yacente que representa a Martín Vázquez de Arce, muerto en la Vega de Granada a manos musulmanas –otros dicen que se ahogó en la llamada “Acequia Gorda”- en el año 1486. Me había documentado bien, sobre todo desde el punto de vista histórico. Lo que me cansaba un poco era ese discurso constante de las armas y las letras que tanto dice y dicen representar la estatua y el caballero. Así se lo comenté a mi abuelo. Yo me esperaba un comentario crítico de ese discurso y su valoración estética de la valía de la escultura; escultura anónima dicen, pero hecha en el taller de Sebastián de Almonacid. De nuevo mi abuelo me sorprendió, no porque no fuera crítico, como cabía esperar, sino por lo que sigue:

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El final de Salgari

25.Febrero.2010 - 13:43

Siempre que iba a casa de mis abuelos se repetía la misma escena, el mismo ritual: me abría mi abuela, le daba un beso, le preguntaba por el abuelo y ella decía: “donde puedes imaginarte”. Y a continuación saludaba a mi abuelo, que solía estar paseando con un libro en la mano o sentado en el sillón. Pero esta vez no, esta vez le encontré sentado, con un libro en la mano y… dormido. El libro era “Los misterios de la jungla”, de Emilio Salgari. Tomé yo a su vez un libro de Conan Doyle, me senté en el sofá y esperé a que despertara. Mi abuelo decía que para los artistas “los sueños eran el silbido de las musas”. A mí me parecía algo cursi, pero era una opinión que siempre callé. Cuando se despertó le dije:

-Abuelo, me has contado muchas historias, algunas de misterio, algunas leyendas, pero ninguna policíaca como las que he estado leyendo: ¿sabes de alguna?

Sonriendo me contestó:

-No sólo se una, sino que he vivido alguna notable. Por cierto, los dos personajes del libro que tienes entre manos sobrepasan en mucho a su autor.

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El azar no existe

15.Febrero.2010 - 16:51

Esta es una historia reconstruida a partir de notas de mi abuelo. Más parece un sueño que una historia real por su contenido –Freud diría que manifiesto, según la traducción clásica en español- y por su estilo taquigráfico. Siempre me resultó curiosa la riqueza de sensaciones de los sueños y lo pueril que resulta contarlos en la vigilia: si no le añades fantasía a la fantasía la narración de lo onírico parece un árbol deshojado, liviano y grisáceo. Ahí va la breve historia.

Hallábame en un librería y tomé un libro al azar, abrí por una página cualquiera y empecé a leer en el primer párrafo en el que mi vista se posó. El texto decía: “El tiempo es el instinto de la memoria”, y a continuación seguía: “Si volvieras a abrir otro libro al azar y encontraras la misma combinación de palabras anteriores –tiempo, instinto y memoria- te será dada la ¿virtud? de la inmortalidad”. Sigue leyendo…

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El alquimista de Toledo

9.Febrero.2010 - 12:20

EL ALQUIMISTA DE TOLEDO

por Antonio Mora Plaza

En la ya referida biblioteca de mi abuelo había algunos libros del viejo arte de la alquimia, el arte por excelencia de muchos pueblos: de chinos, indios, babilonios, egipcios, árabes, etc. Hojeando varios de ellos me llamó la atención uno por sus excelentes dibujos de los aparatos que usaban estos predecesores, tanto de científicos como de charlatanes: destiladores, alambiques, atanores, redomas, morteros, etc. Abrí por una página al azar y encontré un texto que decía que…

…un día un alquimista de Toledo -ciudad de tantas culturas, de tanta historia, de tantos conversos, de… tanto sufrimiento- le dijo a su ayudante:

-Tengo que salir a casa de un nobiliario señor y te dejo al cuidado de todo. No toques ningún preparado, especialmente el contenido en la vasija de barro. Es un destilado reciente del alambique nuevo, que dicen que es mágico y como tal lo he comprado; ya sabes que los legos en la materia confunden y nos confunden magia con alquimia, a magos y charlatanes con nosotros, los alquimistas honrados. Volveré al caer la noche.

El ayudante, que no era tan honrado como suponía el viejo alquimista, miró el contenido de la vasija que su maestro le señalara y quedó asombrado del fulgor áureo que desprendía. Pensó que su maestro había tenido éxito en su intento, como todo alquimista que se preciara, de convertir algún metal innoble en precioso metal y se lo llevó a su casa sin intención de volver: es decir, lo hurtó.

El viejo alquimista, que tardó más de lo esperado, se encontró por la mañana sin su preciada vasija, su anhelado precipitado y su engañoso ayudante y montó en cólera. Salió a buscarlo y así estuvo durante 3 días infructuosamente. Al cuarto día se enteró de que un joven había perecido en su casa sin señales de haber sido golpeado o envenenado, sin motivo aparente de muerte, pero con un hecho singular: las uñas de sus dedos se habían convertido en oro. El alquimista ahora sintió miedo al pensar que pudieran relacionarle con él y que su profesión, trabajo, incluso su vida, estuvieran en peligro. Pensó en la vasija de barro. Afortunadamente no se encontró nada, puesto que el ayudante acudía sólo por la noche y siempre solo al taller. Pasaron los días y el viejo alquimista fue encontrando la paz y sosiego que requería su profesión. Siguió con sus experimentos y preparados, utilizando la fórmula secreta heredada nada menos que de Hermes Trismegisto y Helvetius. Así obtuvo un nuevo preparado en una nueva vasija de barro de cuello ancho.

Decía que todo fue así hasta que un día sucedió algo terrible: su apreciado gato Tritón apareció muerto al lado de la chimenea. Al enorme disgusto por la muerte de su minino se añadió una sorpresa doble: el gato estaba tendido plácidamente y con la misma cara de satisfacción que cuando le acariciaba y aquél le respondía con ronroneos; y la segunda sorpresa fue mayor: las uñas del gato y todos los dientes estaban duros y fulgurantes. Los examinó y no hubo duda: eran de oro a pesar de su brillo. Procedió a disecar a su querido animal para tenerle siempre presente cuando de nuevo otra sorpresa: no sólo eran de oro las uñas y los dientes, sino todo su esqueleto y se preguntó: “si esto es así, donde esté enterrado mi deshonesto ayudante hay una verdadera fortuna”. A veces la codicia hace presa de los seres humanos y hasta el más honrado se ve arrastrado por el diablo de la tentación, y nuestro viejo alquimista buscó durante días la tumba de su ayudante-ladrón hasta que la encontró. Tampoco fue difícil porque, dada las extrañas circunstancias de su muerte, no fue enterrado en el amplio lugar del cementerio dedicado a los que fallecen en gracia, sino el apartado para los que han llevado una vida de pecado, para los falsos conversos, impíos y adoradores de falsos ídolos. Y cuando, acompañado de una carreta tirado por un caballo percherón, procedía al desentierro de su joven ayudante, un alguacil le vio, le detuvo, le llevo al justicia y fue condenado a 10 años de prisión por hurto; y gracias que no fue condenado por sacrílego, por no ser la tumba de un cristiano o converso.

Una vez en la cárcel pidió al alcalde de la prisión que le trajeran todos sus aparatos de alquimia, sus preparados y sus innobles metales. Se sentía viejo y enfermo, pensaba que no saldría vivo de allí y se dijo: “puesto que no tengo ya salida de este sitio y no tengo miedo a la muerte, comprobaré yo mismo esta calcificación áurea de mis experimentos. Pasaré a la historia de la alquimia, puesto que mi vida ya lo es”. Extrañamente el alcalde cedió a su petición, pensando quizá que nada tenía que perder de ese mago –porque para él todo eso era magia- y sí que ganar en el caso de que el alquimista tuviera éxito antes de que el Altísimo se lo llevara a su seno o Satán a su madriguera. No pasaron muchos días cuando los rudos carceleros de la prisión se encontraron al alquimista muerto, pero lo que les dejó asombrados fue su expresión: estaba sentado plácidamente en el jergón de paja de su celda, una sonrisa cruzaba su cara de lado a lado y el libro de Thot a sus pies. Había también no muy lejos una vasija de barro exhalando un fulgor áureo, un alambique vacío pero aún caliente y una nota de amarillo brillante que decía: “He sido el primero y el último: el primero de la nueva ciencia y el último de la vieja alquimia”. También fue enterrado muy cerca de su ayudante-ladrón por mago y suicida.

El autor de este relato no dice en qué lugar del cementerio están enterrados ambos, pero yo, que nací en Toledo y donde ahora vivo sé dónde están. A veces voy a ese lugar y piso sus tumbas y siempre tengo que evitar la tentación que el lector puede imaginarse.

Sobre este relato le pregunté a mi abuelo si la historia era inventada o había algo de verdad y me contestó:

-Eso no tiene importancia. La dificultad en la literatura es contar algo que sea a la vez verosímil y sorprendente. Casar ambas es muy difícil: si se consigue surge el arte. Y esto vale para todas las artes”. Asentí con la cabeza y me quedé pensando. Mi abuelo tenía siempre la virtud –o la maldad- de hacerme pensar sin saber muy bien si lo era por la profundidad de su pensamiento o por la intriga con que lo exponía. Si lo tiene el Diablo en su seno seguro que será un buen compañero de tertulia.

Años más tarde, cuando estaba ultimando la biografía de mi abuelo, me encontré este escrito en unos legajos que versaban sobre los trabajos del gran Newton sobre la Alquimia: “Curiosa la relación entre los alquimistas del Medioevo y la jerarquía del papado: los primeros buscaban transmutar los innobles metales en oro para llegar a la vida eterna; la segunda vendía la vida eterna a cambio de oro. Por eso se reveló Lutero y…”.

A partir de ahí el texto se hace ilegible.

Edipo y la esfinge

28.Enero.2010 - 14:24

Decía mi abuelo que todo lo significativo que le pasa a una persona podía ser contado en 3 o 4 centenares de palabras, y el resto es espuma y hojarasca. Y a continuación añadía: “…pero de esa espuma, fruto de la agitación de las almas, de esa hojarasca que deja al árbol desnudo, descarnado, están hechos los Hamlets, Antígonas, Segismundos, Electras, Faustos, Medeas, Quijotes, Semíramis, Prometeos, Celestinas, Climtenestras, y… Edipo”.

Esto lo vi anotado por mi abuelo en un libro de Robert Graves sobre la mitología. Todo ello viene a cuento porque tengo en mis manos un relato del que nunca me habló mi abuelo. El gustaba de leyendas incas, babilónicas, árabes, indias…, siempre alejadas de nuestro próximo pasado griego y romano. En todo caso, no le hacía ascos a las provenientes de nuestra llamada piel de toro, o como decía él que decía un filósofo alemán, de ese pueblo “que ha querido ser demasiado”.

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