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El final de Salgari

Siempre que iba a casa de mis abuelos se repetía la misma escena, el mismo ritual: me abría mi abuela, le daba un beso, le preguntaba por el abuelo y ella decía: “donde puedes imaginarte”. Y a continuación saludaba a mi abuelo, que solía estar paseando con un libro en la mano o sentado en el sillón. Pero esta vez no, esta vez le encontré sentado, con un libro en la mano y… dormido. El libro era “Los misterios de la jungla”, de Emilio Salgari. Tomé yo a su vez un libro de Conan Doyle, me senté en el sofá y esperé a que despertara. Mi abuelo decía que para los artistas “los sueños eran el silbido de las musas”. A mí me parecía algo cursi, pero era una opinión que siempre callé. Cuando se despertó le dije:

-Abuelo, me has contado muchas historias, algunas de misterio, algunas leyendas, pero ninguna policíaca como las que he estado leyendo: ¿sabes de alguna?

Sonriendo me contestó:

-No sólo se una, sino que he vivido alguna notable. Por cierto, los dos personajes del libro que tienes entre manos sobrepasan en mucho a su autor.

Le dije que estaba de acuerdo y que suponía para mí a veces un problema cuando redactaba las historias que me contaba cómo situarlas ante el lector. Me soltó lo que sigue:

-Esa es una decisión personal que cada escritor debe resolver, pero que dice mucho de su actitud y personalidad. Valle-Inclán comentaba que había tres formas de colocarse ante las criaturas de ficción. Te lo diré con mi propias palabras: una es como un demiurgo que manejara a sus criaturas a su antojo, mirándolas por encima del hombro, como hace Zeus con sus héroes y mitos donde el destino y el dios de los dioses están sujetos por un imperceptible hilo que nadie puede romper: es el caso de Cervantes; otra actitud es la de Shakespeare, tratándolas de tú a tú, paseando con ellas, sufriendo con ellas hasta sucumbir con ellas, como el fantasma del padre de Hamlet; la tercera es de rodillas, como hace Homero ante sus héroes de la Iliada, con Aquiles en la Odisea, oculto tras el telón del teatro de la vida, como un discreto amanuense que fuera más un notario de la época que su autor.

Le dije que me parecía que se había desviado del tema, pero que no obstante agradecía lo que de provechoso tenían sus palabras y prosiguió:

-Resultó impactante la noticia de que en 1911 el celebrado escritor italiano Emilio Salgari se suicidara haciéndose el hara-kiri, ritual japonés que castiga a los que pierden el honor u ofenden sin justificación. La fotografía publicada en Blanco Y Negro aparecía con un corte en el vientre de derecha a izquierda que subía luego hasta el esternón. Durante mucho tiempo guardé el recorte y la fotografía por casualidad, hasta que un día fui al Museo del Prado y volví a ver las Meninas. Eso me dio una pista para resolver el caso.

Miré atónito a mi abuelo: no sabía que hubiera “caso” y menos aún podía relacionar el cuadro de Velázquez con un asesinato de un escritor italiano acaecido en 1911. Pero con mi abuelo había que tener cuidado porque era un taimado jugador de cartas y siempre sacaba ases de donde menos se esperaba o, como el decía, “en el juego de cartas, los hábiles dedos juguetean con el azar hasta menoscabar su dignidad. Al ver mi nerviosismo me dijo:

-Tranquilo, nieto, que todo se andará. En un relato no importa lo que cuentas, sino la cadencia de sonidos y silencios que son las palabras, al igual que una sinfonía, y tan malo es caer en la precipitación omitiendo información vital, como alargar con banalidades lo que la imaginación puede suplir. Creo que por hoy es bastante. Mañana seguiremos.

Al día siguiente estaba de nuevo en la biblioteca de mi abuelo. No pude entender porqué cortó la reunión del día anterior: con el tiempo he comprendido que hay un mundo entre las ansias de la juventud y el escepticismo de la vejez. Entonces, más animado que el día anterior, continuó:

-Mira nieto, hay cuadros de gran fuerza expresiva, como los de Miguel Ángel o Caravaggio; otros que nos cuentan un mundo, como los de Goya o Rembrand; y otros de gran perfección, como los de Durero o Rafael. Sin embargo nada tan inolvidables como los de Velázquez y, especialmente, el de Las Meninas. Recuerda: 11 personajes llenan una estancia con pinturas. El propio pintor aparece como asomándose detrás del cuadro y deja de pintar; la infanta Margarita mira de frente, pero su cara está ladeada a su izquierda, como si acabara de dejar de mirar el juego del más pequeño de los personajes, Nicolasito, que pisa al mastín. Una de las meninas le da un búcaro con agua a la infanta, mientras la otra parece iniciar un saludo al Rey y la Reina que acaban de entrar a la sala, según se refleja en el espejo del fondo. Al lado del espejo hay una puerta abierta por donde se dibuja la silueta del aposentador de la Reina. Hay 2 personajes más en un segundo plano, pero que omito para no alargarme, además de la enana hidrófila Mari Bárbola.

Mi abuelo tenía la teoría de que el cuadro fue pintado en dos etapas: “en la primera –decía él- Velázquez pintó los personajes que aparecen en primer plano, los hizo reflejar en un espejo, enfrente del cual había a lo lejos una puerta abierta y a su izquierda una ventana también abierta. Eso le dio el increíble juego de luces y de planos que aparece en el cuadro. Hay que decir que durante mucho tiempo estuvo en una sala enfrente del cual había un gran espejo para poder observar el cuadro a través de él. Además… . No pude aguantar y levantándome le dije que no entendía qué relación había entre el cuadro y la muerte de Salgari y me contestó:

-Cuanto antes adquieras la virtud de la paciencia, antes podrás disfrutar de la madurez que pueden darte los años. Es largo de explicar, pero el resultado es que, como ocurre con las figuras reflejadas en el espejo, la derecha se hace izquierda y al revés. Esto me dio la pista para percatarme de que el recorrido de la herida producida por la espada corta era la contraria de la que corresponde al ritual suicida japonés: este exige que sea de izquierda a derecha. La conclusión es fácil: alguien se tomó la molestia de que la muerte de Emilio Salgari no pareciera un suicidio sino un homicidio y fotografió al cadáver frente a un espejo. La misma fotografía se publicó en todas las revistas de la época. Nadie se percató del detalle y la cosa no se investigó. Había ya precedentes de suicidios en la familia Salgari y tres de sus hijos también se suicidaron; parecía natural que el escritor corriera la misma suerte. Le dije a mi abuelo que era un caso digno del mismo Holmes y me dijo:

-Le hubiera parecido muy sencillo, porque el misterio de la muerte de Salgari no sólo estriba en si fue un suicidio o un homicidio, sino también porqué alguien se tomó tantas molestias para que pareciera un homicidio, dando sólo una pista y no fácil en lugar de recurrir a una revista o periódico de la época y contar sus sospechas: sólo un experto en el ritual japonés podría haberse percatado. Los años han enterrado todo esto y nadie que yo sepa ha replanteado la cuestión.

Le sugerí que él, que tenía acceso a algún periódico y a alguna revista, lo replanteara y estas fueron sus palabras:

-Cuando el Diablo está enredado con encíclicas y asuntos teologales más vale no meneallo.

No sé si toda esta peripecia es real o inventada. Quizá tampoco importe. A mí lo que me sorprende es el mecanismo mental le llevó a mi abuelo a relacionar sus opiniones sobre el cuadro pintado en 1656 por el sevillano con la muerte en 1911 del escritor italiano: los caminos de la mente son realmente insondables.


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