Esta vez me atreví. Recuerdo que cuando lo hube escrito me dirigí a casa de mis abuelos a todo correr: era mi primer relato a pesar de que había dejado hace algún tiempo la adolescencia. Hasta entonces había redactado, reescrito, adaptado, memorizado muchos cuentos y relatos, pero no eran míos: su inventor era mi abuelo Berto, pero este no, este era producto de mi sola fantasía. Cuando llegué no estaba mi abuelo y mi abuela Francisca me dijo:
-Tu abuelo está con un asunto de los poligonales. Déjamelo, yo también lo leeré y se lo daré a leer cuando vuelva.
Eso hice. Dice el relato que…
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Un día que hube estado en Sigüenza contemplando sus monumentos y, claro está, especialmente el famoso Doncel que está en la iglesia de San Juan y Santa Catalina, pensé en la muy buena discusión que podría tener con mi abuelo Berto sobre la famosa estatua yacente que representa a Martín Vázquez de Arce, muerto en la Vega de Granada a manos musulmanas –otros dicen que se ahogó en la llamada “Acequia Gorda”- en el año 1486. Me había documentado bien, sobre todo desde el punto de vista histórico. Lo que me cansaba un poco era ese discurso constante de las armas y las letras que tanto dice y dicen representar la estatua y el caballero. Así se lo comenté a mi abuelo. Yo me esperaba un comentario crítico de ese discurso y su valoración estética de la valía de la escultura; escultura anónima dicen, pero hecha en el taller de Sebastián de Almonacid. De nuevo mi abuelo me sorprendió, no porque no fuera crítico, como cabía esperar, sino por lo que sigue:
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