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Anotaciones etiquetadas con ‘FICCIÓN’

La habitación 302

18.enero.2010

Pulsa

Ella estaba allí, su cuerpo menudo, todavía caliente, descansaba sobre la cama; su espíritu había comenzado un viaje sin retorno apenas unos minutos antes. Su cara había recuperado su gesto habitual, sereno, tranquilo…

Él no se separaba de la cabecera de su cama pero esa noche no pudo resistir el impulso de salir a respirar aire fresco porque se estaba ahogando. Ella se iba y no podía hacer nada para apaciguar su sufrimiento. Salió de la habitación huyendo de la impotencia que le provocaba su dolor. Mientras caminaba por el pasillo vio entrar a un hombre en la habitación 302, al llegar a su altura, sus miradas se cruzaron por un instante y el hombre le sonrió. El efecto de aquella sonrisa fue un bálsamo para su alma herida. El aire había vuelto a sus pulmones.

Regresó a la habitación. Ella había dejado de sufrir.

Días después volvió al hospital y preguntó por aquel paciente.

- Tiene que ser un error, en esta planta no hay ninguna habitación con esa numeración.

Entonces lo comprendió todo.

Regresó sobre sus pasos por el mismo pasillo de aquella noche. Escuchó unos gemidos, alguien luchaba por sobrevivir. Cerró los ojos unos segundos, cuando los abrió se dio cuenta de que los gemidos ya no se escuchaban. Un hombre salió de la habitación y le dijo:

- No era su momento.

De forma pausada continuó caminando y salió del hospital…

Secuencia del caos

10.diciembre.2009

Se despertó con una molesta opresión en el pecho.

-¡Maldito calentador, nunca funciona a la primera! Masculló mientras intentaba encender la mecha.

Se sentía irascible, violento, incómodo en su propia piel, percibía un fuerte olor a material de pintura; sus manos tenían restos de color amarillo. Se miró en el espejo, el hombre que se reflejaba en él lucía una recortada barba roja.

Tenía que ser una pesadilla.

Corrió al dormitorio, la cama estaba desecha y el interruptor del despertador apagado, todo era tan real como parecía a simple vista; sus propios sentimientos y sensaciones se confundían con los de otro ser humano muerto muchos años antes.

Vio con nitidez a una habitante de Arlés, mirando ensimismada el libro que descansaba sobre una mesa verde.

“El Restaurant de la Siréne” se ofrecía ante sus asombrados ojos con el mismo colorido que él recordaba haber pintado a los 34 años, el mismo año en que pintó “La italiana” y “La mujer en el Café du Tambourin”.

-Esto es una locura, pero ¿qué locura?, ¿mi locura o la de Van Gogh? Me duele el pecho. ¡No puedo respirar!

El teléfono llevaba un buen rato sonando con insistencia y con un enorme esfuerzo logró arrastrarse hasta él y descolgarlo, las palabras se ordenaban en su mente pero de su boca no salía ningún sonido…

-Damián, contesta por favor.

Elena sólo pudo oír una especie de gemido ronco, un estertor que le hizo presagiar lo peor…

Los médicos dijeron que Damián había muerto de un infarto pero ninguno pudo explicarle a Elena por qué su oreja izquierda se encontraba seccionada y parte del lóbulo ensangrentado yacía a los pies del cadáver…

Pubertad

28.noviembre.2009

Los cambios se sucedían sin tregua. Su voz se había vuelto ronca. Una parte de su cuerpo le reclamaba una atención especial, parecía que tuviese vida propia; empezó a sentir una especie de ansiedad entre sus piernas y un suave vello apareció en su cara hasta entonces imberbe… Se encontraba raro, no se reconocía, en apenas unos meses su cuerpo había cambiado tanto que le resultaba un perfecto desconocido, se miraba al espejo y veía a otra persona. Pronto aprendió a acallar la llamada de su recién estrenada virilidad.

–¡Sal de una vez Jaime! Estamos esperando para entrar. ¿Quieres al menos contestar? Le suplicaba varias veces al día su madre.

Pero Jaime no podía contestar, su voz se quedaba atascada en la garganta. Cuando por fin salía, totalmente congestionado, se iba rápidamente a su cuarto.

–¡Otra vez Jaime! ¡No paras chaval! Solía decirle su hermano Isidro.

El sexo femenino, al que había ignorado hasta entonces, empezó a parecerle muy interesante. Una mañana de camino al instituto la vio por primera vez y sin buscarlo descubrió el amor o al menos algo que se le parecía mucho.

Aquella mañana estuvo distraído, ausente; ella lo inundaba todo, se reflejaba en el encerado, en la cara de los profesores, de sus compañeros… ¿Volvería a verla? se preguntaba ansioso.

Nunca una mañana había sido tan larga para Jaime. Ni siquiera durante el recreo, entre las bromas habituales, dejó de pensar en ella.

Cuando por fin acabaron las clases salió corriendo con el corazón latiendo a cien y las sienes a punto de estallarle.

El esfuerzo había valido la pena, ella estaba allí, en el mismo sitio, como si estuviera esperándole

–¿Qué haces, estás tonto?

La voz de su amigo Pedro rompió el encanto del momento.

A partir de aquel día ya nada volvió a ser igual, Jaime se acostaba y se levantaba pensando en ella, dormido soñaba con su cara.

Todas las mañanas salía un poco más temprano para poder contemplarla sin prisas. Los primeros días la observaba a cierta distancia pero día a día se iba acercando un poco más; a ella no parecía importarle aquel exceso de confianza y Jaime a veces hasta se atrevía a dirigirle una tímida sonrisa y llegaba a percibir que ella se la devolvía…

–Jaime ¿Qué te pasa? ¿Por qué no comes? Le preguntaba su madre a diario.

–Déjale mamá, estará enamorado. Solía decir Isidro.

–¿Cómo va a estar enamorado? Es un niño. Tu hermano sólo tiene 12 años.

–Sí, sí, un niño, ya tiene 12 años mamá, ¡12 años!

–Isidro, déjate de tonterías que este niño está enfermo ¿no ves que no prueba bocado? Está pálido, ausente. No parece el mismo de siempre.

–Mamá es que ¡no es el mismo de siempre! Se está haciendo un hombre, ja, ja,ja…

De forma gradual la normalidad perdida regresó y le permitió recuperar su rutina y con ella su habitual apetito: ¡Volvía a comer como antes de que ella apareciese en su vida!

Una mañana al llegar al lugar de su encuentro diario, ¡ella no estaba…!

Se sintió morir, convencido de que no volvería a verla.

Cuando llegó a casa se encerró en su habitación y allí permaneció hasta la mañana siguiente. Cuando se levantó tenía tanta hambre que el tazón de cereales que desayunaba cada mañana le pareció muy escaso y lo rellenó un par de veces; estaba finalizando de desayunar cuando escuchó a su madre que le hablaba desde el salón:

–Jaime, todavía no viste el cuadro que papá y yo compramos en la galería de arte que está cerca de tu instituto. Es precioso, no marches sin echarle un vistazo, está colgado aquí, en el salón.

…Y allí estaba…colgado en el salón de su casa el retrato al óleo que tantos desvelos le había causado…

–¿Qué te parece? ¿Te gusta?

–No está mal, pero en esa pared quedaría mejor un paisaje. Contestó Jaime con fingida indiferencia.