Los cambios se sucedían sin tregua. Su voz se había vuelto ronca. Una parte de su cuerpo le reclamaba una atención especial, parecía que tuviese vida propia; empezó a sentir una especie de ansiedad entre sus piernas y un suave vello apareció en su cara hasta entonces imberbe… Se encontraba raro, no se reconocía, en apenas unos meses su cuerpo había cambiado tanto que le resultaba un perfecto desconocido, se miraba al espejo y veía a otra persona. Pronto aprendió a acallar la llamada de su recién estrenada virilidad.
–¡Sal de una vez Jaime! Estamos esperando para entrar. ¿Quieres al menos contestar? Le suplicaba varias veces al día su madre.
Pero Jaime no podía contestar, su voz se quedaba atascada en la garganta. Cuando por fin salía, totalmente congestionado, se iba rápidamente a su cuarto.
–¡Otra vez Jaime! ¡No paras chaval! Solía decirle su hermano Isidro.
El sexo femenino, al que había ignorado hasta entonces, empezó a parecerle muy interesante. Una mañana de camino al instituto la vio por primera vez y sin buscarlo descubrió el amor o al menos algo que se le parecía mucho.
Aquella mañana estuvo distraído, ausente; ella lo inundaba todo, se reflejaba en el encerado, en la cara de los profesores, de sus compañeros… ¿Volvería a verla? se preguntaba ansioso.
Nunca una mañana había sido tan larga para Jaime. Ni siquiera durante el recreo, entre las bromas habituales, dejó de pensar en ella.
Cuando por fin acabaron las clases salió corriendo con el corazón latiendo a cien y las sienes a punto de estallarle.
El esfuerzo había valido la pena, ella estaba allí, en el mismo sitio, como si estuviera esperándole
–¿Qué haces, estás tonto?
La voz de su amigo Pedro rompió el encanto del momento.
A partir de aquel día ya nada volvió a ser igual, Jaime se acostaba y se levantaba pensando en ella, dormido soñaba con su cara.
Todas las mañanas salía un poco más temprano para poder contemplarla sin prisas. Los primeros días la observaba a cierta distancia pero día a día se iba acercando un poco más; a ella no parecía importarle aquel exceso de confianza y Jaime a veces hasta se atrevía a dirigirle una tímida sonrisa y llegaba a percibir que ella se la devolvía…
–Jaime ¿Qué te pasa? ¿Por qué no comes? Le preguntaba su madre a diario.
–Déjale mamá, estará enamorado. Solía decir Isidro.
–¿Cómo va a estar enamorado? Es un niño. Tu hermano sólo tiene 12 años.
–Sí, sí, un niño, ya tiene 12 años mamá, ¡12 años!
–Isidro, déjate de tonterías que este niño está enfermo ¿no ves que no prueba bocado? Está pálido, ausente. No parece el mismo de siempre.
–Mamá es que ¡no es el mismo de siempre! Se está haciendo un hombre, ja, ja,ja…
De forma gradual la normalidad perdida regresó y le permitió recuperar su rutina y con ella su habitual apetito: ¡Volvía a comer como antes de que ella apareciese en su vida!
Una mañana al llegar al lugar de su encuentro diario, ¡ella no estaba…!
Se sintió morir, convencido de que no volvería a verla.
Cuando llegó a casa se encerró en su habitación y allí permaneció hasta la mañana siguiente. Cuando se levantó tenía tanta hambre que el tazón de cereales que desayunaba cada mañana le pareció muy escaso y lo rellenó un par de veces; estaba finalizando de desayunar cuando escuchó a su madre que le hablaba desde el salón:
–Jaime, todavía no viste el cuadro que papá y yo compramos en la galería de arte que está cerca de tu instituto. Es precioso, no marches sin echarle un vistazo, está colgado aquí, en el salón.
…Y allí estaba…colgado en el salón de su casa el retrato al óleo que tantos desvelos le había causado…
–¿Qué te parece? ¿Te gusta?
–No está mal, pero en esa pared quedaría mejor un paisaje. Contestó Jaime con fingida indiferencia.
FICCIÓN
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