NOTICIAS DE ÚLTIMA HORA | OTRAS VOCES

Una pertinaz tristeza

5.Febrero.2010 - 20:57

En el tren escucho a una mujer preguntándole a su hijo: «¿te ha gustado el médico?». «No», responde el niño en un ejercicio de sinceridad infantil. Qué bien le entiendo, pienso yo. El médico, al fin y al cabo, es un extraño que invade nuestra intimidad y que finalmente nos dice algo que no sabemos de nosotros mismos. Nos revela lo oculto, como un vidente, pero pocas veces será una predicción como «conocerá a una misteriosa morena con la que vivirá una bonita historia de amor», sino que suele parecerse más a «se embarcará en un negocio ruinoso y acabará en la calle». El médico nos juzga y luego nos absuelve o nos condena. Quizá yo por eso a veces trato de engañar al mío para que dictamine que tengo buena salud, como si bastara que él lo diga para que sea verdad.

Pensando en todo esto, se me ocurre una historia de un hombre que llega a la consulta de su médico aquejado de una pertinaz tristeza. El doctor le examina y le explica que poco se puede hacer, pues se trata de una condición crónica con la que tiene que aprender a vivir. El hombre suplica, explica su buena conducta (sus buenos hábitos) y le ruega al doctor que no sea tan duro con su diagnosis y que le reduzca la condena. Pero el médico contesta: «no puede ser, siga los cauces habituales, presente su apelación a la enfermera».

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Para Jerome, con amor y sordidez

1.Febrero.2010 - 19:17

«Escribir es estar muerto, pero disimulando», me dice Salinger en un parque. Yo disimulo, aunque creo que no estoy muerto, pero sí escribiendo esto mentalmente. Como parece que espera una respuesta por mi parte, finalmente digo que escribir en España puede ser llorar, morir o beber, según se le pregunte a Larra, Cernuda o Leopoldo María Panero. Salinger se encoge de hombros, que no sé si es una manera de decirme que no le interesa o bien que no sabe qué decir. Me decanto por lo segundo, en un ejercicio de optimismo.

«¿Y cómo es la muerte?», le pregunto para romper el silencio y enseguida me parece una estupidez, como si le hubiera preguntado a qué sabe la muerte o algo así. Por un momento creo que Salinger me va a contestar que la muerte sabe a fresa, pero no llega a pasar. Tan sólo me recita unos versos enigmáticos: «la vida pasa lenta / como un petrolero / e igual de absurda». «Qué bonito», digo, pero por decir algo, que a saber a qué se refería con eso. «No es mío, se lo he escuchado a Ezra Pound esta mañana», responde, y señala con el dedo a otro banco, donde están sentados Pound y E. E. Cummings. Se me ocurre entonces que quizá la muerte para los escritores anglosajones es un parque, un parque en medio del infierno, pero no le digo nada a Salinger, que se levanta para jugar a la petanca con William Burroughs, Norman Mailer y Samuel Beckett.

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La cadena

26.Enero.2010 - 19:14

Dice Richard Dawkins que si estamos aquí es porque somos increíblemente afortunados, pues formamos parte de una larga cadena ininterrumpida de seres humanos que han logrado reproducirse. Voy pensando esto en el autobús, junto a otros seres humanos que son eslabones de otras cadenas. Yo, que no me he peinado hoy antes de salir de casa, soy un milagro de la vida, un ser improbable que desciende de humanos que han conseguido siempre transmitir su código genético. Da que pensar. Da vértigo, incluso, así que le pido a una señora que se levante y me ceda el asiento. La señora me mira con sumo disgusto y dice que ya no se respeta nada. Puede que no, pienso yo, pero tenga en cuenta que me flaquean las piernas por lo afortunado que soy de estar aquí de pie. Yo soy y otros no son. Lo que no es, no es. Lo que es, no puede no ser. Y viceversa. Pero no le hablo de estas cuestiones metafísicas a la señora, claro. Sólo le robo el asiento, lo que también me parece un triunfo biológico.

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Nuestro gran líder

20.Enero.2010 - 19:14

Nuestro gran líder, loor a su persona inmortal, nació en una familia humilde, pero que ya nunca careció de nada, pues nuestro gran líder se encargó de proveer. Nuestro gran líder aprendió a hablar al mes de nacer y a los dos meses lucía ya su insigne bigote, gloria de la patria, que a tantas victorias nos ha dirigido. Con cinco años, nuestro gran líder comandaba las primeras revoluciones que nos liberaron de yugos externos e internos. Nuestro gran líder hace que las cosechas crezcan gracias a la luz de sus ojos en nuestros campos. Nuestro gran líder mide tres metros, detalle que se aprecia mejor en fotos y cuadros que en público. Nuestro gran líder murió hace veinte años, pero sigue dirigiendo la nación con su firmeza característica.

El perfecto anfitrión

17.Enero.2010 - 19:44

Así que la muerte se ha instalado en la ciudad, en el hotel Excelsior, donde cada noche celebra una cena de gala a la que son invitadas las más altas personalidades, que acuden con el temor marcado en el rostro. «Qué hacer», se preguntó el señor embajador de Alemania antes de presentarse por primera vez, «enemistarse con la muerte no es la decisión más inteligente que se puede tomar en esta vida, pero compartir con ella cocochas parece también arriesgado». Sin embargo, los comensales reconocen que el trato es exquisito, que la muerte es un tipo encantador que trata a sus invitados con el donaire y cortesía que merece gente de tan alto copete. Siempre tiene palabras amables para todos: galanterías para las damas, parabienes para los caballeros.

2010

4.Enero.2010 - 0:57

—Nos vamos haciendo viejos, ¿no te parece?

—Serás tú, yo sigo lleno de indolencia juvenil.

—Empieza a ser indolencia senil.

—No seas tonto, la edad es un estado de ánimo.

—¿Y los achaques?

—No existen: es el cuerpo, que trata de engañarnos. Y no vamos a dejar que el cuerpo venza a la mente. Sería poco intelectual.

—Visto así…

—Además, piensa en las ventajas del paso del tiempo. Según Regreso al futuro II, ya sólo faltan cinco años para que haya monopatines voladores.

—Ni siquiera sé montar en un monopatín convencional.

—Pues tienes cinco años por delante para aprender. Date prisa, no querrás decepcionar al futuro cuando éste por fin llegue, ¿no?

El acorazado del emperador

26.Diciembre.2009 - 22:34

Su Alteza Serenísima, el príncipe Helmut IV, creía estar destinado a grandes empresas, no en vano era pariente de la recientemente fallecida Reina Victoria, la que fuera monarca de la potencia más grande de la Tierra. Claro que, para desgracia del príncipe Helmut, él no gobernaba ninguna potencia, sino un pequeño país centroeuropeo enclavado entre las montañas: Silvonia. Por otra parte, su parentesco con la Reina Victoria era bastante lejano, pues era sobrino de una prima segunda (o tercera, no estaba claro) de aquella. Nada de esto desanimaba al joven príncipe, que era un firme voluntarista y que al subir al trono se había prometido a sí mismo que cambiaría el estado de las cosas durante su reinado.

Lo primero que hizo fue convocar a palacio al viejo canciller, Telhefunken, para comunicarle que el principado se convertía en imperio de forma inmediata. Telhefunken se alarmó al escuchar esto y arguyó que difícilmente podía ser Silvonia un imperio cuando su extensión era tan reducida. Helmut contraatacó afirmando que la grandeza de una nación no se mide por su extensión territorial, sino por el carácter de sus gentes y, sobre todo, el de sus gobernantes. Silvonia debía ser un imperio o bien no ser en absoluto, concluyó el príncipe, y el viejo Telhefunken tuvo que claudicar y disponerlo todo de manera que, al cabo de una semana, se proclamó el nuevo Imperio de Silvonia.

El pueblo aceptó de buen grado el nuevo estatus de la nación cuando se confirmó que pasar a ser un imperio no acarreaba una subida de impuestos. Las potencias europeas no reaccionaron con hostilidad como temía Telhefunken, sino más bien con indisimulada chufla. «Si Silvonia quiere ser un imperio, que lo sea; ahora pasemos a asuntos serios», parecía ser la actitud general. Un importante periódico de Londres afirmó que Silvonia era, junto a Liliput y el país de Oz, una de las mayores amenazas para la estabilidad mundial.

Nada de esto pasó desapercibido para Su Alteza Serenísima, el emperador Helmut, que hervía de rabia e indignación. Cómo hacer que le tomaran en serio, se preguntaba. Cómo hacer que Silvonia y su emperador ocuparan el lugar que merecían en el mundo.

La respuesta se la dio la Conferencia Naval que se celebró en Londres en 1908. El carácter de una nación no se puede pesar en una balanza ni medir con un metro, entendió; se necesita algo mensurable: una marina de guerra poderosa. El peso de una nación se mide concretamente con los acorazados, explicó al atribulado Telhefunken antes de enviarlo a Londres con la tarea de notificar al mundo que Silvonia se disponía a construir su primer acorazado. Esta idea fue acogida con gran jolgorio en la Conferencia Naval, pues no deja de ser bastante hilarante que una nación sin acceso al mar se dedique a tener una marina de guerra. Por tanto, nadie se opuso a la estrafalaria intención del emperador de Silvonia, a la que se le concedió permiso para construir un acorazado de cuantas toneladas quisiera.

La nación se puso enseguida manos a la obra, aunque no sin algunas protestas, pues la construcción del acorazado sí acarreaba una subida de impuestos considerable para poder costearlo. Pero de inmediato se presentó la cuestión que tan divertida había parecido en Londres: dónde ubicar el acorazado. Silvonia no tenía costa y parecía ridículo que el buque quedara fondeado en las aguas territoriales de algún país vecino. El emperador no se amilanó ante esto y declaró que la solución era muy sencilla: el río. «Pero el río no tiene caudal suficiente», adujeron los ingenieros navales contratados para la empresa. «Pues lo ampliaremos», contestó sencillamente Helmut. La voluntad del emperador se impuso de nuevo y las excavadoras no tardaron en comenzar a trabajar en el cauce del río, importándose también del extranjero, de forma continuada, cantidades ingentes de agua para llenarlo como era debido, convirtiéndose así el río prácticamente en un canal artificial.

Finalmente, después de tres años de arduos trabajos, se concluyeron el entrenamiento de la marinería, el acondicionamiento del río y la construcción del acorazado. Para su botadura solemne, fueron invitados periodistas y estadistas de toda Europa, que llegaron a Silvonia atónitos y expectantes a partes iguales. Helmut presidía la ceremonia ataviado con su uniforme de Gran Almirante, el primero de la historia gloriosa de Silvonia. Anunció al mundo que éste era sólo el primer paso hacia un nuevo orden europeo y mundial y que por fin Silvonia estaba en situación de reclamar el puesto que por derecho merecía entre las potencias. Tronaron entonces los poderosos cañones del monstruo metálico en una salva que aplaudió el pueblo de Silvonia, al que el emperador se dirigió directamente para terminar su discurso: «Aquí, delante de esta maravilla de la ingeniería y con el mundo entero de testigo, os prometo, súbditos míos, que jamás un ejército enemigo podrá desembarcar en nuestro país».

Algunos animales son más iguales que otros

20.Diciembre.2009 - 9:54

Desde que se aprobó la Proposición 8 en California, a algunos conservadores les ha dado por exigir, en nombre de la pobre democracia, que la cuestión del matrimonio entre personas del mismo sexo se someta a referéndum en todo lugar donde se apruebe (Portugal es el último ejemplo). Sorprende la concepción de la democracia que tiene algunos, que la entienden como la dictadura de la mayoría, no como el gobierno justo de la mayoría. Según este punto de vista, si los alemanes en los años treinta deciden en un referéndum que los judíos han de tener menos derechos, se trataría de algo justo y democrático. Claro, es que la minoría ha de aceptar que las reglas del juego son éstas y que no puede reclamar ser tratada igual que la mayoría. Que se reproduzcan más rápido que la mayoría hasta sustituirla y que entonces hagan las leyes que quieran, faltaría más.

¿Han de tener los negros los mismos derechos que los blancos? Si esto se hubiera sometido a referéndum cuando el movimiento por los derechos civiles, en muchos lugares de Estados Unidos seguiría existiendo segregación hoy en día. A nadie se le ocurre que los derechos civiles de las minorías étnicas tengan que someterse a referéndum; sin embargo, a algunos les parece razonable que sí se haga cuando se trata de los derechos de los homosexuales. La idea, para entendernos, es que hay que apelar a los prejuicios de la gente y consultarle si ve bien que sus vecinas —por ejemplo— puedan casarse. Y esto les interesa a los grupos conservadores porque saben que la respuesta puede ser: «no, estoy en contra de que mis vecinas se casen, aunque a mí en nada me afecta». Esto último no se dice, por supuesto, pero es la realidad. El matrimonio entre personas del mismo sexo no incumbe más que a los interesados, es delirante que alguien quiera inmiscuirse en lo que haga un tercero con su vida.

Esta intromisión en la vida de terceros se justifica torpemente aduciendo que la sociedad en su conjunto se ve afectada. Repiten cosas como que el matrimonio homosexual destruye a la familia. Muy bien, pero entonces la pregunta es: ¿cómo? ¿Cómo destruye a la familia? ¿Cómo atenta contra ella? Las consignas pueden estar muy bien para los convencidos, pero no nos bastan, queremos un argumento razonado que se base en la realidad, no en la fantasía. ¿En qué afecta a la familia de Fulano que sus vecinas se casen? Es una pregunta muy sencilla que requiere una respuesta; los dogmas de fe están fuera de este debate. ¿Acaso es que los heterosexuales van a divorciarse en masa para casarse con personas de su mismo sexo?

Otro supuesto argumento utilizado es el famoso: «que tengan los mismos derechos, pero que no lo llamen “matrimonio”». Es decir, una actualización del «separados, pero iguales». Con el pretexto de convertirlo en una cuestión lingüística de lo más inocente, intentan enmascarar su deseo de que sigan existiendo diferencias. Uno no deja de preguntarse con qué derecho se creen los católicos para reclamar la propiedad de la palabra «matrimonio» (y por qué no tienen ningún problema con que el matrimonio civil se llame así).

Claro que, por otra parte, todo esto nos suena demasiado. Polémicas parecidas se vivieron ya con la aprobación del divorcio. A unos fervientes católicos de férreas convicciones en lo respecto al carácter sagrado del matrimonio poco debía importarles, pues nunca cometerían el pecado de divorciarse. Pero no era eso lo que les preocupaba, era lo que hicieran los demás con sus vidas. «Yo no quiero que mis vecinos se divorcien», era la idea subyacente, el lema no escrito. «Aunque a mí en nada me afecta».

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El futuro

14.Diciembre.2009 - 23:13

Yo no veo el futuro, no soy vidente —dice el hombre—; tampoco lo leo, pero un vecino mío sí lo hacía: leía el futuro en las novelas de Emilio Salgari. Yo, caballero, soy oyente, oigo el futuro en los pasos de la gente. En el andar de una persona está escrito su porvenir. O grabado, más bien; es como sentarse a escuchar un disco. También puedo oírlo en las estrellas, pero me cuesta más, el sonido me llega desde muy lejos. Es como una radio con el volumen muy bajo. Aunque lo cierto es que es muy bonito dormirse arrobado por el sonido tenue de todos esos futuros aún por vivir.

Qué cruz

8.Diciembre.2009 - 19:14

Dice Manuel Fraga: «el crucifijo es el símbolo del cristianismo y de la Humanidad».

De lo que se deduce que judíos, budistas, musulmanes e hinduistas no son humanos. Sócrates, Platón, Aristóteles, Séneca, Confucio, Maimónides o Averroes no forman parte de la Humanidad. Ni siquiera Gandhi.

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