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Amélie en el infierno

15.Marzo.2010 - 2:31

Abre los ojos Amélie y no ve más que un paisaje infernal. ¿Qué ha pasado, cómo he llegado aquí?, se pregunta con candidez. Y de pronto lo recuerda: metió la mano en las lentejas, pero no cuando estaban en un saco, como siempre, sino que esta vez quiso probar cuando estaban en la olla, al fuego. Craso error, pues sufrió quemaduras de tercer grado en la mano. Recuerda que acudió al hospital, donde le dieron vitaminas y la vacuna contra la gripe A (puesto que les sobraba), y que falleció finalmente al infectarse la herida. Qué muerte tan poco bonita, piensa.

Echa a andar Amélie por el infierno hasta que llega al Estigia, donde un huesudo Caronte, sentado en su barca, la mira con gesto hostil.

—Al pasar la barca, me dijo el barquero: las niñas bonitas no pagan dinero —canturrea la ingenua francesita.

—Sería otro barquero —responde Caronte, que extiende la mano.

Amélie mira en su bolso, pero sólo lleva canicas y confeti, bagatelas que pocas veces son consideradas dinero de curso legal. Y menos en el infierno. Finalmente, después de mucho regatear, se desprende de los pendientes y de la ropa interior, pues el anciano Caronte está hecho un viejo verde.

Navegan en silencio por el río de los muertos. Se detienen en un embarcadero y Caronte le indica que siga siempre el camino de baldosas negras. Amélie camina, pues no hay más opciones. Al rato, se topa con Saddam Hussein, que pide limosna al borde del camino. Amélie le da una canica. Saddam protesta agriamente, así que ella le arroja algo de confeti a la barba. Esto confunde al viejo dictador.

—Yo no tendría que estar aquí —gimotea al fin.

—¿No tuviste un juicio justo? —pregunta ella.

—Si maté a todos esos kurdos fue por error. Yo pensaba que ellos querían ser asesinados. ¿Quién podía imaginar lo contrario?

—No seas tan duro contigo, ya no puedes arreglarlo. Sé positivo.

—¿Positivo? ¿Condenado al infierno eternamente?

—Piensa en todo el tiempo libre que tienes ahora. ¿No tienes algún hobby?

—Bueno, me gusta pescar.

—Seguro que el Estigia está lleno de peces.

—No creo. De peces muertos, en todo caso.

—Mejor, así no los tienes que matar después de pescarlos —dice ella con una gran sonrisa.

—Eres una chica muy rara —contesta él.

La patria

2.Marzo.2010 - 0:40

Y la patria nunca te abandona. Siempre está a tu lado, salta a la comba contigo, nunca te hace la zancadilla ni te escoge el último para el equipo de baloncesto. La patria te arropa por las noches y te susurra que no estás solo, que las calles están llenas de enfermos mentales dispuestos a morir y matar por la misma entelequia de mierda.

Por qué te dije que no volvieras

21.Febrero.2010 - 19:38

Soñé que aún estaba vivo y era domingo y llovía. Soñé que llevaba diez años casado con la misma mujer. Soñé que había vuelto a un lugar donde fui feliz, pero ya no había sitio para mí. O yo era otro, ya no aquel. En cualquier caso, me marché y dejé la puerta abierta para que alguien pudiera ocupar mi lugar.

Soñé que luego estaba en una cafetería con otra mujer, a la que decía que su cuerpo le sentaba muy bien al alma. Soñé que ella se reía y me contestaba que siempre igual, siempre igual, que cuándo iba a cambiar. Soñé que no supe qué decir.

Soñé que la vida volvía a empezar, de pronto, suavemente, como si no pudiera ser de otra manera.

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Y por eso creo en el infierno

11.Febrero.2010 - 19:10

Treinta días, setecientos días, dos mil quinientos días en una casa habitada por mis fantasmas. Y nada más que tiempo en las ventanas, empañadas. La vida es como la muerte, pero con mejores vistas, le digo a la chica, que no está. Tanta metafísica para no estar, me quejo. Tanta poesía para acabar disimulando el amor. Pero aquí no podemos vivir, añado luego. Con esos ojos tan grandes que tienes, que ocupan toda la habitación. Dónde vamos a meter los muebles, nena. Y otras cosas que le digo —aprovechando que sigue sin estar por aquí—, porque amar es exagerar, enmendar el mundo con hipérboles desaforadas. El amor (o el humor) como pinceladas de vida. O algo así.

Claro que tampoco hay amor. Ni intimidad. La pena es pública, pero no compartida. La pena es personal e intransferible. Hay que cumplir la pena, dice alguien, pero a mí me parece que mejor sería incumplirla y perseguir entelequias con alegría. Aunque estemos hechos de heridas mal cerradas y de recuerdos gangrenados. Porque es tan bonito llevarle la contraria a la vida. Es como la carga de la Brigada ligera, como subir al cadalso cantando, como la Danza de los espíritus.

Pero no importa; hoy la vida es como siempre. Y tú y yo tenemos tantas cosas que decir(nos), pero el mundo queda tan lejos, niña. Tendría que escribir contigo, vivir contigo, perder el tiempo juntos a manos llenas. Pero ya no sé, ya no puedo.

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Una pertinaz tristeza

5.Febrero.2010 - 20:57

En el tren escucho a una mujer preguntándole a su hijo: «¿te ha gustado el médico?». «No», responde el niño en un ejercicio de sinceridad infantil. Qué bien le entiendo, pienso yo. El médico, al fin y al cabo, es un extraño que invade nuestra intimidad y que finalmente nos dice algo que no sabemos de nosotros mismos. Nos revela lo oculto, como un vidente, pero pocas veces será una predicción como «conocerá a una misteriosa morena con la que vivirá una bonita historia de amor», sino que suele parecerse más a «se embarcará en un negocio ruinoso y acabará en la calle». El médico nos juzga y luego nos absuelve o nos condena. Quizá yo por eso a veces trato de engañar al mío para que dictamine que tengo buena salud, como si bastara que él lo diga para que sea verdad.

Pensando en todo esto, se me ocurre una historia de un hombre que llega a la consulta de su médico aquejado de una pertinaz tristeza. El doctor le examina y le explica que poco se puede hacer, pues se trata de una condición crónica con la que tiene que aprender a vivir. El hombre suplica, explica su buena conducta (sus buenos hábitos) y le ruega al doctor que no sea tan duro con su diagnosis y que le reduzca la condena. Pero el médico contesta: «no puede ser, siga los cauces habituales, presente su apelación a la enfermera».

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Para Jerome, con amor y sordidez

1.Febrero.2010 - 19:17

«Escribir es estar muerto, pero disimulando», me dice Salinger en un parque. Yo disimulo, aunque creo que no estoy muerto, pero sí escribiendo esto mentalmente. Como parece que espera una respuesta por mi parte, finalmente digo que escribir en España puede ser llorar, morir o beber, según se le pregunte a Larra, Cernuda o Leopoldo María Panero. Salinger se encoge de hombros, que no sé si es una manera de decirme que no le interesa o bien que no sabe qué decir. Me decanto por lo segundo, en un ejercicio de optimismo.

«¿Y cómo es la muerte?», le pregunto para romper el silencio y enseguida me parece una estupidez, como si le hubiera preguntado a qué sabe la muerte o algo así. Por un momento creo que Salinger me va a contestar que la muerte sabe a fresa, pero no llega a pasar. Tan sólo me recita unos versos enigmáticos: «la vida pasa lenta / como un petrolero / e igual de absurda». «Qué bonito», digo, pero por decir algo, que a saber a qué se refería con eso. «No es mío, se lo he escuchado a Ezra Pound esta mañana», responde, y señala con el dedo a otro banco, donde están sentados Pound y E. E. Cummings. Se me ocurre entonces que quizá la muerte para los escritores anglosajones es un parque, un parque en medio del infierno, pero no le digo nada a Salinger, que se levanta para jugar a la petanca con William Burroughs, Norman Mailer y Samuel Beckett.

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La cadena

26.Enero.2010 - 19:14

Dice Richard Dawkins que si estamos aquí es porque somos increíblemente afortunados, pues formamos parte de una larga cadena ininterrumpida de seres humanos que han logrado reproducirse. Voy pensando esto en el autobús, junto a otros seres humanos que son eslabones de otras cadenas. Yo, que no me he peinado hoy antes de salir de casa, soy un milagro de la vida, un ser improbable que desciende de humanos que han conseguido siempre transmitir su código genético. Da que pensar. Da vértigo, incluso, así que le pido a una señora que se levante y me ceda el asiento. La señora me mira con sumo disgusto y dice que ya no se respeta nada. Puede que no, pienso yo, pero tenga en cuenta que me flaquean las piernas por lo afortunado que soy de estar aquí de pie. Yo soy y otros no son. Lo que no es, no es. Lo que es, no puede no ser. Y viceversa. Pero no le hablo de estas cuestiones metafísicas a la señora, claro. Sólo le robo el asiento, lo que también me parece un triunfo biológico.

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Nuestro gran líder

20.Enero.2010 - 19:14

Nuestro gran líder, loor a su persona inmortal, nació en una familia humilde, pero que ya nunca careció de nada, pues nuestro gran líder se encargó de proveer. Nuestro gran líder aprendió a hablar al mes de nacer y a los dos meses lucía ya su insigne bigote, gloria de la patria, que a tantas victorias nos ha dirigido. Con cinco años, nuestro gran líder comandaba las primeras revoluciones que nos liberaron de yugos externos e internos. Nuestro gran líder hace que las cosechas crezcan gracias a la luz de sus ojos en nuestros campos. Nuestro gran líder mide tres metros, detalle que se aprecia mejor en fotos y cuadros que en público. Nuestro gran líder murió hace veinte años, pero sigue dirigiendo la nación con su firmeza característica.

El perfecto anfitrión

17.Enero.2010 - 19:44

Así que la muerte se ha instalado en la ciudad, en el hotel Excelsior, donde cada noche celebra una cena de gala a la que son invitadas las más altas personalidades, que acuden con el temor marcado en el rostro. «Qué hacer», se preguntó el señor embajador de Alemania antes de presentarse por primera vez, «enemistarse con la muerte no es la decisión más inteligente que se puede tomar en esta vida, pero compartir con ella cocochas parece también arriesgado». Sin embargo, los comensales reconocen que el trato es exquisito, que la muerte es un tipo encantador que trata a sus invitados con el donaire y cortesía que merece gente de tan alto copete. Siempre tiene palabras amables para todos: galanterías para las damas, parabienes para los caballeros.

2010

4.Enero.2010 - 0:57

—Nos vamos haciendo viejos, ¿no te parece?

—Serás tú, yo sigo lleno de indolencia juvenil.

—Empieza a ser indolencia senil.

—No seas tonto, la edad es un estado de ánimo.

—¿Y los achaques?

—No existen: es el cuerpo, que trata de engañarnos. Y no vamos a dejar que el cuerpo venza a la mente. Sería poco intelectual.

—Visto así…

—Además, piensa en las ventajas del paso del tiempo. Según Regreso al futuro II, ya sólo faltan cinco años para que haya monopatines voladores.

—Ni siquiera sé montar en un monopatín convencional.

—Pues tienes cinco años por delante para aprender. Date prisa, no querrás decepcionar al futuro cuando éste por fin llegue, ¿no?