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Todos los fetos van al cielo

24.Octubre.2009

Setenta millones de españoles se manifestaron el sábado pasado por las calles de Madrid en protesta contra la política del Gobierno, pues consideran que es lesiva para los derechos de los fetos. Un hombre con bigote que se manifestaba a voz en grito me confió, aunque esto a sotto voce, que era una vergüenza la situación de los fetos en el sur, obligados a trabajar los campos de algodón. «¿Hasta cuándo va a durar la esclavitud de fetos y cigotos?», me preguntó enarbolando una pancarta que proclamaba que los no nacidos serán los primeros en resucitar cuando llegue el Juicio Final y que se abrirán camino por la vagina de sus madres abortivas hasta volver al útero del que nunca debieron salir.

Yo asistí a todo esto con la impasibilidad del que no tiene interés en el asunto. No obstante, pregunté a una monja que hacía vudú a un muñeco de Zapatero qué sentido tenía todo esto. Aduje que los fetos tenían que ir al cielo, puesto que ni siquiera llegaban a nacer, así que carecían del pecado original. Además, se ahorraban pisar este valle de lágrimas, por lo que se les podía considerar afortunados, sin duda. Ella me respondió que no, que ésta es otra de esas contradicciones que tiene el cristianismo, y son muchas. «Si no te bautizan, vas al limbo», arguyó. «¿Pero no habíamos quedado en que el limbo ya no existía?», pregunté. «Esa es otra de las contradicciones, sí», dijo ella; «no existe, pero existe». Yo no quise meterme en una discusión metafísica sobre la imposibilidad de que la existencia y la inexistencia sean simultáneas, así que contraataqué explicando que eso de que los fetos fueran al limbo era culpa de Dios, que hacía las normas, no de quien decidía abortar. Al fin y al cabo, ¿qué culpa tenían los fetos? «Dios es severo, pero justo», contestó la monja, «y Zapatero es Satanás entre los hombres». Dicho esto, le clavó un alfiler en la entrepierna al muñeco del presidente.

«Quieren exterminar a los bebés en campos de exterminio», anunció de pronto una mujer de mediana edad. «Oiga, señora», le dije yo, «un bebé es, por definición de la RAE, un niño de pecho, y tengo que admitir que todavía no he visto que se amamante a fetos». La mujer contestó que la RAE era atea e inmoral y luego me echó agua bendita en los ojos. Después intentó convencerme de que todos celebramos mal nuestros cumpleaños y que debíamos sumar nueve meses a nuestra edad, pues la vida empieza en el momento de la concepción. «Yo ya no celebro mi cumpleaños en diciembre, que es cuando nací, sino en marzo, que es cuando mi padre preñó a mi madre», concluyó.

Y con esta reflexión romántica en los oídos, huí despavorido.

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