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Anotaciones etiquetadas con ‘cuentos’

Amélie en el infierno

15.Marzo.2010

Abre los ojos Amélie y no ve más que un paisaje infernal. ¿Qué ha pasado, cómo he llegado aquí?, se pregunta con candidez. Y de pronto lo recuerda: metió la mano en las lentejas, pero no cuando estaban en un saco, como siempre, sino que esta vez quiso probar cuando estaban en la olla, al fuego. Craso error, pues sufrió quemaduras de tercer grado en la mano. Recuerda que acudió al hospital, donde le dieron vitaminas y la vacuna contra la gripe A (puesto que les sobraba), y que falleció finalmente al infectarse la herida. Qué muerte tan poco bonita, piensa.

Echa a andar Amélie por el infierno hasta que llega al Estigia, donde un huesudo Caronte, sentado en su barca, la mira con gesto hostil.

—Al pasar la barca, me dijo el barquero: las niñas bonitas no pagan dinero —canturrea la ingenua francesita.

—Sería otro barquero —responde Caronte, que extiende la mano.

Amélie mira en su bolso, pero sólo lleva canicas y confeti, bagatelas que pocas veces son consideradas dinero de curso legal. Y menos en el infierno. Finalmente, después de mucho regatear, se desprende de los pendientes y de la ropa interior, pues el anciano Caronte está hecho un viejo verde.

Navegan en silencio por el río de los muertos. Se detienen en un embarcadero y Caronte le indica que siga siempre el camino de baldosas negras. Amélie camina, pues no hay más opciones. Al rato, se topa con Saddam Hussein, que pide limosna al borde del camino. Amélie le da una canica. Saddam protesta agriamente, así que ella le arroja algo de confeti a la barba. Esto confunde al viejo dictador.

—Yo no tendría que estar aquí —gimotea al fin.

—¿No tuviste un juicio justo? —pregunta ella.

—Si maté a todos esos kurdos fue por error. Yo pensaba que ellos querían ser asesinados. ¿Quién podía imaginar lo contrario?

—No seas tan duro contigo, ya no puedes arreglarlo. Sé positivo.

—¿Positivo? ¿Condenado al infierno eternamente?

—Piensa en todo el tiempo libre que tienes ahora. ¿No tienes algún hobby?

—Bueno, me gusta pescar.

—Seguro que el Estigia está lleno de peces.

—No creo. De peces muertos, en todo caso.

—Mejor, así no los tienes que matar después de pescarlos —dice ella con una gran sonrisa.

—Eres una chica muy rara —contesta él.

Por qué te dije que no volvieras

21.Febrero.2010

Soñé que aún estaba vivo y era domingo y llovía. Soñé que llevaba diez años casado con la misma mujer. Soñé que había vuelto a un lugar donde fui feliz, pero ya no había sitio para mí. O yo era otro, ya no aquel. En cualquier caso, me marché y dejé la puerta abierta para que alguien pudiera ocupar mi lugar.

Soñé que luego estaba en una cafetería con otra mujer, a la que decía que su cuerpo le sentaba muy bien al alma. Soñé que ella se reía y me contestaba que siempre igual, siempre igual, que cuándo iba a cambiar. Soñé que no supe qué decir.

Soñé que la vida volvía a empezar, de pronto, suavemente, como si no pudiera ser de otra manera.

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Una pertinaz tristeza

5.Febrero.2010

En el tren escucho a una mujer preguntándole a su hijo: «¿te ha gustado el médico?». «No», responde el niño en un ejercicio de sinceridad infantil. Qué bien le entiendo, pienso yo. El médico, al fin y al cabo, es un extraño que invade nuestra intimidad y que finalmente nos dice algo que no sabemos de nosotros mismos. Nos revela lo oculto, como un vidente, pero pocas veces será una predicción como «conocerá a una misteriosa morena con la que vivirá una bonita historia de amor», sino que suele parecerse más a «se embarcará en un negocio ruinoso y acabará en la calle». El médico nos juzga y luego nos absuelve o nos condena. Quizá yo por eso a veces trato de engañar al mío para que dictamine que tengo buena salud, como si bastara que él lo diga para que sea verdad.

Pensando en todo esto, se me ocurre una historia de un hombre que llega a la consulta de su médico aquejado de una pertinaz tristeza. El doctor le examina y le explica que poco se puede hacer, pues se trata de una condición crónica con la que tiene que aprender a vivir. El hombre suplica, explica su buena conducta (sus buenos hábitos) y le ruega al doctor que no sea tan duro con su diagnosis y que le reduzca la condena. Pero el médico contesta: «no puede ser, siga los cauces habituales, presente su apelación a la enfermera».

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Para Jerome, con amor y sordidez

1.Febrero.2010

«Escribir es estar muerto, pero disimulando», me dice Salinger en un parque. Yo disimulo, aunque creo que no estoy muerto, pero sí escribiendo esto mentalmente. Como parece que espera una respuesta por mi parte, finalmente digo que escribir en España puede ser llorar, morir o beber, según se le pregunte a Larra, Cernuda o Leopoldo María Panero. Salinger se encoge de hombros, que no sé si es una manera de decirme que no le interesa o bien que no sabe qué decir. Me decanto por lo segundo, en un ejercicio de optimismo.

«¿Y cómo es la muerte?», le pregunto para romper el silencio y enseguida me parece una estupidez, como si le hubiera preguntado a qué sabe la muerte o algo así. Por un momento creo que Salinger me va a contestar que la muerte sabe a fresa, pero no llega a pasar. Tan sólo me recita unos versos enigmáticos: «la vida pasa lenta / como un petrolero / e igual de absurda». «Qué bonito», digo, pero por decir algo, que a saber a qué se refería con eso. «No es mío, se lo he escuchado a Ezra Pound esta mañana», responde, y señala con el dedo a otro banco, donde están sentados Pound y E. E. Cummings. Se me ocurre entonces que quizá la muerte para los escritores anglosajones es un parque, un parque en medio del infierno, pero no le digo nada a Salinger, que se levanta para jugar a la petanca con William Burroughs, Norman Mailer y Samuel Beckett.

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Nuestro gran líder

20.Enero.2010

Nuestro gran líder, loor a su persona inmortal, nació en una familia humilde, pero que ya nunca careció de nada, pues nuestro gran líder se encargó de proveer. Nuestro gran líder aprendió a hablar al mes de nacer y a los dos meses lucía ya su insigne bigote, gloria de la patria, que a tantas victorias nos ha dirigido. Con cinco años, nuestro gran líder comandaba las primeras revoluciones que nos liberaron de yugos externos e internos. Nuestro gran líder hace que las cosechas crezcan gracias a la luz de sus ojos en nuestros campos. Nuestro gran líder mide tres metros, detalle que se aprecia mejor en fotos y cuadros que en público. Nuestro gran líder murió hace veinte años, pero sigue dirigiendo la nación con su firmeza característica.

El perfecto anfitrión

17.Enero.2010

Así que la muerte se ha instalado en la ciudad, en el hotel Excelsior, donde cada noche celebra una cena de gala a la que son invitadas las más altas personalidades, que acuden con el temor marcado en el rostro. «Qué hacer», se preguntó el señor embajador de Alemania antes de presentarse por primera vez, «enemistarse con la muerte no es la decisión más inteligente que se puede tomar en esta vida, pero compartir con ella cocochas parece también arriesgado». Sin embargo, los comensales reconocen que el trato es exquisito, que la muerte es un tipo encantador que trata a sus invitados con el donaire y cortesía que merece gente de tan alto copete. Siempre tiene palabras amables para todos: galanterías para las damas, parabienes para los caballeros.

El acorazado del emperador

26.Diciembre.2009

Su Alteza Serenísima, el príncipe Helmut IV, creía estar destinado a grandes empresas, no en vano era pariente de la recientemente fallecida Reina Victoria, la que fuera monarca de la potencia más grande de la Tierra. Claro que, para desgracia del príncipe Helmut, él no gobernaba ninguna potencia, sino un pequeño país centroeuropeo enclavado entre las montañas: Silvonia. Por otra parte, su parentesco con la Reina Victoria era bastante lejano, pues era sobrino de una prima segunda (o tercera, no estaba claro) de aquella. Nada de esto desanimaba al joven príncipe, que era un firme voluntarista y que al subir al trono se había prometido a sí mismo que cambiaría el estado de las cosas durante su reinado.

Lo primero que hizo fue convocar a palacio al viejo canciller, Telhefunken, para comunicarle que el principado se convertía en imperio de forma inmediata. Telhefunken se alarmó al escuchar esto y arguyó que difícilmente podía ser Silvonia un imperio cuando su extensión era tan reducida. Helmut contraatacó afirmando que la grandeza de una nación no se mide por su extensión territorial, sino por el carácter de sus gentes y, sobre todo, el de sus gobernantes. Silvonia debía ser un imperio o bien no ser en absoluto, concluyó el príncipe, y el viejo Telhefunken tuvo que claudicar y disponerlo todo de manera que, al cabo de una semana, se proclamó el nuevo Imperio de Silvonia.

El pueblo aceptó de buen grado el nuevo estatus de la nación cuando se confirmó que pasar a ser un imperio no acarreaba una subida de impuestos. Las potencias europeas no reaccionaron con hostilidad como temía Telhefunken, sino más bien con indisimulada chufla. «Si Silvonia quiere ser un imperio, que lo sea; ahora pasemos a asuntos serios», parecía ser la actitud general. Un importante periódico de Londres afirmó que Silvonia era, junto a Liliput y el país de Oz, una de las mayores amenazas para la estabilidad mundial.

Nada de esto pasó desapercibido para Su Alteza Serenísima, el emperador Helmut, que hervía de rabia e indignación. Cómo hacer que le tomaran en serio, se preguntaba. Cómo hacer que Silvonia y su emperador ocuparan el lugar que merecían en el mundo.

La respuesta se la dio la Conferencia Naval que se celebró en Londres en 1908. El carácter de una nación no se puede pesar en una balanza ni medir con un metro, entendió; se necesita algo mensurable: una marina de guerra poderosa. El peso de una nación se mide concretamente con los acorazados, explicó al atribulado Telhefunken antes de enviarlo a Londres con la tarea de notificar al mundo que Silvonia se disponía a construir su primer acorazado. Esta idea fue acogida con gran jolgorio en la Conferencia Naval, pues no deja de ser bastante hilarante que una nación sin acceso al mar se dedique a tener una marina de guerra. Por tanto, nadie se opuso a la estrafalaria intención del emperador de Silvonia, a la que se le concedió permiso para construir un acorazado de cuantas toneladas quisiera.

La nación se puso enseguida manos a la obra, aunque no sin algunas protestas, pues la construcción del acorazado sí acarreaba una subida de impuestos considerable para poder costearlo. Pero de inmediato se presentó la cuestión que tan divertida había parecido en Londres: dónde ubicar el acorazado. Silvonia no tenía costa y parecía ridículo que el buque quedara fondeado en las aguas territoriales de algún país vecino. El emperador no se amilanó ante esto y declaró que la solución era muy sencilla: el río. «Pero el río no tiene caudal suficiente», adujeron los ingenieros navales contratados para la empresa. «Pues lo ampliaremos», contestó sencillamente Helmut. La voluntad del emperador se impuso de nuevo y las excavadoras no tardaron en comenzar a trabajar en el cauce del río, importándose también del extranjero, de forma continuada, cantidades ingentes de agua para llenarlo como era debido, convirtiéndose así el río prácticamente en un canal artificial.

Finalmente, después de tres años de arduos trabajos, se concluyeron el entrenamiento de la marinería, el acondicionamiento del río y la construcción del acorazado. Para su botadura solemne, fueron invitados periodistas y estadistas de toda Europa, que llegaron a Silvonia atónitos y expectantes a partes iguales. Helmut presidía la ceremonia ataviado con su uniforme de Gran Almirante, el primero de la historia gloriosa de Silvonia. Anunció al mundo que éste era sólo el primer paso hacia un nuevo orden europeo y mundial y que por fin Silvonia estaba en situación de reclamar el puesto que por derecho merecía entre las potencias. Tronaron entonces los poderosos cañones del monstruo metálico en una salva que aplaudió el pueblo de Silvonia, al que el emperador se dirigió directamente para terminar su discurso: «Aquí, delante de esta maravilla de la ingeniería y con el mundo entero de testigo, os prometo, súbditos míos, que jamás un ejército enemigo podrá desembarcar en nuestro país».

El futuro

14.Diciembre.2009

Yo no veo el futuro, no soy vidente —dice el hombre—; tampoco lo leo, pero un vecino mío sí lo hacía: leía el futuro en las novelas de Emilio Salgari. Yo, caballero, soy oyente, oigo el futuro en los pasos de la gente. En el andar de una persona está escrito su porvenir. O grabado, más bien; es como sentarse a escuchar un disco. También puedo oírlo en las estrellas, pero me cuesta más, el sonido me llega desde muy lejos. Es como una radio con el volumen muy bajo. Aunque lo cierto es que es muy bonito dormirse arrobado por el sonido tenue de todos esos futuros aún por vivir.

La libertad

27.Noviembre.2009

La Multinacional demandó al pequeño estado porque las leyes de éste impedían el capitalismo salvaje. «Se vulneran los derechos como persona jurídica de mi cliente», alegó el abogado de la Multinacional en el juicio. El presidente del pequeño estado contestó que era el parlamento quien decidía las leyes, no las multinacionales. «¿Ha oído, señoría?», preguntó el abogado de la Multinacional, «¡se legisla en contra de las minorías!». Luego añadió que a su cliente se le discriminaba por su poderío económico, lo que era claramente una práctica estalinista. El presidente respondió que la legislación era justa e igualitaria. «Mentira», gritó el abogado, «¿qué pasa con los derechos humanos básicos de mi cliente? Derecho al despido libre, derecho a la objeción de conciencia en lo referente a las medidas de seguridad en el trabajo, derecho a alargar la jornada laboral de forma indefinida. El estado se muestra intolerante ante todo esto e insiste en imponer sus ideas sectarias, cuando mi cliente sólo quiere que se respete la libertad empresarial».

As time goes by

21.Noviembre.2009

Aquella mañana era 1965 en Guildford, Inglaterra, así como en el resto del planeta, pero el físico William Brown tenía una opinión distinta. ¿Y si no?, se preguntaba mientras se llevaba otra cucharada de cereales con leche a la boca. ¿Y si estos cereales existen también en otros planos espaciotemporales? ¿Y si ahora mismo están en la boca de otro hombre, en otra época?

Llamó a su ex mujer para consultarle estos pensamientos revolucionarios, pero nadie contestó el teléfono. ¿Y si no está en casa porque se encuentra en otro plano espaciotemporal donde las leyes morales son otras?, se preguntó.

¿Y si la gente sale y entra en los distintos universos sin que nadie se dé cuenta?, se planteó mientras paseaba al perro por el parque. Podría ser que ese niño que juega con la cometa se interne dentro de cinco minutos en otro universo y nunca más aparezca en este en el que vivo yo. ¿Adónde va la gente que no volvemos a ver nunca más? Todos esos extraños con los que nos cruzamos inadvertidamente en la calle. Esa gente que nos presentan una noche en un bar y cuyo nombre olvidamos a los cinco minutos. ¿Y si son espías de universos malignos a los que informan de todos nuestros movimientos? Quintacolumnistas de universos paralelos. ¿Y si las desapariciones que se denuncian a la policía tienen una explicación más siniestra? ¿Y si se tratan de traidores que se han pasado al enemigo? O quizá son personas inocentes que han sido secuestradas por los paralelos.

¿Y si los paralelos observan mi sueño?, se preguntó una noche en la que no lograba dormirse. ¿Y si las ventanas de las casas de algún universo dan a mi dormitorio? ¿Y si me asomo al armario y de pronto veo el mismo horizonte que ellos? ¿Y si leen mis pensamientos con la misma claridad con que yo los enuncio? Quizá los publican en sus periódicos, en primera plana.