Discursos en la izquierda (ante el 1º de Mayo)
Hay muchas reformas más urgentes que la del mercado de trabajo”, dijeron ayer los dirigentes sindicales. Es sindicalismo pero, tambien, política en estado puro, es decir la concrección de unos objetivos sociales posibles, la definición de prioridades en los problemas. Esa es la clave: insistir en la reforma financiera y empresarial como objetivos alternativos y centrales para avanzar y combatir la crisis. A ese discurso que hay que concretar se deberían sumar todas las izquierdas.
¿Cuál es hoy el problema principal de nuestra sociedades? ¿Cuáles son las fuerzas sociales, las minorías, que concentran los beneficios y están organizadas para defenderse de cualquier impulso de control democrático? ¿Es el momento de articular un discurso anticapitalista? Los que se inclinan por el SÍ, deberían contestar algunas preguntas más: ¿En que debe sustentarse hoy un discurso anticapitalista para resultar eficaz? ¿Cuál es la faceta del capitalismo que interesa combatir? Y los que se inclinan por el NO deberían tambien repensar y afinar su respuesta: ¿Es posible articular hoy un discurso de izquierda sin identificar en elementos esenciales del capitalismo actual el origen de la crisis que padecemos? ¿Es posible limitarse solo a políticas distributivas para corregir la crisis? ¿No son las regulaciones financieras nunca abordadas parte de una auténtica revolución democrática?
Toda la izquierda debe, por tanto, contestar a la cuestión esencial: ¿cómo identificar y aislar las fuerzas que son causa de los principales problemas del mundo? ¿Cuál es la linea divisoria que separa los caminos, cuántos aliados debemos acumular y dónde para desbancar del poder efectivo a los causantes de esta crisis?
Si la respuesta localiza esas causas en los espacios especulativos y financieros y en las minorías que se enriquecen con los mercados (esa fuerza a las que es conveniente “ponerle cara y ojos”) comerciando con el dolor y el sacrificio ajeno, habremos avanzada ya mucho. Porque la victoría es posible, es decir, los impulsos democraticos y de control son posibles, solo si las fuerzas sociales concentran allí sus objetivos, si la izquierda supera sus discursos sectarios y articula un programa mínimo factible en el que quepan las más amplias capas reformistas.
Entre el optimismo inutil de Zapatero, adobado en su incapacidad para elaborar un discurso de sintesis –por otra parte nada facil en la situación actual-, la inacción de la socialdemocracia tradicional europea, la esperanza razonada pero tantas veces ingenua de Obama o la resistencia esteril de tantas izquierdas, las fuerzas reformistas agotan sus fuerzas dispersas. Mientras, la rearticulación del discurso que culpabiliza a los ciudadanos y exculpa y sacraliza a los mercados, con apoyo financiero y neoliberal, recupera la iniciativa.
Sin embargo, muchos de los elementos del discurso necesario están ya aquí: los derechos sociales, la defensa de lo publico desde la eficacia social, nuevos impulsos al concepto de Estado de Bienestar, la asunción de la libertad económica y la transparencia del liberalismo progresista en contra de las élites opacas, la reclamación de los derechos individuales y de las minotrías propias del radicalismo, la necesidad de un crecimiento sostenible y en paz… son ya elementos identitarios y comunes del progreso. En mi opinión, falta solo el diseño de un nuevo ordenamiento del modelo productivo en el que el Trabajo recupere peso en las empresas, integrandolo en el capital y la gestión. Recuperar el debate sobre la coogestión y la nueva empresa será esencial si queremos articular una salida progresista de la crisis.
Es falso que la no reforma del mercado de trabajo este frenando la salida de la crisis. Como tambien lo es que el principal freno al nuevo modelo productivo descanse en las capacidades educativas de nuestros jóvenes. Justo ocurre lo contrario. El sistema productivo es experto en despreciar los nuevos y viejos saberes representados, respectivamente, por jovenes sobrecualificados perdidos entre becas enlazadas y adultos expertos marginados incluso antes que les ofrezcan las jubilaciones anticipadas.
No es una mayor cualificación del trabajo, no son más fuerzas productivas las que se necesitan para construir un nuevo modelo productivo. Quizás ese diagnóstico valga para los países emergentes pero no para la Vieja Europa. Aquí lo que se necesita son nuevas relaciones sociales, nuevas formas democráticas para que los trabajadores participen de los riesgos y las ventajas de la competitividad colectiva. Es una reforma del concepto de empresa lo que se necesita. De lo contrario, los trabajadores europeos, sean manuales o intelectuales, colocados objetivamente a la defensiva entre las fuerzas globalizadas, sufrirán el declinar de sus derechos.
Zapatero merece críticas, sin duda, pero no son más de izquierda los que más critican a Zapatero. NI los que reclaman la huelga general en linea con los deseos de la derecha conservadora. De sectarios es no reconocer que este gobierno ha resistido hasta ahora los embates del discurso demoledor de la derecha y se ha mantenido firme en la defensa de los derechos sociales. Es la falta de un discurso estratégico, común a toda la izquierda, y la terrible pinza entre el paro y el dficit público, la que le lleva a perderse en movimientos tácticos. El riesgo está claro: ese no saber que hacer y la intensidad de la crisis le puede llevar a hacer el trabajo sucio a la derecha y “los mercados”. Ese riesgo es común a los países con gobiernos de izquierda, no es solo España. Pareciera que los mercados han puesto el foco en todos ellos: Grecia, Portugal, Inglaterra, España. En el lado opuesto, Berlusconi, sin ninguna credibilidad y con una deuda que duplica en términos relativos a la española parece no merecer ataques. Tampoco Irlanda, capaz de hacer un ajuste durísismo bajando el sueldo a los funcionarios un 15% mientras mantiene el tipo del impuesto de sociedades en el 12,5%, una tercera parte que en Europa.
El riesgo es tremendo: si es la izquierda la que se quema en las políticas más duras sin encontrar una salida posible y adecuada, no se recuperará en muchas décadas. Pero esa salida posible y adecuada no se conseguirá negando las dificultades y actuando contra los gobiernos de izquierda.
A veces se dice que las palabras se las lleva el viento. Error: son las palabras vacías o los discursos inapropiados por sectarios o timoratos las que vuelan incapaces de germinar en la tierra. Es el momento de concluir un discurso común o, al menos, las bases mínimas para un discurso reformista común.
En eso consiste la confianza: en articular un discurso político que no solo se entienda sino que oriente y de salidas reales a las angustias de la gente. Tambien en economía y no precisamente porque lo requieran los mercados, sino porque lo necesitan los ciudadanos.







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