NOTICIAS DE ÚLTIMA HORA | OTRAS VOCES

Homeofábula para la huelga

29.septiembre.2010 - 4:30

(Entrada programada ayer.)

Hace un par de fines de semana estaba tomando unas cervezas con los amigos y discutíamos sobre homeopatía. Bueno, en realidad yo discutía y los demás deseaban que me callara de una vez y dejase de dar la brasa. De no ser así, probablemente no recurriría a los blogs, que no se desesperan conmigo. En todo caso, me acojonó un poco lo fácil que resulta para personas inteligentes –me consta– tragarse patrañas como esas y, siendo el adorable neurótico obsesivo que soy, no paré hasta dar con los posibles motivos.

Creo que la principal razón es el desinterés. De hecho, no existe más explicación que esa. Sencillamente, poca gente se ha molestado en investigar la homeopatía mínimamente a fondo, ni siquiera consultando Wikipedia. Como resultado directo, una buena proporción de personas defiende una opinión basada en lo que decían el otro día en el bar, que tiende a ser que esa supuesta panacea, esa memoria del agua aplicada, tuvo efectos milagrosos en el conocido de un conocido.

Después, una vez se planta cara a esa fe desganada en el agüita del grifo a 20 euros, los argumentos empiezan a diversificarse. Uno de los que siempre me llama más la atención es el siguiente: «Como las empresas farmacéuticas quieren seguir haciendo su agosto, intentan hundir la reputación de todas las medicinas alternativas.» Me intriga por el sencillo motivo de que no es un argumento en absoluto. Lo que opinen las farmacéuticas sobre la homeopatía (o lo que opine yo, ya puestos) tiene relevancia cero a la hora de determinar si es efectiva o no. Pero, como salta a la vista que las compañías farmacéuticas son de alineamiento lawful evil, esa pizca de verosimilitud parece impregnar todo el argumento y lleva a dar por buena una falacia lógica, un peligroso «el enemigo de quien me cae mal es mi amigo» de espada y brujería que, a poco que se piense (guiño, guiño, codazo, codazo), nunca ha sido necesariamente cierto y tantos problemas trae.

A medida que se va descarnando esa extraña confianza general en la homeopatía, resulta que al fin y al cabo no es tan extraña. Si una pseudociencia tan ridícula lleva en boga dos siglos largos es porque se apoya en una característica básica del ser humano que, como otras muchas, no estamos educados para administrar: la esperanza. «Bueno, aunque el frasquito de marras no sirva de nada, tampoco será malo si está así de diluido, ¿verdad?» «Quién sabe, se pierde poco por intentarlo y, a lo mejor, ese efecto placebo me hace bien aunque sepa que, en esencia, estoy siendo víctima de una estafa.» Y ahí es justamente donde veo el meollo del asunto. En que, demasiadas veces, nos contentamos con tragarnos el efecto placebo. Y nos estafan.
 

Manu Viciano , , ,

El eufesomismo

7.septiembre.2010 - 4:00

Una tesis doctoral de Manu para celebrar la llegada de septiembre.

Sinopsis:
Llano y claro, estamos en situación de alerta lingüística, en pleno DEFCON 1 semántico. Los eufemismos están corroyendo el lenguaje ordinario como termitas, y su ataque está siendo coordinado a escala global. La invasión es contrarrestable utilizando sin tregua el contrario absoluto de un eufemismo, figura a la que he denominado «eufesomismo». Como corolario a lo anterior, el heavy metal es lo máximo.

1. Robar calzoncillos:
Hace un par de fines de semana estuve viendo a los Barón Rojo en el Auditorio Marina Sur de Valencia. O al menos, ahí decía la entrada que iba a ser el concierto. El supuesto auditorio, que lleva todo el verano con música en cartel, forma parte de las instalaciones con que las autoridades reivindican, aparte de invocar un vaporoso «beneficio para la ciudad», la millonada que invirtieron y siguen invirtiendo en el circuito urbano de Fórmula 1. La palabra auditorio, en este caso, se ha revelado empíricamente como eufemismo, ya que al parecer significa «descampado con escenario barato, barra y policlines».

Auditorio Marina Sur

 
Al menos en la Comunidad Valenciana, no se trata de un caso aislado. A la necesidad de disimular los diversos atropellos institucionales se suma esa inclinación tan valensí a barrer las miserias bajo la alfombra, a decir que esta paella la pago yo aunque deba tanto dinero que no me llegue ni para el arroz. Por ejemplo, las privatizaciones parciales de servicios públicos se consideran «mejoras en el sistema de gestión» desde los tiempos de Zaplana en el Palau. Las obras en el puerto para la importantísima Copa América de vela eran una «inversión de futuro». Y los argumentos con que se ha estado defendiendo el propio circuito de carreras urbano (ver fotografía más arriba) son materia para otra tesis entera.

2. …:
En todos los hornos cuecen habas, claro. Valencia no es un caso tan aparte, por muy convencidos que estén sus habitantes de lo contrario. Los eufemismos están a la orden del día en todos los ámbitos, en parte como resaca de la tromba de corrección política que sufrimos hace unos años. Sin embargo, igual que llamar auditorio a un párking (o guapa a una alcaldesa) se queda en anécdota, arrebatar su significado a conceptos clave del bienestar social puede resultar catastrófico.

El domingo encontré en el periódico, escondida en un recuadrito al final de la sección de economía, la siguiente noticia: «El FMI recomienda a España recortar la protección de los contratos indefinidos». Al parecer, dejar las prestaciones sociales todavía más al mínimo serviría para que el 13,5% de trabajadores temporales pasaran a indefinidos. Me lo creo a pies juntillas, sobre todo porque una medida como esa se llevaría por delante la misma definición de «indefinido», que ahora mismo ya está cogida con pinzas como «sin un límite establecido de duración». Si la última reforma laboral carcomió buena parte del significado, la desprotección que propone el FMI lo convertirá, de hecho, en un eufemismo. Porque esencialmente, se tratará de un contrato válido hasta que al empresario se le crucen los cables. Es lo mismo que ocurre cuando el gobierno se plantea capar las pensiones del futuro y lo llama «garantizar el fondo de prestaciones»: se destruye la política social a hurtadillas, pero dejando los nombres vacíos en su sitio, convirtiéndolos en eufemismos.

3. Beneficios.
Ante esa perspectiva, queda claro que una forma efectiva de contrarrestar el proceso sería recurrir en masa al eufesomismo. Un eufesomismo es la antipartícula del eufemismo, y consiste en emplear la forma más vulgar y ofensiva posible para describir la realidad. El auditorio de la Marina Alta, por ejemplo, sería «ese puto descampado de mierda con bebida cara que han montado en el circuito de los cojones». Únicamente el empleo cotidiano y reiterado de eufesomismos puede restaurar el equilibrio léxico. O se defiende lo poco que queda de la palabra «indefinido» llamando a la reforma laboral «bajada de pantalones donde la vaselina la pagamos nosotros» o, cuando acaben con ella, las termitas saltarán a la palabra «contrato». En caso de permitir que siga el proceso, a la larga se infectará el lenguaje entero y la humanidad terminará de quedar reducida a una horda de primates chillones.

El día siguiente al concierto de Barón Rojo, en el recinto de la Marina Sur tocaban los Iron Maiden. 65 pavos, tronco. La gente descubrió al llegar en qué consistía el auditorio, pero a ningún heavy se le caen los anillos por hacer cuernos a la intemperie. Sin embargo, el sonido deficiente, el escenario bajo y pequeño y la mala organización general provocaban que haber escrito «auditorio» en las entradas sonase a recochineo. Hubo protestas. La gente recurrió a los eufesomismos. Se oyó hablar de estafa, hormigón y zurullo. Los medios locales se hicieron cierto eco durante la semana siguiente. Y hoy, en la calle, he visto el cartel con que la organización y la propia Marina Real anunciaban el próximo concierto de Ska-P:

Explanada Marina Sur

 
Explanada. Todavía no llega a párking reciclado, pero al menos se va acercando a la realidad. Resulta evidente que llamar «jodido mojón» al recinto de los conciertos ha compensado que lo llamaran «auditorio» y ha ayudado a alcanzar un equilibrio. La conclusión de esta tesis es que los eufemismos son vulnerables a un ataque consistente en adoptar el espíritu del heavy metal, crear contrapeso empleando los eufesomismos en nuestra conversación diaria y llamar siempre a la mierda, boñiga apestosa y al calimocho, elixir de dioses. QED.

Nota para universidades: Sírvanse enviar sus títulos de doctorado con mi nombre a la dirección social de Nueva Tribuna. Muchas gracias.

Manu Viciano , ,

Gritos en el bar

23.junio.2010 - 10:32

Me resistí tanto como pude, tanto como cada noche. Rondé la puerta del bar como alma en pena, esperando por si algún milagro me presentaba una alternativa que no diera con mis viejos huesos en un taburete junto a la barra. Pero nunca había terminado de creer en los milagros, y el único que había presenciado en toda la vida me jodió bien jodido. Igual que cada día, decidí que no tenía sentido seguir sufriendo allí fuera y entré.

En el bar

 
El rumor de las conversaciones solamente se apagó un poco mientras los parroquianos me identificaban –ah, vale, el mendigo callado de siempre– y algunos de ellos cambiaban el ángulo de sus sillas para dificultarme el contacto visual. Al instante regresó el familiar zumbido, la vibración tensa de una masa esperando a que el televisor diera inicio a la liturgia que los había llevado al bar aquella noche. Mientras me sentaba en mi taburete, entresaqué palabras familiares de las conversaciones (índice, PIB, inflación) e hice una mueca de disgusto al oírlas en boca de aquellos palurdos. El camarero vio mi expresión, alzó una ceja y tuve que tranquilizarlo levantando una mano: no tenía intención de armar bronca. Aproveché que se había fijado en mí para pedirle una cerveza y el hombre me la puso. Sabía que, aunque no iba a ser yo, alguien terminaría pagándola.

Mi enfado, ya casi enfermedad crónica a estas alturas, se debía a que yo antes era economista. Me movía como tiburón en el acuario entre stock options, predicciones de mercado, catástrofes bursátiles y burbujas sectoriales. Era un viejo dinosaurio, el rey de un tiempo en que los índices arbitrarios condicionaban la economía real, y no al revés. Yo era broker, asesor de varios fondos de inversión, gestor con traje negro y gafas oscuras, en todos los grandes círculos de poder conocido, de uno al otro confín.

Y un buen día, sin más, sucedió lo que yo suelo llamar «el milagro» mientras pongo cara de asco. Aquella panda de tarados y otras muchas pandas de tarados iguales empezaron a interesarse por los grandes movimientos de capital. Al principio sus esfuerzos por comprender lo que estaba diseñado para ser incomprensible nos hicieron gracia, pero pronto nos dimos cuenta de que habíamos subestimado a las hordas de los bares. En menos que canta un gallo, la opinión de aquella masa de aficionados saltó a la prensa. Empezaron a brotar nuevos periódicos de economía que reflejaban las sandeces que berreaban, y pensábamos que todos los compraban por la chica semidesnuda que salía en la última página sosteniendo un fajo de bonos al portador. Pero –oh, puta ironía– el sistema que habíamos construido a propósito para que dependiera en tanta medida de factores subjetivos, de la confianza, las predicciones y los rumores, se volvió contra nosotros. De pronto estaban apartándonos del poder que era nuestro por derecho y por herencia, dejándonos sin joyas para nuestras queridas y sin caldo para nuestros Ferraris. Idiotas como aquellos, gente que se juntaba en los bares, hablaba a grito pelado y creía saber más que los profesionales del gremio, nos estaba arruinando.

Pedí otra cerveza, lamentando mi mala suerte de aquel verano. Como si no hubiera bastante con el curso económico que acaba en junio, cada cuatro años tenía lugar una reunión de líderes mundiales que aquellos botarates seguían a voz en grito por la caja tonta, estallando en cánticos cuando se aprobaba una resolución que favorecían y exigiendo el cese de los negociadores que no les gustaban o a quienes llamaban torpes sin más fundamento que el rechazo a alguna decisión que no les terminaba de convencer. Gruñí mi agradecimiento al camarero cuando me trajo el botellín. Lo peor de todo era que, al día siguiente, la prensa económica publicaría opiniones similares a las que ahora mismo escuchaba, mientras apuraba mi segunda cerveza de un trago. La misma Economía, que había sido mi único dios, servía ahora a los propósitos de chusma como la que me rodeaba.

Me levanté y, dando traspiés, dirigí mis pasos hacia la puerta del bar. Alguien pagó mis cervezas.

Manu Viciano , ,

Dibujando a Mahoma

20.mayo.2010 - 10:00

Éranse una vez dos tipos que, después de perpetrar la injustamente despreciada película BASEketball, crearon una serie de televisión más ácida que un limón en clorhídrico, protagonizada por cuatro niños mal dibujados y peor animados y ambientada en el pueblo que le da nombre, South Park. Los bienpensantes y meapilas yanquis se echaban las manos a la cabeza con cada nuevo episodio, porque Trey Parker y Matt Stone no tenían reparo alguno en atacar directamente a Barbra Streisand o a Tom Cruise, a Bill Clinton o al papa de Roma, a los cazadores o a los idiotas que van de molones por tener un Prius.

Y claro, tanta mala leche bien dirigida, tan públicamente, no podía pasar sin repercusiones. Los niños que llevaban camisetas de la serie no podían entrar en algunos colegios. Un personaje principal (Chef) abandonó South Park porque el programa se negó a respetar la cienciología. Después del 11-S les prohibieron emitir un capítulo donde aparecía Mahoma, pese a que ya había intervenido previamente en la serie. Pero Parker y Stone reaccionaron a esas rabietas de niño malcriado metiendo 162 veces la palabra «mierda» en 20 minutos de episodio, divulgando secretos de la dichosa cienciología y, en su reciente capítulo 200 (s14e05 para los entendidos), aprovechando para arremeter contra la memez de no poder dibujar a Mahoma.
 

Los Superamigos (con Mahoma censurado) en South Park

Los Superamigos: Buda, Jesucristo, Mahoma, Krishna, Lao-Tsé,
Joseph Shith y el poderoso Semen… esto, Sea Man.

Los capítulos 200 y 201 forman juntos el mejor episodio de autorreferencia que he visto jamás. Las grandes tramas de la serie (megaBarbura, el misterio del padre de Cartman, los malignos pelirrojos) se entremezclan con un argumento magistral, que resumo a continuación. Tom Cruise por fin ha descubierto cómo hacer que todo el mundo deje de reírse de él por seguir en el armario. Existe un personaje que tiene el poder más valioso de todos en el universo de South Park: evitar que se burlen de uno. Obviamente, ese personaje no es otro que Mahoma. Así que Cruise y sus compinches –buena parte de la gente que ha recibido leña durante catorce años– urden una compleja trama para robarle ese poder y usarlo ellos mismos para seguir haciendo el mal, o el gilipollas, o ambas cosas, impunemente.

En el episodio aparece Mahoma, aunque censurado como en la imagen de arriba o disfrazado de oso de peluche, más adelante. En la segunda parte hasta suena un pitido cada vez que alguien pronuncia el nombre del profeta, por si algún cerebro muy obtuso no había entendido la intención de todo aquello. Por lo visto lograron su objetivo y hasta los cerebros más obtusos del multiverso, los de los fundamentalistas, vieron claro que acababan de recibir un sopapo en toda la cara. Y reaccionaron con ese estilo tan fino y particular que tienen: amenazando de muerte a los creadores de la serie.
 

¡MegaBarbura Streisand!

¡MegaBarbura Streisand!

Así que alguien pensó que, si todo el mundo publicaba ilustraciones de Mahoma como protesta el mismo día, cualquier amenaza que hiciera cualquier subnormal sería poco realista. La propuesta se extendió y al final se desvincularon de ella tanto su creadora (bonito cartel, por cierto) como el que la había difundido en Facebook, pero llegado el momento del canguelo la idea tenía ya su propio impulso. Hoy mismo, 20 de mayo, el Día de que Todos Dibujen a Mahoma, será bonito ver cómo internet se llena con representaciones del profeta y, sobre todo, cómo unos cuantos mandriles se tiran de las barbas.

En mi otro blog ya les digo que aparecerá un intento de caricatura a media tarde.

Manu Viciano , , ,

Conspihistoria

12.mayo.2010 - 10:15

Cuando dicen que la historia la escriben los ganadores no se refieren solamente al pasado. La realidad donde vivimos no es otra cosa que la historia del presente, escrita por los observadores del tiempo t-0 que, al menos en teoría, somos nosotros. No tiene mucho sentido diferenciar tan claramente la actualidad de la historia, ni confinar una a los periódicos y otra a los libros de texto, o a los blogs y la wikipedia: la actualidad que nos imponemos unos a otros es el resultado directo, y continuo, de la percepción del pasado. Esa que escriben los ganadores.

El problema es que los avaros, por lo general, no son buenos escritores. Pero sí saben vender su producto y, al ser los favorecidos por la historia, disfrutan de muchos años de ventaja sembrando tramas a su antojo, plantando personajes y llevando al lector por donde quieren. El aire que respiramos es resultado de la Revolución Industrial, el cruasán de la Francesa. El presente tiene un tufo a determinismo tan intenso que, aparte de hacer evidente que nos siguen escribiendo la realidad mientras hablamos, demuestra que ni se molestan en disimularlo un poco. Y sí, hablar de «ellos» y de un «escritor» todopoderoso atufa un poco a conspiranoia, que es una forma mal vista de explicarse a uno mismo la realidad. Pero en el fondo, a todas luces se trata de mucho más que eso, y no hace falta mirar muy lejos para llegar a la conspihistoria. O a la historianoia, o la inducción histórica, o como queráis llamarla. Básicamente viene a ser como la conspiranoia, pero con lobbys en vez de lagartoides. Aunque los Illuminati y Nostradamus sean más divertidos, suspender un poco la incredulidad es necesario para preservar la cordura y evitar la emigración masiva del planeta, huyendo de las mil y una chorradas de escritor mediocre, a quien ni le preocupa que su argumento parezca convincente.

En teoría la bolsa es un mercado de participaciones en empresas. Nació allá por los Países Bajos a finales del siglo XV y era una especie de carnicería, sólo que en ella se despiezaban cargamentos de barcos. Tantos bonos, tanta tajada de los beneficios. Si pulsamos el fast-forward tenemos un megaentramado en tiempo real, con operaciones hechas al milisegundo en dinero ficticio, procesos de compraventa automatizados y unas reglas tan esotéricas que ni los expertos se ponen de acuerdo. El otro día pegó un pedo tremendo (el de la imagen) y no parece haber forma de saber el motivo. Un error tipográfico, un fallo en los índices, un grupo malintencionado. Da igual: un índice se llevó por delante a otro, los operadores no tenían ni idea de qué pasaba, algunos pensaban que tal vez había un motivo real que ellos no conocían, sospecharon unos de otros y se fue todo a pique durante unos minutos. Habría dado igual si no nos creyéramos la narrativa de la bolsa, si no la tuviéramos tan intrincada con la realidad actual. Pero basta un rumor para desestabilizarla, ella solita se retroalimenta y de rebote algunos son inmensamente más ricos y otros se arruinan, todo en cuestión de minutos. Se puede trazar la historia del Mercado de Valores hasta el cuarto y mitad de goleta en Ámsterdam, pero un genio malintencionado le ha estado haciendo añadidos durante cuatro siglos, y ahora los millones cambian de manos por un quítame allá ese IPC. A los que pierden les dedicaría mi «tú te lo buscaste» de los toreros, pero resulta que luego a mis amigos les sube la hipoteca y salen menos de fiesta.

Vamos, que si una inteligencia artificial agresiva quisiera dominar la Tierra, no tendría por qué hacerse con el control del ejército. En menos que canta un gallo podría enriquecerse sin fundamento alguno y convertirse en la entidad más rica del planeta, la única capaz de prestar dinero a estados. Sumir a un país en la bancarrota es tan sencillo como provocarle una crisis –haciendo cambiar un índice aquí y otro allá– y apostar en su contra. ¿Quién quiere un ejército para dominar el mundo? En la narrativa en que vivimos, basta con acumular la capacidad de influencia suficiente para escribir el puto NASDAQ. Así que Skynet, si estás leyendo esto, yo te presto los 100 euros para que empieces. Ya te diré la islita que quiero a cambio.

Y mientras tanto, los jefazos de la conspihistoria, tan contentos: aquí nos tienen, comprando chinitos de la suerte en forma de pulsera holográfica a 30 euros. Nos tragamos El Código da Vinci y nos hinchamos a Crepúsculo como quinceañeras, nos tiramos por el barranco del EURIBOR sólo porque todos los demás lo hacen. Ni nos molestamos en mirar dos veces el Whopper. Y el caso es que de dejar bien clarito quién debe escribir el presente –y sobre todo, quién no– depende algo más que nuestra hipoteca del mes que viene y nuestra honra como seres humanos: depende qué historia se comerán en t+1.

Imagen (y comparativa con la Power
Balance) en este post de Winosfera.

Manu Viciano , , ,

Arrestando a Ratzinger

12.abril.2010 - 9:00

Con permiso de ustedes, interrumpimos momentáneamente la saga de ciencia-ficción barata y alucinaciones por falta de sueño para dar cuenta de lo que se proponen hacer los peligrosos activistas ateos Richard Dawkins y Christopher Hitchens. El zoólogo y el escritor pretenden ni más ni menos que arrestar y procesar por delitos contra la humanidad al Papa de Roma, si por la puerta del Reino Unido asoma. Quieren hacerle la jugada Pinochet y mandarlo al talego en el momento en que pise suelo británico. Casi nada.

Resulta que el mamón de la sotana –y si alguien cree que merece otro apelativo, espero que sea a peor– tiene pensado dar una gira británica a mediados de septiembre para beatificar a un cardenal de allí, o alguna chorrada por el estilo. Parece ser que lo ha invitado la reina y todo. Y Reino Unido, al igual que la mayoría de estados, no solamente recibe a Ratzinger con los brazos abiertos, sino que además pone unos 23 millones de euros (del bolsillo de los británicos) para que al hombre no le falte de nada. La historia de siempre.

Richard Dawkins

 
Si no fuera porque a lo mejor esta vez nos reímos un poco, que ya nos iba tocando. Dawkins, Hitchens y un famoso abogado pro derechos humanos están pensando la forma de aguarle la fiesta al sumo sacerdote. Porque da la casualidad de que encubrir sistemáticamente los abusos a menores cometidos en una organización, como parece que se dedicó a hacer nuestro amiguito Ratzinger antes de llegar a Papa, es delito. De-li-to. Tres sílabas, seis letras, significa «culpa, quebrantamiento de la ley» y también «acción o cosa reprobable». Y lo más importante de todo: quienes lo cometen han de someterse a juicio y, dado el caso, sufrir una condena. La estampa de Benedicto XVI bajando del avión y dos bobbies esperándolo con las esposas preparadas es tan bonita, y al mismo tiempo tan improbable, que en los foros ingleses ya se están planteando hasta llevar a cabo un citizen’s arrest, una detención que en Inglaterra puede practicar cualquier ciudadano si, entre otros casos, el detenido parece ser culpable de un delito que se sospecha que ha tenido lugar. Cualquier ciudadano puede detener criminales, sí. La imagen del inglesito con bombín arrestando al Papa también es agradable, pero creo que aun así me quedo con los bobbies. Y, a ser posible, firmo para que lo último que vea Ratzinger antes de partir hacia las dependencias judiciales sea esto:

Gay Bobbies

 
El muy ladino invocará la inmunidad diplomática, claro. Pero mis chicos ya tienen pensado cómo atacar si el de la sotana les sale con esas. Porque el Vaticano no es un estado reconocido por Naciones Unidas. Se considera entidad observadora, no estado como tal. En otras palabras, sus representantes no gozan de ninguna inmunidad diplomática, por mucho que en la práctica se dé por garantizada. O al menos, eso es lo que pretenden argumentar unos ingleses que –madre mía, qué ocurrencias– piensan que los delitos son delitos, y no faltas que pueda perdonar un tipo con sotana en favor de un «bien moral superior». Y que quien encubra abusos a niños tiene bien merecido todo el tiempo que pase en la cárcel.

No veremos esa detención, y de verdad que en esto espero equivocarme. Pero sí es posible que el Santo Padre se plantee si de verdad le vale la pena darse un garbeo por la pérfida Albión. Y como mínimo, el gesto demuestra al mundo entero que se le puede echar huevos al asunto y, poco a poco, ir plantando cara a los delincuentes de verdad, a los que van por ahí haciendo el mal con los gastos pagados por nosotros. Ojalá cunda el ejemplo.

(Esta entrada y la birra que me estoy abriendo van por Marcelino Madrigal, que también lleva tiempo echándole dos huevos y ahora empieza a ver la recompensa. Más en esta entrada de su blog.)

Manu Viciano , ,

Revés

23.marzo.2010 - 9:30

Las historias de mundo al revés suelen empezar despertando. O mejor dicho, su protagonista entra en ellas al abrir los ojos, pero enseguida descubre que todos los demás están acostumbrados a caminar por el techo o decir «qnǝuos pìɐs». No lo han aprendido de un día para el siguiente, claro. El mundo al revés tiene su propia y compleja historia –los obreros votan derecha, la iglesia viola y mata, el pueblo regala tostadoras a los bancos–, y lo único que ocurre ahora es que el protagonista se cuela en ella, se da de bruces con una realidad que no es la suya.

Mi historia no empezó con un despertar. Empezó de empalmada1. El sol llevaba un par de horas rateando un brillo tímido y yo andaba calle abajo para comprar tabaco y enviar a Barcelona un trozo de libro que tenía que entregar. La falta de sueño había puesto mi mente en ese estado extraño, agradable cuando es voluntario, en que funciona despacio para algunas cosas y raro para otras; de todas formas, seguía siendo capaz de acciones básicas como mandar un paquete certificado urgente. Pero de camino al estanco, la luz de finales de invierno me activó la parte del cerebro que funciona raro y empecé a notar que estaba rodeado de incongruencias. Ya no era solo que la gente empezara su jornada laboral cuando yo terminaba la mía, aunque también. Sobre todo me sorprendió que, en plena campaña de Fallas y en plena Valencia, no se escuchara un solo petardo.

 

Beware of Trolls!

 

Sin duda había cambiado de dimensión y caído en el mundo al revés. ¿Sin petardos en Fallas? Sería más fácil que los valencianos dejaran de decir «nano». Ya se veía el estanco al fondo, pero seguro que cuando llegara intentarían venderme complejos vitaminados o equipamiento deportivo. No pude soportar la idea de que una chica (que en este mundo no sería atractiva, sino un orco) me intentara convencer para pasarme al batido de zanahorias. No podía entrar allí. Al fin y al cabo, ahora que la parte rara de la mente había cogido carrerilla, comprendí que todo sería incongruente. Vivía en un país donde pertenecer a una secta religiosa no solo no pesaba en caso de delito penal, sino que en ocasiones resultaba casi eximente. Como mínimo, conveniente si los superiores se mostraban comprensivos. Sin ir más lejos, el mismísimo Líder Supremo de una secta gorda se había dedicado, antes de serlo, a encubrir los gravísimos delitos por los que ahora pedía tolerancia. Inaudito. Estaba claro: en mi estanco habría monstruos del averno promocionando la vida sana. El problema era que no recordaba ni siquiera si había alguna tienda de deportes en el barrio, ni mucho menos dónde estaba. No podría conseguir tabaco.

Di media vuelta con la intención de evitar el estanco e ir directo a Correos, aunque ya no estaba nada convencido de que mi misión fuera a tener éxito. ¿Qué encontraría al llegar? ¿Sería el paquete quien me facturara a mí? ¿En la cola de envíos empezarían a entregarme bultos y más bultos? Iba a tener que arriesgarme, aunque hubiera demasiadas variables. Pasaba lo mismo que con todo el asunto del dinero. El mundo al revés podría haber resultado en que la gente estuviera forrada y los bancos pasaran penurias. Pero no: había tantos factores metiendo baza y enredándolo todo que, por ejemplo, teníamos al líder de los empresarios sufriendo sucesivas bancarrotas vergonzosas y, otro factor inesperado, un gobierno socialista con mayoría no se pitorreaba de sus locas propuestas. En aquel universo, un proceso tan complicado como el servicio postal –o la economía, o la política– podía reventar por cualquier lado. Días antes había dimitido un vocal de Seguridad Vial porque lo pescaron conduciendo tajado. Me agobié. Me sentí como un buzo nitrogenado en un planeta de castañuelas. Eché a andar con precaución, vigilando por si encontraba naranjas antropófagas o ancianas que me dieran consejos para cuidar la melena en vez de mirarme mal.

Y finalmente, Correos2. Cuando ya esperaba que el empleado del mostrador me encargara a mí llevar bultos corriendo a Barcelona, todo volvió a la normalidad. Rellené, pedí factura, pagué. Con la misión cumplida, a la salida me recibió en la calle una pequeña salva de petardos. No fue una traca; al fin y al cabo, hacer con éxito un envío postal tampoco la merece, ni siquiera tras una incursión en el mundo al revés, ni siquiera haciéndola sin haber dormido. Sólo fueron dos o tres petardos. Los suficientes para comprender, aliviado, que mi aventura en aquel extraño universo había tenido fin y que (a saber cómo) había logrado regresar al benévolo, justo y razonable mundo al derecho de siempre. Por fin podía comprar tabaco.

1. Es decir, tras haber pasado una noche sin dormir. No lo otro. Aunque dejo ahí la idea de escribir un relato erótico en un mundo al revés, a ver qué sale.
2. Es decir, finalmente llegué a la oficina postal. Aunque sois muy libres, claro. Yo encantado.

Manu Viciano , ,

Alerta morada en K’hz’raa

3.marzo.2010 - 17:39

(Sí, estoy comprobando hasta qué extremos puedo llegar con los títulos y seguir saliendo en la portada de NT.)

Lejos, muy lejos, y hace mucho tiempo, dos seres que en apariencia eran humanos conversaban en un lujoso despacho.
      —Para tener una economía fuerte, necesitamos que los consumidores recobren la confianza en el sistema y vuelvan a soltar dinero a espuertas para que dispongamos de él —dijo el lumbreras.
      —Además, el optimismo sin fundamento es bueno para el pueblo; en el fondo, lo hacemos por ellos —dijo el cínico.

§

 

Aquellas dos enormes mentiras generaron sendos ecos que, como explosiones gamma, se expandieron abarcando constelaciones a la velocidad de la luz. No fue un hecho aislado, por supuesto. Cada día trillones de mentiras diferentes generan trillones de ondas con distintas frecuencias que, por lo general, pasan desapercibidas en el amplio espectro de la tontería sin sentido.
      Pero dos mil quinientos años después, los restos intactos de esas dos mentiras alcanzaron los detectores instalados en el sistema K’hz’raa, y su combinación con el nivel de credulidad terrícola que constaba en las bases de datos hizo saltar una alarma. El técnico que estaba de guardia en el radiotelescopio orbital frotó dos de sus apéndices, perplejo. Nunca había visto encenderse la luz morada, pero recordaba que alguien la había mencionado durante su entrenamiento en el planeta, años atrás. Era algo como… no, debía de ser… ¡claro, eso era! La luz violeta era la alarma nTMP, es decir, el sistema que reaccionaba al detectar n-tropiezos con la misma piedra. En algún rincón de la galaxia –ahora tendría que calcular en cuál– había una civilización haciendo el gilipollas, volviendo a caer en antiguos errores y poniéndose en manos de una panda de h’gak’nes sin conciencia.
      El técnico puso el ordenador a calcular, envió los resultados al centro estratégico de la segunda luna y encendió un pitillo bajo en antimateria. Aquello ni era fumar ni era nada. Pero se relajó de todos modos, reclinado en su campo magnético. Ya no había más trabajo hasta que se encendiera otra lucecita en el panel.

§

 

El gobierno K’hz’raa tampoco tenía nunca demasiado trabajo porque, mil doscientos años antes, había decidido apostar fuerte por la educación pensando que, cuanto más listos fueran sus ciudadanos, menos gobierno necesitarían. Este acto de autocanibalismo es muy poco frecuente en los gobiernos, motivo por el que las civilizaciones auténticamente avanzadas son tan escasas en la galaxia. En cualquier caso, los funcionarios giraron sus pseudópodos de alegría al recibir el informe de la estación orbital, que sin duda iba a sacarlos de su tediosa rutina.
      Las mejores mentes K’hz’raa, reunidas en la segunda luna, se pusieron a pensar.
      Los militares esbozaron un plan de ataque. Sin duda, para cuando llegaran al sistema Sol unos cuatro mil años después de generarse la alerta morada, allí solo quedarían escombros y gente con palos. O como mucho, si el poder fáctico había sido listo y no listillo, una civilización estancada que no opondría resistencia. Como buenos militares, se emocionaron y mandaron un representante al consejo técnico para solicitar el uso de transportes más rápidos.
      Los técnicos miraron por el rabillo del esfínter la propuesta militar, pero antes de rechazarla de plano se les ocurrió que tal vez sería conveniente enviar a alguien al sistema Sol en menos de mil años, para ver si aún quedaba algo que arreglar. Si echaban apéndice de la energía del núcleo galáctico, tal vez aún quedara esperanza para aquel desdichado planeta. Porque si habían hecho saltar una alarma morada, estaba claro que por su propio pie no salían de aquella. Elevaron una petición de antienergía al comité científico.
      Los científicos sabían perfectamente que podían llegar a tiempo de salvar a los humanos. De hecho, el Primer Axioma del Desarrollo1 garantizaba que incluso podían llegar antes de que lo echaran todo por el retrete, antes de las dos mentiras que desembocarían en una alarma morada. Haría falta una cantidad ingente de recursos para llegar al pasado de aquel planeta, pero podía hacerse. Sin embargo, estarían trasteando con la causalidad, y existían protocolos que debían cumplirse. Había que comprobar, por ejemplo, que la situación actual no se debiera a que ellos mismos ya hubieran viajado al pasado para provocar la estupidez humana y así eliminar una posible competencia. Los científicos empezaron a consultar la bibliografía, como suelen hacer.
      Y mientras ocurría todo esto, las mejores mentes K’hz’raa, reunidas como decíamos en la segunda luna, terminaron de pensar. Y concluyeron que tal vez una civilización que se deja engañar una y otra vez por el cáncer social de quienes buscan el lucro inmediato no merezca ninguna ayuda.

1. Que reza: «Toda civilización capaz de fabricar cigarrillos light de antimateria también puede viajar en el tiempo».

Manu Viciano , , ,

Cordialitos

24.febrero.2010 - 9:30

Parece que don José María Aznar ha puesto de moda la palabra «peineta». Hasta que tuvo lugar su estridente desplante berlusconiano a la salida de la universidad de Oviedo, para mí el acto de enseñar el dedo siempre se había llamado precisamente así, «enseñar el dedo». Admito que peineta es un modo muy gráfico de describirlo, y que un sustantivo funciona mucho mejor para redactar titulares, pero no he podido evitar la tentación de buscarle alternativas. Y resulta que el tercer dedo también recibe el nombre de cordial, así que con permiso del respetable voy a adoptar la palabra «cordialito» para referirme a tan simpático gesto.

Y no solo eso, sino que me propongo utilizar el cordialito como la unidad básica para medir el desprecio ejercido por los políticos hacia los ciudadanos. Un cordialito se definirá, pues, como la cantidad de arrogancia que puso don Jose María en su dedo corazón y en su sonrisita engreída el 18 de febrero de 2010. Mucho me temo que, como unidad de medida aplicada a políticos, al cordialito le espera el mismo destino que al vatio: ser utilizado solamente para minucias o experimentos de laboratorio. Del mismo modo que, en física, las potencias manejadas actualmente deben medirse con caballos de vapor, kilovatios o incluso megavatios, las tropelías políticas serias precisarán de otras unidades, y el cordialito deberá conformarse con afinar en el detalle.

Un sencillo ejemplo será suficiente para ilustrar este hecho. El gobierno, después de saltar al rescate de las grandes entidades financieras, ha decidido dejarse de disimulos y marcar paquete a la derecha subiendo la edad de jubilación, mientras el rey1 pide a la sociedad que se esfuerce por salir de la crisis. No creo que haga falta revolcarnos más en la inmundicia: esto es varios niveles de magnitud más insultante que levantar un dedito de nada. Por ello, los cordialitos se utilizarán exclusivamente para los exabruptos cotidianos que, por desgracia (o más bien por borregos), nos hemos acostumbrado a soportar. Solo sirven para medir esos pequeños detalles desagradables, esos insultos a la inteligencia que nos regala nuestra clase política en su día a día:


 

Desprecio estimado: 3 Co 

Toma...   ... toma...   ... y toma.

Ahora solamente falta engatusar a alguien de Nuevatribuna.es para que me pague el viaje a París y convencer a la Conferencia General de Pesos y Medidas de que incluya el cordialito como unidad básica del desprecio político en su Sistema Internacional. Al fin y al cabo, cuando las cosas se miden con precisión resulta más fácil dominarlas.

1. Cargo cuya sola existencia ya debería medirse en teracordialitos, por cierto.

Manu Viciano , , , , ,

No, si al final…

19.febrero.2010 - 8:30

… lo mismo acabo creyendo en la justicia y todo. Las noticias de ayer fueron como uno de esos días, de principios de primavera en los que paseas por las calles de Valencia y todas las chicas son guapas. Aunque en realidad estuviéramos febrero y lloviese.

  • La Audiencia Nacional admite a trámite el recurso contra González-Sinde por conflicto de intereses en su cargo de ministra. (La Asociación de Internautas, que puso el recurso, aún no tiene la noticia en portada cuando escribo esto.) La denuncia argumenta que nuestra ministra de cultura gestiona un dinero público con el que subvenciona a empresas como las dos que ella misma administra, dedicadas a las actividades cinematográficas. Para entendernos, poner a esta mujer como ministra de cultura sería algo tan absurdo como colocar a Zaplana (que volaba gratis en jet privado durante la campaña electoral, por ejemplo) al frente del Ministerio de Trabajo. Impensable, ¿no? Pero al menos esta vez la denuncia está admitida, lo que me parece buena noticia. Va haciendo calorcito y las chicas se dejan los anoraks en casa.
     
  • El Constitucional para los pies a Rita en el Cabanyal. Hace poco el PP de la Generalitat se atribuyó competencias para pisotear cualquier declaración de interés cultural que protegiera el barrio. Ahora las excavadoras están paradas, y lo ideal sería inyectar dinero para regenerar un poco la zona y que al menos parte de ella no siga siendo carne de Callejeros como hasta ahora. Quizá sería pedir demasiado; desde luego, que yo sepa no hay planes de hacerlo. Pero de nuevo, bien está que haya tiempo para pensarlo sin que las gruas vayan montando El Corte Inglés mientras tanto. Que las chicas paseen por otro sitio.
     
  • Y otra del Constitucional, esta vez sobre el parany. Se trata de un sencillo método de caza que a grandes rasgos consiste en podar un árbol, añadirle varillas y pringarlo todo de pegamento para cazar tordos. Tordos y lo que caiga, claro, que es uno de los motivos por los que la legalidad del método es dudosa como mínimo. Supongo que hoy los pajaritos cantan más, posiblemente animados por todas esas chicas paseando cada vez con menos ropa que llenan las plazas y se acumulan más y más hasta que…

… nada. Todo esto son admisiones a trámite, el equivalente a que un organismo público te haga entrega de la primera lista de documentos que debes proporcionarles si quieres algo de ellos, pero usando la legislación de hace dos años (que más adelante corregirán en tus carnes) y sin decirte aún cuáles de ellos debes llevar compulsados. Luego, cuando los trámites siguen su curso, muchos años después, acabamos llegando a cosas como lo de Fabra, que directamente no se explican. Y entonces llegan las oscuras nubes del puto febrero, las chicas se van corriendo a sus casas a echarse capas de ropa encima y tú, solo bajo el chaparrón, razonas para consolarte que, por muy buenas que estén ahora, tal vez solo sea cuestión de tiempo que se conviertan en esto:

Manu Viciano , ,