Una tesis doctoral de Manu para celebrar la llegada de septiembre.
Sinopsis:
Llano y claro, estamos en situación de alerta lingüística, en pleno DEFCON 1 semántico. Los eufemismos están corroyendo el lenguaje ordinario como termitas, y su ataque está siendo coordinado a escala global. La invasión es contrarrestable utilizando sin tregua el contrario absoluto de un eufemismo, figura a la que he denominado «eufesomismo». Como corolario a lo anterior, el heavy metal es lo máximo.
1. Robar calzoncillos:
Hace un par de fines de semana estuve viendo a los Barón Rojo en el Auditorio Marina Sur de Valencia. O al menos, ahí decía la entrada que iba a ser el concierto. El supuesto auditorio, que lleva todo el verano con música en cartel, forma parte de las instalaciones con que las autoridades reivindican, aparte de invocar un vaporoso «beneficio para la ciudad», la millonada que invirtieron y siguen invirtiendo en el circuito urbano de Fórmula 1. La palabra auditorio, en este caso, se ha revelado empíricamente como eufemismo, ya que al parecer significa «descampado con escenario barato, barra y policlines».

Al menos en la Comunidad Valenciana, no se trata de un caso aislado. A la necesidad de disimular los diversos atropellos institucionales se suma esa inclinación tan valensí a barrer las miserias bajo la alfombra, a decir que esta paella la pago yo aunque deba tanto dinero que no me llegue ni para el arroz. Por ejemplo, las privatizaciones parciales de servicios públicos se consideran «mejoras en el sistema de gestión» desde los tiempos de Zaplana en el Palau. Las obras en el puerto para la importantísima Copa América de vela eran una «inversión de futuro». Y los argumentos con que se ha estado defendiendo el propio circuito de carreras urbano (ver fotografía más arriba) son materia para otra tesis entera.
2. …:
En todos los hornos cuecen habas, claro. Valencia no es un caso tan aparte, por muy convencidos que estén sus habitantes de lo contrario. Los eufemismos están a la orden del día en todos los ámbitos, en parte como resaca de la tromba de corrección política que sufrimos hace unos años. Sin embargo, igual que llamar auditorio a un párking (o guapa a una alcaldesa) se queda en anécdota, arrebatar su significado a conceptos clave del bienestar social puede resultar catastrófico.
El domingo encontré en el periódico, escondida en un recuadrito al final de la sección de economía, la siguiente noticia: «El FMI recomienda a España recortar la protección de los contratos indefinidos». Al parecer, dejar las prestaciones sociales todavía más al mínimo serviría para que el 13,5% de trabajadores temporales pasaran a indefinidos. Me lo creo a pies juntillas, sobre todo porque una medida como esa se llevaría por delante la misma definición de «indefinido», que ahora mismo ya está cogida con pinzas como «sin un límite establecido de duración». Si la última reforma laboral carcomió buena parte del significado, la desprotección que propone el FMI lo convertirá, de hecho, en un eufemismo. Porque esencialmente, se tratará de un contrato válido hasta que al empresario se le crucen los cables. Es lo mismo que ocurre cuando el gobierno se plantea capar las pensiones del futuro y lo llama «garantizar el fondo de prestaciones»: se destruye la política social a hurtadillas, pero dejando los nombres vacíos en su sitio, convirtiéndolos en eufemismos.
3. Beneficios.
Ante esa perspectiva, queda claro que una forma efectiva de contrarrestar el proceso sería recurrir en masa al eufesomismo. Un eufesomismo es la antipartícula del eufemismo, y consiste en emplear la forma más vulgar y ofensiva posible para describir la realidad. El auditorio de la Marina Alta, por ejemplo, sería «ese puto descampado de mierda con bebida cara que han montado en el circuito de los cojones». Únicamente el empleo cotidiano y reiterado de eufesomismos puede restaurar el equilibrio léxico. O se defiende lo poco que queda de la palabra «indefinido» llamando a la reforma laboral «bajada de pantalones donde la vaselina la pagamos nosotros» o, cuando acaben con ella, las termitas saltarán a la palabra «contrato». En caso de permitir que siga el proceso, a la larga se infectará el lenguaje entero y la humanidad terminará de quedar reducida a una horda de primates chillones.
El día siguiente al concierto de Barón Rojo, en el recinto de la Marina Sur tocaban los Iron Maiden. 65 pavos, tronco. La gente descubrió al llegar en qué consistía el auditorio, pero a ningún heavy se le caen los anillos por hacer cuernos a la intemperie. Sin embargo, el sonido deficiente, el escenario bajo y pequeño y la mala organización general provocaban que haber escrito «auditorio» en las entradas sonase a recochineo. Hubo protestas. La gente recurrió a los eufesomismos. Se oyó hablar de estafa, hormigón y zurullo. Los medios locales se hicieron cierto eco durante la semana siguiente. Y hoy, en la calle, he visto el cartel con que la organización y la propia Marina Real anunciaban el próximo concierto de Ska-P:

Explanada. Todavía no llega a párking reciclado, pero al menos se va acercando a la realidad. Resulta evidente que llamar «jodido mojón» al recinto de los conciertos ha compensado que lo llamaran «auditorio» y ha ayudado a alcanzar un equilibrio. La conclusión de esta tesis es que los eufemismos son vulnerables a un ataque consistente en adoptar el espíritu del heavy metal, crear contrapeso empleando los eufesomismos en nuestra conversación diaria y llamar siempre a la mierda, boñiga apestosa y al calimocho, elixir de dioses. QED.
Nota para universidades: Sírvanse enviar sus títulos de doctorado con mi nombre a la dirección social de Nueva Tribuna. Muchas gracias.
Manu Viciano banca, heavy metal, valencia es así
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