Gritos en el bar
Me resistí tanto como pude, tanto como cada noche. Rondé la puerta del bar como alma en pena, esperando por si algún milagro me presentaba una alternativa que no diera con mis viejos huesos en un taburete junto a la barra. Pero nunca había terminado de creer en los milagros, y el único que había presenciado en toda la vida me jodió bien jodido. Igual que cada día, decidí que no tenía sentido seguir sufriendo allí fuera y entré.

El rumor de las conversaciones solamente se apagó un poco mientras los parroquianos me identificaban –ah, vale, el mendigo callado de siempre– y algunos de ellos cambiaban el ángulo de sus sillas para dificultarme el contacto visual. Al instante regresó el familiar zumbido, la vibración tensa de una masa esperando a que el televisor diera inicio a la liturgia que los había llevado al bar aquella noche. Mientras me sentaba en mi taburete, entresaqué palabras familiares de las conversaciones (índice, PIB, inflación) e hice una mueca de disgusto al oírlas en boca de aquellos palurdos. El camarero vio mi expresión, alzó una ceja y tuve que tranquilizarlo levantando una mano: no tenía intención de armar bronca. Aproveché que se había fijado en mí para pedirle una cerveza y el hombre me la puso. Sabía que, aunque no iba a ser yo, alguien terminaría pagándola.
Mi enfado, ya casi enfermedad crónica a estas alturas, se debía a que yo antes era economista. Me movía como tiburón en el acuario entre stock options, predicciones de mercado, catástrofes bursátiles y burbujas sectoriales. Era un viejo dinosaurio, el rey de un tiempo en que los índices arbitrarios condicionaban la economía real, y no al revés. Yo era broker, asesor de varios fondos de inversión, gestor con traje negro y gafas oscuras, en todos los grandes círculos de poder conocido, de uno al otro confín.
Y un buen día, sin más, sucedió lo que yo suelo llamar «el milagro» mientras pongo cara de asco. Aquella panda de tarados y otras muchas pandas de tarados iguales empezaron a interesarse por los grandes movimientos de capital. Al principio sus esfuerzos por comprender lo que estaba diseñado para ser incomprensible nos hicieron gracia, pero pronto nos dimos cuenta de que habíamos subestimado a las hordas de los bares. En menos que canta un gallo, la opinión de aquella masa de aficionados saltó a la prensa. Empezaron a brotar nuevos periódicos de economía que reflejaban las sandeces que berreaban, y pensábamos que todos los compraban por la chica semidesnuda que salía en la última página sosteniendo un fajo de bonos al portador. Pero –oh, puta ironía– el sistema que habíamos construido a propósito para que dependiera en tanta medida de factores subjetivos, de la confianza, las predicciones y los rumores, se volvió contra nosotros. De pronto estaban apartándonos del poder que era nuestro por derecho y por herencia, dejándonos sin joyas para nuestras queridas y sin caldo para nuestros Ferraris. Idiotas como aquellos, gente que se juntaba en los bares, hablaba a grito pelado y creía saber más que los profesionales del gremio, nos estaba arruinando.
Pedí otra cerveza, lamentando mi mala suerte de aquel verano. Como si no hubiera bastante con el curso económico que acaba en junio, cada cuatro años tenía lugar una reunión de líderes mundiales que aquellos botarates seguían a voz en grito por la caja tonta, estallando en cánticos cuando se aprobaba una resolución que favorecían y exigiendo el cese de los negociadores que no les gustaban o a quienes llamaban torpes sin más fundamento que el rechazo a alguna decisión que no les terminaba de convencer. Gruñí mi agradecimiento al camarero cuando me trajo el botellín. Lo peor de todo era que, al día siguiente, la prensa económica publicaría opiniones similares a las que ahora mismo escuchaba, mientras apuraba mi segunda cerveza de un trago. La misma Economía, que había sido mi único dios, servía ahora a los propósitos de chusma como la que me rodeaba.
Me levanté y, dando traspiés, dirigí mis pasos hacia la puerta del bar. Alguien pagó mis cervezas.
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Manu Viciano (Castellón, 1977) huyó de un universo alternativo donde tenía lo que sus amigos llaman «un trabajo de verdad», y ahora traduce libros, revisa textos y a veces escribe cosas. Este universo es mejor.

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