NOT ANOTHER SERBIAN MOVIE
Me ha llevado tiempo ser capaz de agarrarme los machos (no preguntemos, pero algunas personas tienen como proyecto coser una réplica de unos genitales masculinos en peluche para poder decir cosas así con fundamento) y escribir la reseña de esta película. Si The Human Centipede, de la que ya hablaré en abundancia en otro momento, es sin duda el peliculón disfrutable del año para mí, A Serbian Film es la más horrible, desesperanzadora y depresiva. Del año, o de la década, o de mi vida; ya veremos. Porque de Pig dicen muchas cosas, pero ninguna que me llame la atención, y el resto de títulos de esta nueva ola de películas violentas que se ha dado en llamar “Subversive Serbia” (sí, lo de “not another serbian movie” lo gritaremos entre lágrimas cuando salga la próxima de este movimiento) aún está lejos de nuestro alcance. Ojo y atención a los adjetivos que he empleado: horrible, desesperanzadora y depresiva. Mucho se está hablando de esta polémica cinta porque contiene un par de escenas que se salen de lo que mandan las normas no escritas del terror, pero no hay que quedarse -como hace mucha gente, hipnotizada delante de ese camión de luces brillantes en medio de una carretera- en ello. A fin de cuentas, la historia vista al completo es más cruel.
Hace ya un tiempo llegaron a mí rumores acerca de A Serbian Film, rumores que se podían resumir en el ya clásico “la película más turbadora ever!!!”. Como eso lo han dicho hasta de Bambi, no, de hecho, en especial de Bambi (y con razón), archivé mentalmente el título en el cajoncillo mental de “posiblemente interesantes” hasta que llegó el momento de poder verla. Para entonces ya había sido presentada en varios festivales y podía decir con orgullo que no sólo había suscitado polémica, sino que le había partido los morros a un crítico (bueno, se desmayó y se partió la nariz al caer. Las películas no tienen puños). Naturalmente, esto espoleó mi curiosidad: no es del todo inusual que caiga redonda viendo una escena que mi cabeza no es capaz de procesar por la razón que sea (véase, o quizás debería advertir que probablemente mejor no véase, el corto Cutting Moments, con el que A Serbian Film tiene más de lo que pueda parecer en común), y siempre es interesante sentirse tan lerda como para reaccionar así delante de una cosa que no es real. Además, la gente con la que pongo en común habitualmente mis opiniones sobre cine de género estaba alucinando pepinillos. Resumiendo todas sus tiernas vocecitas, seguramente más aflautadas en la vida real de lo que parece en internet, no era cuestión de chafarle la peli a nadie pero era muy, muy fuerte, muy desagradable, y con verla una vez bastaba y sobraba. Y mucho “enter at your own risk!” y “no digáis que no os lo advertí”.
Eso ya me terminó de impresionar. Naturalmente, saqué pecho palomo y dije, “bah, ya será menos, ¡cobardicas!” (por cierto, creo que soy la única persona sobre la faz de la tierra que sigue utilizando esta bella palabra), y procedí a verla. Pasó cerca de una hora. Todo bien: historia interesante, actores que la logran defender, buen ritmo… Alguna cosilla turbadora, lo que venía a darme a mí la razón de que mis compañeros exageraban… Y entonces, zaca.
Zaca no es nadie. Pero si Zaca fuera alguien, sería un hijoputa muy sádico.
Llega la primera escena “famosa”. Yo no tenía ni idea de lo que iba a ver, porque por una vez hice el inmenso esfuerzo de intentar no autospoilearme la cosa leyendo información de más, y lo cierto es que se me revolvieron las tripas. Y fue en ese momento cuando me di cuenta de que las amenazas iban en serio: sí, iba a ser una experiencia horrible terminar esa película. Se venía intuyendo, un poquito, sólo un poquito, como un ruido de fondo, y ahora ya era imposible ignorarlo. Y, naturalmente, la opción de parar era impensable; el argumento era demasiado interesante como para abandonarlo sin conocer el final.
A posteriori me planteé si, de haber leído una descripción de esa y las siguientes escenas desagradables, me habría decidido a ver o no el filme. Y sí, creo que sí, porque descrito no causa la misma impresión que, no visto, sino vivido. Por la forma en que se narra la historia, el espectador la va viviendo con el protagonista a la par. No es como si le estuviera sucediendo todo eso a uno mismo, pero es lo más cerca que se puede estar de esa sensación. Sin embargo, al contarsela a alguien la ordenamos cronológicamente, cada personaje es quien realmente es y no lo que parecía al principio, etc.
A partir de esa escena es como caer en picado anímicamente.
No es fácil presenciar cómo la vida de una persona es destruida sin piedad, no matándola, sino acabando con todo lo bueno que hubiera tenido y con sus esperanzas. Tratar a personas como cosas no es algo precisamente nuevo, es más, me atrevería a decir que a cierto nivel lo hacemos todos. La culpa es de los jodidos mimos, naturalmente, pero también tiene que ver el hecho de que no somos capaces de cargar con los sentimientos de todo el mundo porque nos hundiríamos, no podríamos hacer nada. Los sentimientos sufren obesidad morbosa. Es como querer respetar todas las vidas: vale, no mates a nadie, no mates animales por diversión, no los mates para comer, no los mates para fabricar utensilios… no los pises, no te los comas mientras duermes si se te meten en la boca, no uses insecticida. Ni siquiera estando inmóvil -como un jodido mimo- es posible lograr eso. Y si es de actores de la industria del porno de lo que se trata, ni te quiero contar: para mucha gente con problemas graves de carencia de empatía (lo que viene siendo el tratarse de un cabronazo psicópata de tres pares de cojones) la gente que trabaja en algo relativo al sexo es una cosa. Una cosa con tetas, o una cosa con polla, o una cosa con ambos, pero desde luego no una persona. Y si algo le ocurre, en fin, no es lo mismo que si le ocurriese a una persona como tú y como yo…
De todos modos, hay que ser cabronías para intentar estirar el concepto de “arte” hasta lo que viene siendo quitarle a una persona (por más que en la cabeza de uno no sea más que un coso, un cacharro, un trasto, un… aparato) todas las ganas de y razones para vivir, y ya si eso que ella misma aprete el gatillo y te ahorras una bala. No hablo del director de A Serbian Film, sino de la película que se rueda dentro de la que vemos, que ni siquiera se conforma con la idea de ser snuff sino que va más allá, involucrando mucho más que el cuerpo y la capacidad de sufrimiento del protagonista. Principalmente porque para utilizar ciertos métodos de tortura hay que ser consciente de que tu víctima tiene sentimientos, por lo que sabes en el fondo que estás dañando a alguien, incluso a muchos álguienes, y que aunque no quieras reconocerlo no han hecho nada para merecer lo que les estás obligando a hacer.
Voy a intentar contar de qué va sin revelar nada de más, que a veces me paso de profunda porque a mí misma me entiendo genial y resulta que nadie más sabe de lo que estoy hablando.
Un actor porno retirado que fue una leyenda hace unos años se encuentra en apuros económicos. Pese a sus ahorros y los vídeos cutres que rueda de vez en cuando, y pese al trabajo como traductora de su guapa y adorable esposa, el dinero no les llega más que para ir tirando malamente, y el hijo de la pareja, un niño de unos cuatro años, cada vez va a suponer más gastos… pero sobre todo, piensa nuestro protagonista, merece una vida mejor en un sitio tan distinto como sea posible de la triste Serbia. Una antigua compañera de profesión le pone en contacto con un director de, digamos, una nueva corriente de pornografía artística (aquí es cuando una espera algo tipo Látex, quizás) que quiere que participe en su nuevo proyecto a cambio de una pastaza gansa. Ya de principio la cosa suena un poco escamante: nadie da duros a peseta, etc. Luego empieza a verse que, efectivamente, el proyecto es un tanto rarito. Para cuando queda claro cuáles son, en su extensión, los objetivos de esa película, ya no es posible echarse atrás.
Y ahí añado nuevamente yo: ni para el protagonista, ni para nosotros. ¿Merece la pena aún así verla? Yo creo que sí, pero porque estoy dispuesta a pagar el precio (una semana deprimida, y no, no es coña. No pude ni llorar, porque hay un estado de falta de ganas de vivir en que por no hacer nada ya ni lloras siquiera) por comprobar que no me he hecho inmune a tragedias así, tragedias que ocurren día a día pero de las que no queremos hablar, porque ni queremos enterarnos ni queremos joderle la vida a otra persona contándoselas.
Podría seguir escribiendo sobre esta película, pero creo que bastante tostón he metido ya. Lo principal es que os quedéis con una idea: es una historia, no dos escenas. No se puede reducir todo a eso, sería no sólo injusto sino también bastante paleto. Y la historia es muy dura, pero interesante; ficción, pero partiendo de la realidad de lo que parece ser un país incapaz de recuperarse psicológica y económicamente de sus heridas de guerra. A partir de aquí, decidid vosotros si quitarle las rueditas de apoyo a la bici o comerse el seto, pero no olvidéis que antes o después acabaremos de igual modo entre las ramas de un zarzal hambriento de carne humana.

Raquel García (Madrid, 1980) estudió Economía porque soñaba con tener una vida tranquila trabajando en una oficina con suelo de moqueta, pero su sueño se vio truncado y, sin saber muy bien cómo, ha acabado siendo actriz, escritora y modelo.
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