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NOT ANOTHER SERBIAN MOVIE

17.agosto.2010 - 10:55

Me ha llevado tiempo ser capaz de agarrarme los machos (no preguntemos, pero algunas personas tienen como proyecto coser una réplica de unos genitales masculinos en peluche para poder decir cosas así con fundamento) y escribir la reseña de esta película. Si The Human Centipede, de la que ya hablaré en abundancia en otro momento, es sin duda el peliculón disfrutable del año para mí, A Serbian Film es la más horrible, desesperanzadora y depresiva. Del año, o de la década, o de mi vida; ya veremos. Porque de Pig dicen muchas cosas, pero ninguna que me llame la atención, y el resto de títulos de esta nueva ola de películas violentas que se ha dado en llamar “Subversive Serbia” (sí, lo de “not another serbian movie” lo gritaremos entre lágrimas cuando salga la próxima de este movimiento) aún está lejos de nuestro alcance. Ojo y atención a los adjetivos que he empleado: horrible, desesperanzadora y depresiva. Mucho se está hablando de esta polémica cinta porque contiene un par de escenas que se salen de lo que mandan las normas no escritas del terror, pero no hay que quedarse -como hace mucha gente, hipnotizada delante de ese camión de luces brillantes en medio de una carretera- en ello. A fin de cuentas, la historia vista al completo es más cruel.

Hace ya un tiempo llegaron a mí rumores acerca de A Serbian Film, rumores que se podían resumir en el ya clásico “la película más turbadora ever!!!”. Como eso lo han dicho hasta de Bambi, no, de hecho, en especial de Bambi (y con razón), archivé mentalmente el título en el cajoncillo mental de “posiblemente interesantes” hasta que llegó el momento de poder verla. Para entonces ya había sido presentada en varios festivales y podía decir con orgullo que no sólo había suscitado polémica, sino que le había partido los morros a un crítico (bueno, se desmayó y se partió la nariz al caer. Las películas no tienen puños). Naturalmente, esto espoleó mi curiosidad: no es del todo inusual que caiga redonda viendo una escena que mi cabeza no es capaz de procesar por la razón que sea (véase, o quizás debería advertir que probablemente mejor no véase, el corto Cutting Moments, con el que A Serbian Film tiene más de lo que pueda parecer en común), y siempre es interesante sentirse tan lerda como para reaccionar así delante de una cosa que no es real. Además, la gente con la que pongo en común habitualmente mis opiniones sobre cine de género estaba alucinando pepinillos. Resumiendo todas sus tiernas vocecitas, seguramente más aflautadas en la vida real de lo que parece en internet, no era cuestión de chafarle la peli a nadie pero era muy, muy fuerte, muy desagradable, y con verla una vez bastaba y sobraba. Y mucho “enter at your own risk!” y “no digáis que no os lo advertí”.

Eso ya me terminó de impresionar. Naturalmente, saqué pecho palomo y dije, “bah, ya será menos, ¡cobardicas!” (por cierto, creo que soy la única persona sobre la faz de la tierra que sigue utilizando esta bella palabra), y procedí a verla. Pasó cerca de una hora. Todo bien: historia interesante, actores que la logran defender, buen ritmo… Alguna cosilla turbadora, lo que venía a darme a mí la razón de que mis compañeros exageraban… Y entonces, zaca.

Zaca no es nadie. Pero si Zaca fuera alguien, sería un hijoputa muy sádico.

Llega la primera escena “famosa”. Yo no tenía ni idea de lo que iba a ver, porque por una vez hice el inmenso esfuerzo de intentar no autospoilearme la cosa leyendo información de más, y lo cierto es que se me revolvieron las tripas. Y fue en ese momento cuando me di cuenta de que las amenazas iban en serio: sí, iba a ser una experiencia horrible terminar esa película. Se venía intuyendo, un poquito, sólo un poquito, como un ruido de fondo, y ahora ya era imposible ignorarlo. Y, naturalmente, la opción de parar era impensable; el argumento era demasiado interesante como para abandonarlo sin conocer el final.

A posteriori me planteé si, de haber leído una descripción de esa y las siguientes escenas desagradables, me habría decidido a ver o no el filme. Y sí, creo que sí, porque descrito no causa la misma impresión que, no visto, sino vivido. Por la forma en que se narra la historia, el espectador la va viviendo con el protagonista a la par. No es como si le estuviera sucediendo todo eso a uno mismo, pero es lo más cerca que se puede estar de esa sensación. Sin embargo, al contarsela a alguien la ordenamos cronológicamente, cada personaje es quien realmente es y no lo que parecía al principio, etc.

A partir de esa escena es como caer en picado anímicamente.

No es fácil presenciar cómo la vida de una persona es destruida sin piedad, no matándola, sino acabando con todo lo bueno que hubiera tenido y con sus esperanzas. Tratar a personas como cosas no es algo precisamente nuevo, es más, me atrevería a decir que a cierto nivel lo hacemos todos. La culpa es de los jodidos mimos, naturalmente, pero también tiene que ver el hecho de que no somos capaces de cargar con los sentimientos de todo el mundo porque nos hundiríamos, no podríamos hacer nada. Los sentimientos sufren obesidad morbosa. Es como querer respetar todas las vidas: vale, no mates a nadie, no mates animales por diversión, no los mates para comer, no los mates para fabricar utensilios… no los pises, no te los comas mientras duermes si se te meten en la boca, no uses insecticida. Ni siquiera estando inmóvil -como un jodido mimo- es posible lograr eso. Y si es de actores de la industria del porno de lo que se trata, ni te quiero contar: para mucha gente con problemas graves de carencia de empatía (lo que viene siendo el tratarse de un cabronazo psicópata de tres pares de cojones) la gente que trabaja en algo relativo al sexo es una cosa. Una cosa con tetas, o una cosa con polla, o una cosa con ambos, pero desde luego no una persona. Y si algo le ocurre, en fin, no es lo mismo que si le ocurriese a una persona como tú y como yo…

De todos modos, hay que ser cabronías para intentar estirar el concepto de “arte” hasta lo que viene siendo quitarle a una persona (por más que en la cabeza de uno no sea más que un coso, un cacharro, un trasto, un… aparato) todas las ganas de y razones para vivir, y ya si eso que ella misma aprete el gatillo y te ahorras una bala. No hablo del director de A Serbian Film, sino de la película que se rueda dentro de la que vemos, que ni siquiera se conforma con la idea de ser snuff sino que va más allá, involucrando mucho más que el cuerpo y la capacidad de sufrimiento del protagonista. Principalmente porque para utilizar ciertos métodos de tortura hay que ser consciente de que tu víctima tiene sentimientos, por lo que sabes en el fondo que estás dañando a alguien, incluso a muchos álguienes, y que aunque no quieras reconocerlo no han hecho nada para merecer lo que les estás obligando a hacer.

Voy a intentar contar de qué va sin revelar nada de más, que a veces me paso de profunda porque a mí misma me entiendo genial y resulta que nadie más sabe de lo que estoy hablando.

Un actor porno retirado que fue una leyenda hace unos años se encuentra en apuros económicos. Pese a sus ahorros y los vídeos cutres que rueda de vez en cuando, y pese al trabajo como traductora de su guapa y adorable esposa, el dinero no les llega más que para ir tirando malamente, y el hijo de la pareja, un niño de unos cuatro años, cada vez va a suponer más gastos… pero sobre todo, piensa nuestro protagonista, merece una vida mejor en un sitio tan distinto como sea posible de la triste Serbia. Una antigua compañera de profesión le pone en contacto con un director de, digamos, una nueva corriente de pornografía artística (aquí es cuando una espera algo tipo Látex, quizás) que quiere que participe en su nuevo proyecto a cambio de una pastaza gansa. Ya de principio la cosa suena un poco escamante: nadie da duros a peseta, etc. Luego empieza a verse que, efectivamente, el proyecto es un tanto rarito. Para cuando queda claro cuáles son, en su extensión, los objetivos de esa película, ya no es posible echarse atrás.

Y ahí añado nuevamente yo: ni para el protagonista, ni para nosotros. ¿Merece la pena aún así verla? Yo creo que sí, pero porque estoy dispuesta a pagar el precio (una semana deprimida, y no, no es coña. No pude ni llorar, porque hay un estado de falta de ganas de vivir en que por no hacer nada ya ni lloras siquiera) por comprobar que no me he hecho inmune a tragedias así, tragedias que ocurren día a día pero de las que no queremos hablar, porque ni queremos enterarnos ni queremos joderle la vida a otra persona contándoselas.

Podría seguir escribiendo sobre esta película, pero creo que bastante tostón he metido ya. Lo principal es que os quedéis con una idea: es una historia, no dos escenas. No se puede reducir todo a eso, sería no sólo injusto sino también bastante paleto. Y la historia es muy dura, pero interesante; ficción, pero partiendo de la realidad de lo que parece ser un país incapaz de recuperarse psicológica y económicamente de sus heridas de guerra. A partir de aquí, decidid vosotros si quitarle las rueditas de apoyo a la bici o comerse el seto, pero no olvidéis que antes o después acabaremos de igual modo entre las ramas de un zarzal hambriento de carne humana.

OTRAS DIEZ DE CIEN: LAS PELÍCULAS MÁS INTERESANTES DE MI 2010 (parte II)

28.junio.2010 - 12:07
  1. Slumber Party Massacre (1987): la frase promocional se pasa de lista afirmando que es un nuevo Rocky Horror, cosa que podría hacerme montar en cólera (mi pony) y matar a las tres generaciones venideras de los implicados en su creación, pero no puedo detestar en serio un intento de llamar hermosa a una hija para que se sienta bien. Lo de menos aquí es la historia principal (y, como en otras sagas, ésta peli se integra en la de Slumber Party Massacre en poquito más que el nombre), lo que a mí me impresionó fueron las implicaciones del desolador final. Bueno, y el malo lleva una guitarra eléctrica que taladra gente, y eso siempre suma puntos.
  2. The Return of the Texas Chainsaw Massacre (1994): la inclusión de esta película en la lista de “especiales, interesantes, destacables que he visto” os puede llevar a pensar que me he vuelto gilipollas repentinamente, pero no: soy así de siempre, y la peli está porque presenta el final de la evolución como personaje de Leatherface (sospecho que soy de las primeras personas en escribir esa frase) y tira por un lado que no es ya el del slasher simple, mata-mata-gente: es como ver La Matanza de Texas con, o más bien desde, los ojos de un esquizofrénico paranoide. Se le va la olla mogollón, en serio… ¡lo bastante para que la presencia de Renée Chupalimones Zellwegger no moleste!
  3. The Pit and the Pendulum (1991): podríamos decir que es una historia de Poe pasada por el filtro de la Full Moon, pero lo cierto es que la trama es mucho más compleja e interesante de lo que esa descripción sugeriría. Además, no sé si por algún defecto genético o por haber sido ajusticiada por la Inquisición en una vida pasada, pero me entra la risa tonta cada vez que nombran a Torquemada, y aquí es uno de los personajes principales.
  4. Uninvited (1998): érase una vez un gatete sometido a experimentos en un laboratorio, y a consecuencia de ello de vez en cuando le sale por la boca un gato asesino que mata. Claro, joder; es asesino porque mata. En fin, el tema es que mata mucho, y que se ha escapado, y que unos pobres lerdos que no tienen idea de lo mortífero que es el gato suben a un barco llevando con ellos al felino. Puede parecer rid… El punto de partida es ridículo, lo reconozco, pero las actuaciones, el esfuerzo de casar la historia, las reacciones tan inusualmente naturales de los personajes y otros pequeños detalles del estilo hacen que una pase por alto lo ridículo en favor de lo hipermegaguay y disfrutable que es esta película. Mola mucho. Eso sí, no la veáis acompañados o borrachos porque entonces no podréis dejar de reíros como condenados.
  5. Sleepwalkers (1992): las películas de terror de los años noventa tienen un sabor especial, ¿verdad? No sé si es la estética, la temática (es innegable que dentro del género hay modas) o qué, pero lo tienen. Dicho lo cuál, a lo concreto: Sleepwalkers se basa en una historia no publicada de Stephen King, lo que viene significando nada porque adaptando sus novelas y relatos se ha logrado de lo mejor, de lo peor y de lo más mediocre del cine. El caso de Sleepwalkers depende más de los gustos de cada uno que de una visión objetiva, creo yo: a mí me ha encantado, pero tiene momentos de, digamos, patetismo absoluto. Según uno encuentre ese patetismo absoluto insoportable o no le gustará o no la peli. Yo, en fin, no puedo odiar una peli en que matan a alguien clavándole una mazorca de maíz en la espalda. Los personajes y la historia en sí están bastante bien armados: los últimos supervivientes de una raza de felináceos monstruosos luchan por no extinguirse, pero para esto han de matar caprichosamente a jovencitas al tiempo que evitar arañazos de gatos de los de verdad, pues es lo único a lo que son vulnerables. El hecho de que durante la hora y media maten (no de verdad, naturalmente) a cientos de gatos no impresiona tanto como el que yo lo haya tolerado con tal de poder seguir la historia. La verdad es que esto último no me lo esperaba ni yo, y aún no me lo acabo de creer, porque me suele encabronar muchísimo el maltrato animal en el cine aun cuando sé perfectamente que es fingido. Lo único malo que puedo echarle en cara a Sleepwalkers, que algo tenía que haber pero joder qué poco es, es la presencia del repugnante Brian Krause, que me da mucho asco, pero entre la bellísima Mädchen Amick y el sinfín de cameos de directores de terror queda más o menos compensado.
  6. The Ebola Syndrome (1996): que me gustase ha sido otra sorpresa para mí, la verdad, porque es desagradable, canalla, asquerosa y lentérrima… ¡pero es que tiene un montón de carisma! Y de humor, no nos olvidemos de las toneladas de humor más o menos negro que hay durante toda la peli. El argumento, en principio, no tiene mucho de gracioso: un tipo odioso, malvado y repugnante contrae el Ébola pero se convierte en portador, no padeciendo la enfermedad pero sí contagiándola. Y es cocinero. Y, entre otras muchas cosas que muestran lo escasito de su moralidad, mata gente y la utiliza para hacer hamburguesas, y esas hamburguesas están infectadas, naturalmente, y el Ébola se propaga a velocidad de vértigo gracias a esto… Lo que no impide que todo resulte grotesco y ridículo a mares. El protagonista, que tiene una larguísima carrera como actor a sus espaldas, lo borda, y eso levanta ya de por sí un 70% de la película; el resto lo hace la serie de barbaridades inimaginables que no deja de aparecer. Eso sí, dado el carácter de dichas barbaridades… ¡sólo recomendable para estómagos de acero!
  7. Two Evil Eyes (1990): si The Pit and the Pendulum se basaba vagamente en relatos de Poe y llegaba a ser de las mejores adaptaciones hechas, la otra buena en la que pienso siempre es ésta. Romero repasa The Facts in the Case of Mr. Valdemar y Argento se encarga de The Black Cat (mi relato de Poe favorito), y ambos lo hacen para chillar de gusto agarrando los hombros de alguien y dejándole sordo. Ninguna de las dos historias es un simple volcado del papel a la pantalla, sino una reinvención en un tiempo presente y mezclando detalles de otros relatos (como el escalofriante Berenice, que me tiene traumatizada desde mi inagotablemente interesante infancia) para lograr un tonillo realista y que quede, en general, más chulo. Como decir que el resultado está de puta madre sería un tanto ordinario, me limitaré a calificarla de muy recomendable y altamente destacable como película propia y como adaptación de la obra de Poe.
  8. Kynodontas (2009): la famosa Canino o Dogtooth de la que seguramente habréis oído hablar ya, es posible que incluso hayáis leído algún comentario al respecto por parte de alguna hermosa señorita bloguera. Esta película griega es probablemente una de las más enfermizas que he tenido el sucedáneo de placer de ver. Digo sucedáneo porque se mezcla de una forma bastante incómoda con el arrepentimiento de haberla visto, el estómago y el alma revueltos, la conciencia para siempre turbada y, sin embargo, la impresión de haber presenciado algo muy, muy interesante (¡cómo no va a ser interesante si provoca tales efectos!). Sin necesidad de gastar litros de sangre falsa y sembrar los decorados de miembros falsos amputados logra ser traumática de cojones: ¿cómo pueden… ? ¿Y pretenden… ? ¿Pero no han pensado que… ? ¿Por qué hacen ESO? Ni fantasmas, pues, ni vampiros ni extraterrestres, pero monstruos y locos sí que hay. Y tienen el mismo aspecto que cualquiera.
  9. Cannibal (2006): el caso de Armin Mewes, el caníbal de Rotemburgo, se ha llevado a la pantalla varias veces, al igual que otros muchos sucesos reales horribles, y aunque me suelo saltar estas películas porque me dan demasiada impresión, en este caso decidí hacer una excepción. Veréis, el canibalismo que suele aparece en el cine que yo veo consiste normalmente en que hay gente que come a gente que no quiere ser comida por gente ni por nadie en general, gracias, pero aquí la perversión máxima no es que un hombre se coma a otro, sino que el otro desee ser comido. Dentro de la ficción (que es todo lo que es, o eso quiero pensar) parafílica que es la ginofagia, o querer comer mujeres -si hay androfagia o, simplemente, personofagia, no tengo constancia de ello. Lo de comer hembras se justifica internamente con el hecho de que la carne femenina es más tierna que la masculina-, hay artistas e historias que consideran eso mismo: que el que va a ser comido lo acepta y lo desea tanto como el que va a comer. Pues bien, quería comprobar qué enfoque le daban a algo tan demente en la película. Por fortuna, resulta ser el que yo esperaba encontrar: ¡¡¡que ambos están como putas chotacabras!!! ¿Quién sino va a andar haciendo esas burradas, joder? Es decir, la película consiste en la exposición de los hechos que realmente ocurrieron, pero dejando bien clarito que lo que hay tras esos hechos son unas mentes gravemente enfermas, no un simple capricho o una forma alternativa de vida provocada por una cierta educación o algo que de una forma similar pudiera dar lugar a una excusa para ese comportamiento. Claro, no voy a recomendar ver esto porque considero que eso ya lo sabe todo el mundo… ¿no?
  10. Kairo (2001): empieza con internet y una red de suicidios que parece provenir de una página web y acaba de un modo muy, muy confuso que deja una sensación similar a The Beyond, mezclándose una especie de fin del mundo conocido y de todo lo racional, la muerte, lo inconcebible y el terror absoluto. Los conceptos archijaponeses de uchi y soto (acerca de la relación de uno con el grupo, su pertenencia y exclusión, etc. ) protagonizan en gran medida esta historia y la convierten en algo mucho más grande que una película: la estás viendo y de pronto te das cuenta de que simultáneamente estás replanteándote y evaluando tu vida en serio, con preocupación incluso. ¿Cuál es la relación entre los suicidios, si es que son eso, los fantasmas que habitan determinadas estancias y la soledad? ¿Cuál de las tres cosas es, realmente, la que está acabando con la población? ¿Qué narices está pasando, que me he perdido y no me encuentro? Es una historia difícil de seguir y con un final un poco desconcertante que no es que aclare las cosas precisamente, pero creo que merece la pena echarle un vistazo al menos para saber cómo es eso de tener dilemas metafísicos entre susto y susto con un fantasma. Ah, y del remake estadounidense no tengo ni idea ni interés alguno en él, ni creo que nadie haya de tenerlos.

¡Próximamente, la parte III! ¡Sí, aún hay más, es flipante!

DIEZ DE CIEN: LAS PELÍCULAS MÁS INTERESANTES DE MI 2010 (parte I)

19.junio.2010 - 21:10
  1. Dark Night of the Scarecrow (1981): ésta es una de las muchas películas de terror que mi madre vio alguna noche y procedió a contarme con pelos y señales a la mañana siguiente, antes de irme al colegio. Lo más curioso es que la mayoría de estas pelis las recuerdo con todo detalle, al punto de saber lo que va a ocurrir en la escena siguiente en todo momento. En fin, curiosidades aparte, la historia que cuenta es la siguiente: un hombre con retraso mental salva a una niña amiga suya del ataque de un perro pero los habitantes del pueblo, que ya le tenían asco y odio, malinterpretan el accidente y creen que la ha agredido él, por lo que deciden lincharlo sin importarles qué ha pasado realmente. Con lo que ellos no cuentan es con el espantapájaros, testigo del asesinato y continente del cadáver, y con el fuerte vínculo entre el espíritu del tipo y la niña; en una palabra: venganza. Muy tierna y bonita *snif*
  2. Freakshow (2007): toma remake, macho. Al ver Freaks (1932) me quedé flipando con lo grotesca y horripilante que podía llegar a ser una película sin necesidad de sangre o violencia siquiera… Resulta que metes unas cuantas personas con deformidades físicas notables y conviertes una historia de terror de lo más clasicota en una exhibición real de lo macabro, con todo el problema ético que esto supone (a fin de cuentas, nadie les obligó a participar, pero están siendo presentados como monstruos de feria) y la grima que puede dar. Pues bien, en el remake no se han preocupado tanto por buscar “monstruos de feria” que interpreten a monstruos de feria como por machacar la historia principal: una cazafortunas busca casarse con el adinerado propietario del circo, que es un tipo bastante feo y trabaja, eso sí, con “fenómenos de la naturaleza”, por llamarlos algo menos desagradable. De estos fenómenos, la mayoría son maquillaje, prótesis y efectos especiales, y lo poco que hay que no lo es lo compone un tipo sin brazos, uno sin parte inferior del cuerpo y el archiconocido hombre lagarto (en cuyo caso todo es modificación corporal llevada a cabo por decisión suya). Esto ayuda a relajarse una barbaridad, al menos a mí, y en eso anda una cuando empieza la cosa a ponerse chunga, más chunga, más cruel, más macabra (hay un asesinato que, sin mucho artificio, es desagradabilísimo), y llega la escena final, en la que igual que en la original la mala es alterada para convertirla en monstruo, y la madre que parió a los de los efectos, ¡casi me desmayo! No estoy diciendo que la película sea buena o interesante, conste, pero en general estoy lo suficientemente curada de espanto para que mi estómago no se revuelva con cosas que sé perfectamente que no son más que ficción, y en este caso ni la experiencia ni el pensamiento lógico me salvaron de sentirme fatal.
  3. To Die For (1988): no, no es la de Nicole Kidman, tranquilos. Ésta es de vampiros, pero repito: no sale Nicole Kidman, por más pinta de no muerta que tenga la australiana. La historia es simplista a tope: Drácula busca un palacete majo en los States, se lía con la agente inmobiliaria y al novio de ésta no le sienta bien y decide ponerse en plan Buffy. Lo bueno que tiene: una de las actrices (la mítica Tina de la primera Nightmare in Elm Street, la primera víctima de Freddy) lo hace requetegenial, da gusto verla actuar, en serio. También, hay montones de pequeños detallitos muy cuidados por todas partes, de esos que te hacen ver que realmente le han puesto ganas a la película, y salpicaduras de humor bastante interesantes. Y, en fin, cada quince mil años me apetece ver una peli de vampiros que no apeste.
  4. The Exorcist III (1990): ésta la vi hace muchos, muchos años (sí, la mayoría de películas que he visto o me han contado durante mi infancia me han dejado un recuerdo indeleble y muy bonito. Qué queréis, yo no tenía amigos y no jugaba con muñecas porque me daban miedo), pero no por ello ha perdido ni pizca de su efectividad… Y con efectividad quiero decir aquí que una de las mejores escenas del cine de terror de todos los tiempos, incluída en esta peli, tiene una capacidad infinita de hacer que mi corazón intente taparse los ojos con las manos. No sigue, más que porque a capón han metido algunas escenas y personajes, la saga de El exorcista en sí, pero igual que en el caso de Halloween III: Season of the Witch, que tampoco tiene nada que veer con la saga Halloween, no podría importar menos ese detalle. Aúna asesinatos en serie tremendamente misteriosos con temas religioso-demoníacos-hospitalescos, y sale Fabio, el modelo, en una imagen un tanto difícil de olvidar (ya sólo por eso merecería la pena verla). Es extremadamente disfrutable y una de las pelis que con más motivos puedo recomendar a fans del género. Vedla, joder.
  5. Ki-re-i? (2004): ¡nos vamos a Japón! No, no os hagáis ilusiones, que sólo me refiero a que de ahí es esta peli. Trata de una cirujana estética con mucho renombre que se ve acosada por una mujer tan poco agraciada que, de hecho, es desgraciada, y que quiere que la “redibujen” y la conviertan en la belleza que siempre ha deseado ser. Yo te opero, va, dice la cirujana, pero es que un par de días después la otra vuelve pidiendo otro arreglillo, y luego otro, y luego otro… Y al final la cosa se pone mogollón de chunga. Si os gustan las películas acerca de operaciones de cirugía estética (sé que es un gusto muy concretito, pero… ) y de gente pesada que convierte la vida de uno en un infierno, os la recomiendo. A mí me ganó con una nariz de pega, y no digo más por no fastidiar, pero anda que la frase no tiene su aquél especial.
  6. No moriré sola (2008): porque no sólo me estoy refiriendo a películas que me hayan gustado. Ésta en concreto la he odiado, casi me da algo de lo desagradables que llegaban a ser algunas escenas. Seamos claros: mezcla Mother’s Day con The Last House on the Left a partes iguales, veréis. El temita: un grupo de muchachas que van de viaje en su coche, tan tranquilas ellas, es atrapado por unos desgraciados que las golpean, violan, violan, violan, etc., luego las vuelven a violar, luego matan a algunas, pero las violan otra vez de todos modos, violaciones para todo el mundo. Unas pocas chicas consiguen escapar al tiro de gracia, y mientras intentan ponerse a salvo también buscan vengarse. Como os podéis imaginar, no es una historia precisamente bonita, y yo me sentí fatal durante horas después de haberla visto. Todo esto me jode especialmente porque dos de las pelis anteriores del director (Habitaciones para turistas y 36 pasos) me gustaron un montón y si vi ésta fue porque me fiaba de la mano que había detrás, ¡toma sopapo en toda la jeta! Naturalmente, yo no puedo deciros qué ver y qué no, aunque lo haga todo el tiempo, pero en este caso me gustaría recomendaros que pasáseis de este título.
  7. Happy Birthday to Me (1981): esto ya es otra cosa, desde luego. Un slasher clásico, agradable y básico con un finalazo de lo más simpático que deja con buen sabor de boca a los espectadores. Además, la vi de pequeña también. Ya sabéis.
  8. Mirror Mirror (1990): el tagline dice “A Shocking Reflection Of Evil In The Tradition Of Carrie and Heathers”, pero en realidad recuerda más a la serie Misterio para tres (Friday the 13th: the series), con aquello de un objeto maldito (un espejo, en este caso), una adolescente a la que se le ofrece tener cuanto desee y gente que pretende interrumpir el consiguiente goteo de chavales muertos. La peli dio lugar a una saga de la cuál sólo he visto la 2, y mal no está pero no es gran cosa: lo normal en estos casos, que van perdiendo fuelle y se parecen sospechosamente a pelis de los directores favoritos de quien las haga. Simpaticota. Bueno, es que yo echo de menos una barbaridad ese tipo de historias con objetos malditos; Misterio para tres era, evidentemente, mi serie favorita durante el tiempo que la emitieron.
  9. Paranormal Entity (2009): la prima del pueblo de Paranormal Activity ha resultado ser uno de los mejores productos de la productora-fotocopiadora Asylum (que se dedica a sacar pelis parecidas a taquillazos del momento pero sin invertir ni la centésima parte de pasta, vaya), porque la historia, aunque se note un montón el parentesco con PA, en un momento dado tira en otra dirección, una bastante macabra, por cierto (el fantasma se dedica a violar a la hija de la familia, ahí es nada), pero con su punto de originalidad e interés. Vamos, que se puede ver ésta sin tener para nada en cuenta PA y, aunque sea descaradamente barata, se tiene en pie.
  10. Just Before Dawn (1981): no deja de ser un slasher con chavales en un bosque que van siendo asesinados por paletos rurales, pero es de los mejores (no en imágenes, no en calidad, no en actores… pero tiene un Algo, en serio) y contiene una muerte final apoteósica, de mis favoritas del cine. Oh, y los personajes que más duran muestran una cierta evolución en su carácter y tal, lo que seguro que es muy valioso desde un punto de vista distinto del mío (no, en realidad a mí me gustó también eso, pero la muerte del final es que es lo más).

¡Más, próximamente, en la parte II!

WE COULD BE HERODES JUST FOR ONE DAY

7.mayo.2010 - 16:11

Detesto a los niños.

Al igual que la directora de la Matilda de Roald Dahl, la señorita Trunchbull, pienso que deberían esconderlos hasta que se conviertan en personas. Mientras tanto son incultos, ruidosos, idiotas, insoportables, y a la mayoría les permiten dejarlo bien clarito en la calle, delante de todo el mundo, sin siquiera tomarse la molestia de reprenderlos.

Por desgracia, nuestro contacto con los críos no depende de nuestra propia voluntad.

Una vez, estando yo en tercero de BUP, los profesores nos obligaron a unos compañeros y a mí a llevar a unos mocosos de tres años de visita al Museo del Ferrocarril, acompañando a un par de profesores que cobraban por ello, no como nosotros. Naturalmente, intenté resistirme: curvé los dedos a modo de garras, enseñé los dientes y me llené la boca de espuma de jabón para que pareciera que tenía la rabia, pero tras amenazarme con matar a Ray Bradbury tuve que aceptar.

Fue peor de lo que esperaba, y eso que esperaba lo peor.

Primero tuve que subir a los críos, sorprendentemente pesados, al autocar. No sé exactamente cuánto se supone que debe de pesar un niño de tres años, pero estos llegaban fácilmente a los 350 kg. Quizás no eran niños sino robots de apariencia humana con el chásis gordo. Después, el viajecito, controlando por un lado mi tendencia al mareo en transportes estúpidos y por otro que los niños no arracasen los asientos del suelo ni se comiesen entre ellos. Después, bajar a los niños, que como pude ver en ese momento suelen creer que son capaces de volar pero no.

Luego llegó el momento que se sigue repitiendo en mi mente cada vez que pienso en niños, trenes o museos: a uno de esos bichos se le ocurrió que pegarme patadas era divertido, y decidió que su vida había de estar repleta de diversión. En seguida, los demás niños se le unieron. Me encontré rodeada por unos quince enanos que me arreaban patadas, puñetazos y mordiscos en las piernas y las caderas (estoy segura de que alguno buscó una escalera pero no la encontró). Los profesores, mis compañeros, otros adultos que por ahí andaban, sonrieron al ver tan tierna escena, e incluso el tren hizo chuchú para colaborar con el ambiente festivo. Nadie hizo nada por librarme de esa plaga de sanguijuelas, ni siquiera yo misma, porque sospechaba que si tiraba a algún niño a las vías encima me mirarían mal. Me pegaron hasta cansarse. A día de hoy, mis piernas aún se esconden al ver preescolares por la calle, lo que resulta bastante molesto porque entonces me caigo de cara. Y, encima, tuve que volver a subir a los críos, que además de pesar una salvajada ahora se estaban descojonando de mí en mi propia cara, al autocar.

Durante los siguiente quince millones de años permanecí internada en un psiquiátrico, intentando superar el trauma. Finalmente, los médicos se dieron por vencidos y me soltaron, diciendome: “en el futuro es posible que se encuentre una cura para lo tuyo, linda muchacha… ¡No pierdas la esperanza!”. No hace falta decir que no fue así, ¿verdad?

Tiempo después -y muchas batallas contra niños perdidas después- viví lo que fue sin duda el peor suceso de mi vida adulta.
Estaba en la sala de espera del médico de cabecera, sala que comparten los pacientes de mi médico y los del pediatra de la consulta contigua. Normalmente no tengo que soportar más que gritos, llantos desesperados, berrinches, pataletas, tiramiento ruidoso de juguetes y biberones y cosas normales con las que intento ser comprensiva, paciente y hermosa, pero esta vez debí de haber ofendido a algún dios con muy mala leche…

Yo tengo el pelo largo. Largo, largo. Un poco por debajo de la cintura, vaya. Esa tarde fui tan imbécil que no me recogí el pelo (cosa que ahora hago siempre). A mi espalda estaba sentado un crío estúpido con la desgraciada de su madre. Con el primer tirón pensé: “me habré enganchado con el respaldo del asiento”, y seguí leyendo mi novela de ir al médico a esperar dos horas para que me atiendan. Al segundo tirón me giré y vi algo que era como una mano humana pero en canijo tirándome del pelo. Pensé “el pobre tarado se habrá enganchado, nada más”. Hubo otro tirón de pelo, mucho más fuerte que los anteriores, y entonces sí que me fue imposible ignorarlo, porque el crío le dijo a gritos a su madre y el resto de allí presentes: “¡mira, mamá, le he tirado del pelo, jajaja!”.

Yo me giré y le dije “sí, y como vuelvas a hacerlo te la cargas”. Tras lo cual, en vez de respaldarme y reprender al enano (que era lo que yo, ingenuamente, pensaba que haría cualquier madre en esa situación; la mía lo habría hecho), su madre empezó a arder como un mutante de esos que tienen la capacidad de arder y a gritarme que yo no tengo derecho a decirle nada a su hijo, ni a ella, ni a nadie en este mundo, y que seguro que nadie me quiere y no sé lo que es un niño ni siquiera como concepto abstracto, y que su hijo no ha hecho nada malo porque ha sido sin querer, y bueno, es que tiene cuatro años y no sabe lo que hace, y al señor este de aquí delante lleva un rato haciéndole burla y no se queja, y eso es lo normal y no lo mío, que soy una bruja horrorosa y moriré vieja y sola, vieja y sola, vieja y sola.

Lo de “vieja y sola” lo siguió repitiendo durante más o menos tres años sin parar ni parar ir al baño (a fin de cuentas, a una mujer que no le importa llevar sus heces al pediatra diciendo que es un niño, poco le puede importar defecar en público). También dijo que ni yo ni nadie puede decirle cómo criar a su hijo, lo que me hizo sospechar que no era la primera vez precisamente que sus cualidades como educadora de monstruos eran cuestionadas, e hizo ademán de pegarme; todo esto mientras el crío me insultaba a gritos e intentaba volver a tirarme del pelo, que debe de ser adictivo o algo así.

Un par de señoras intentaron calmarla por el poco efectivo procedimiento de decirle que ella se equivocaba y que con cuatro años ya tendría que estar el animalito un poco más domesticado. Estaba a punto de desencadenarse un final tipo Carrie, y los demás pacientes debían de oler el gas porque se mantuvieron con la cabeza gacha todo el rato, fingiendo no oír nada. Una enfermera salió de una consulta y me dijo -a mí- que dejase de gritar, a lo que me quedé pensando, para eso tendría que haber empezado a gritar antes… Pero ninguna bella joven puede jamás vencer socialmente a una madre de familia, ya que la familia, y no el suelo, es la base de nuestra sociedad. Las madres son heroínas, vamos, porque hacen algo tan innovador y contracorriente como Criar Un Hijo y Ser Madres, y es que pasarse años limpiando culos da un estatus increíble.

Al final, una persona decente que emanaba luz por alguna extraña razón, aprovechó un momento en que el viento estaba a su favor y su voz llegaría hasta mí para decirme que allí había un sitio libre, y tras cambiarme a un asiento apartado de la loca esa el volumen de los gritos empezó a bajar poco a poco, hasta que ya se oía sólo: “¡vieja y sola, vieja y sola!”, pero como si estuviera hablando groseramente, no como si pelease por reventar sus cuerdas vocales. Creo que esa tarde todos salimos de ahí repitiendo “vieja y sola”, y es que dudo mucho que los líderes espirituales de una secta sean mejores personas que aquélla.

Tras este incidente empecé a tomar la píldora anticonceptiva, y me subieron la dosis de ansiolíticos al nivel “broker de Nueva York”.

Pese a esto, todo el mundo -especialmente mi madre, por alguna oscura razón- sigue insistiéndome en que en algún momento querré tener hijos, o que en cualquier caso los tendré, y entonces sí que pagaré por mis pecados y los de todo el barrio. Yo les repito que no, porque el anticristo ha de nacer de una madre cabra, no humana, y que si con casi treinta años no quiero tener nada que ver con niños es posible que no cambie de opinión; no sería la primera mujer que decide no convertirse en madre porque no quiere (ahí está el movimiento Childfree, contra cuyos tobillos las madres azuzan a estos sus perrillos calvos, la única arma de la que disponen en esta vida).

Puede que la gente no me tome en serio porque todas las mujeres son iguales, máquinas de hormonas diseñadas para babear delante de rollizos críos que cecean y huelen raro, dispuestas a pinchar condones para atar a hombres por toda la eternidad y convertirlos en seres desgraciados, pero también es posible que no me crean porque saben, y no lo niego ni lo negaré nunca, que me encantan Shin Chan, Calvin y Hobbes y El pequeño Nicolás. Un anime (y manga), unos tebeos y unos libros (recientemente llevados al cine en una película preciosa que le recomiendo a todo el mundo, por cierto) protagonizados por niños, para niños, acerca de niños, todo niños, niñosniñosniños.

Para algunas personas es posible que mi odio por los niños de verdad no sea compatible por mi amor por algunos niños de mentira. Yo no veo problema alguno en que ambos sentimientos convivan, porque a fin de cuentas Shin Chan, Calvin y Nicolás sólo están ahí cuando yo quiero, si gritan lo hacen al volumen que yo mande y, sobre todo, están tan lejos de mí como puede estar el mundo en que viven las cosas que no existen.

Ahora planteo yo lo contrario: estos niños de ficción que tanto me/nos entretienen, que tienen tanto salero todo el rato, que siempre que hacen algo es algo interesante, no como los niños reales que o son insufribles o están dormidos, ¿acaso alguien ve a estos críos y dice “yo quiero un Shin Chan, yo quiero un Calvin, yo quiero un Nicolás?”. Vale, lo de Nicolás podría ser porque es un niño muy bien educadito a pesar de ser un desastre como todos los niños y con lo pequeño que es ya sabe francés y todo, pero lo de los otros lo veo imposible. No, sed sinceros: nadie quiere ser padre de un Shin Chan o de un Calvin, ni siquiera los suyos (salvo un par de segundos al día, aproximadamente).

Pues así son, para mí, todos los niños. Todos ellos son Shin Chan, del primero al último. Y ver la serie me permite, por un lado, divertirme (toda comedia es una tragedia que le pasa a otras personas, ya se sabe) y por otro verificar la idea que tengo de esas criaturas malvadas, insolentes, ruidosas, maleducadas y vacuas de interés. El resto del tiempo intento pasarlo alejada de esos canijos, apartándome de ellos en la calle y, desde luego, sentándome lejos de la zona de pediatría en la sala de espera del médico. Con el pelo debidamente recogido, sí. No quiero más experiencias traumáticas, que bastante odié ser pequeña yo misma (estaba deseando hacerme adulta, y cada día que pienso en mi edad doy saltos de alegría porque conseguí salir de ese infierno y convertirme en persona de verdad) y suficientes casos horribles de primera mano, como los que he compartido hoy con vosotros y antes de hoy con muchos psiquiatras, he vivido ya. No voy por ahí asustando niños ni nada del estilo, más que nada porque para ello tendría que estar cerca de ellos, pero no quiero ninguno en mi vida. En mi vida, en la vida, vaya.

Mi gata nunca me llamará “mamá”, pero tampoco “monstruo del culo gordo”. Con eso, queridos y queridas, yo ya me doy por satisfecha. Además, sólo sé escribir salvajadas de terror, no creo que el mundo quiera recibir un hijo creado y criado por mí en un formato que no incluya portada y contraportada…

La edad de la inocencia

6.abril.2010 - 16:23

Hace unos días pude ver la película Canino (Kynodontas, 2009) en el madrileño festival de cine SyFy, y hasta hoy he estado intentando concretar mi opinión sobre ella en palabras, o incluso en dibujitos; como fuera necesario para hacerme entender. No ha sido fácil, y lo de los dibujitos lo he acabado dando por imposible (se me da fatal), y es que nada lo es cuando se piensa mucho en ello (igual que esas palabras que un día nos suenan raras).

El argumento de Canino es bastante simple y ya lo hemos visto en ocasiones anteriores: por ejemplo, en la película El Bosque (The Village, 2004), de M. Night Shyamalan, veíamos un pueblecito de gente autorrecluida a lo amish en el que los jóvenes no sabían nada del mundo exterior y eran apartados de la tentación de conocerlo mediante el miedo; el relato “La caja de sorpresas” (“Jack-in-the-box”, de Ray Bradbury) presenta no ya una aldea, sino un simple edificio en una ciudad cualquiera, convertido en un reino de tres habitantes por la imaginación de una madre que se desdobla en dos personajes (pues se disfraza para ser también la maestra del niño protagonista) e inventa una realidad falsa para su hijo.

En Canino, un padre y una madre maduros viven en una casa en el campo con sus tres hijos, que están entre la adolescencia y la juventud. El único que sale de la finca es el padre, que va a trabajar y a comprar lo que sea necesario para mantener a la familia. Los demás no tienen permitido traspasar el jardín. Los padres han convencido a sus hijos de que el exterior es peligrosísimo y sólo se puede salir en coche, antes de lo cuál tienen que haber perdido un diente canino (cosa que les ocurriría al hacerse mayores). Recluyendo así a la familia, los adultos pretenden proteger a sus hijos de los peligros del mundo, del que lo ignoran casi todo puesto que no tienen apenas contacto con él. Esta situación, sin embargo, acaba por descontrolarse, como era de esperar (porque si no, no habría película, vaya), y ocurre la tragedia.

Tanto ambas películas como el relato que he mencionado llegan a la misma conclusión: la inocencia no preserva del mal, porque los peligros no están sólo en los demás y es imposible mantenerlo todo bajo control por más que se cierre la mano entorno a ello. En El bosque, uno de los personajes sufre un accidente y se encuentra al borde de la muerte, es necesario administrarle medicamentos para que sobreviva, pero para ello alguien ha de salir al exterior, aprendiendo con ello que la realidad no es lo que le habían dicho hasta entonces. En “La caja de sorpresas”, el niño queda solo de pronto; ¿cómo se las apañará si ni siquiera conoce aún todas las habitaciones de la casa en que vive porque su madre no le veía preparado para ello? ¿Le quedará otro remedio que traspasar el portón? Y si sale a la calle y ve que el reino en el que un día iba a ser dios es diminuto en comparación con la ciudad, y que no hay escarabajos gigantes esperando para matar la gente (¿y qué es la muerte, de todas formas?), y que el sol no es la lámpara, y que no todas las mujeres tienen una cara muy parecida… ¿Entonces, qué pasará?

La intención de los padres en todos estos casos era mantener a los suyos a salvo de los ataques de los demás, y ésta era una decisión tomada tras un acontecimiento doloroso y traumático.

La familia de Canino encuentra la tragedia por las mismas razones que hemos visto en los anteriores casos: el mal no está sólo fuera, no se puede proteger a los seres queridos encerrándolos y envolviéndolos en la ignorancia, y el control de una situación así es siempre temporal porque al final algo falla. Los padres de esta historia no dejan entrar más que a una extraña, y es para que el hijo “se desahogue”, pero -como también era de esperar- ella acaba por incumplir la condición de no introducir nada del mundo exterior. El “error”, que en cierto modo era esperable, es subsanado, pero entonces ocurre algo con lo que los padres ya, tras casi imposibilitarles la salida a sus hijos, no contaban: la hija mayor desaparece, y lo hace cumpliendo las reglas que le han enseñado. Desde su punto de vista, está haciendo algo normal y correcto, pero en realidad se está jugando la vida, aunque eso ella no lo sepa. Ya lo descubrirá, naturalmente.
Lo cierto es que en esta película no parece haber habido ningún desencadenante concreto para el aislamiento, y esto le da un aspecto un poco más enfermizo (aún) porque, que yo sepa, no todo el mundo tiene con su pareja la conversación de “oye, ¿y tú quieres criar así, en plan normal, entrando y saliendo y en contacto con el mundo, o prefieres que nos encerremos para siempre en un sitio y nuestros niños aprendan la realidad que nos apetezca inventarnos?”.

No es difícil establecer un paralelismo entre esta historia y las anteriores, que pertenecen al terreno de la ficción, y la realidad de muchas personas. Ahí está el empeño que tienen muchos padres en cambiar los cuentos para niños y eliminar todo lo que sea violento, feo o dé miedo, vaya a ser que se asusten y tengan pesadillas, y en no enseñar educación sexual, porque en cuanto sepan que existen las guarrerías se lanzarán a por ellas, y en prohibir determinados videojuegos, libros, películas, tebeos…

Porque como conozcan “aquello” se abandonarán al vicio y a los instintos animales. Nuestros adorables niños se convertirán, sin que nosotros podamos evitarlo de ningún modo, en monstruos ávidos de sangre (parte de ella, genital) y violencia (parte de ella, genital también; aquí todo es genital) y la sociedad se irá al cuerno y ya no podremos ir a merendar una tarde a la cafetería de El Corte Inglés con los nietecitos porque el barrio estará inundado de zombis y maleantes, y los nietos serán asesinos convictos llenos de piercings e ideas políticas radicalmente opuestas a las nuestras. “A un niño así -piensan-, yo no le doy la paga, que además seguro que se la gasta en piercings… ¡en piercings genitales!”.

El problema de este razonamiento -además, naturalmente, de creer que lo único que podemos hacer para educar es prohibir y silenciar- es que pensar que la curiosidad no aparece si el desconocimiento del tema es absoluto es una gilipollez. La curiosidad que puede llevar a los críos por el mal camino, o por el bueno, o por el regular porque lo cierto es que no podemos saber cuál acabará siendo, es intrínseca: se nace con ganas de enterarse de lo que es follar, así de simple. Tenemos ya de salida una pieza del puzle en la mano (bueno, a veces está en la mano, eso me lo tenéis que reconocer) y queremos ver cómo encaja en el resultado final, y qué dibujo tiene esto al final. Queremos conocerlo todo, resolver las dudas que nos van surgiendo. Queremos saber cómo es la gente, qué harán si nosotros nos comportamos de esta o de esta otra forma, qué les gusta y qué no, qué nos pueden dar y qué nos quieren quitar. Queremos saber, y lo querremos toda la vida, cómo funcionan las cosas.

Analicemos esa última frase: “queremos saber cómo funcionan las cosas”.
Ahora, imaginemos: nuestros hijos son el sujeto de esa frase, y “las cosas” es lo que tienen de partida (el dolor de caerse del columpio, lo que sienten en ciertas partes de su cuerpo, la muerte… ). Aunque no les enseñemos nunca lo que es el verbo “funcionar”, se las apañarán para decirte lo mismo utilizando otras palabras, por ejemplo: “queremos saber cómo son y se comportan las cosas”. Vale; quizás no es exactamente lo mismo, pero se parece. Del mismo modo, si los adolescentes no reciben una educación sexual adecuada pueden no saber que ciertos sistemas llevan a desenlaces indeseados: lo harán, pero lo harán mal. Pero lo harán.

Si bien es comprensible que no se quiera apabullar a los niños con información que no van a poder ni tener que manejar (a una niña de cinco años no debería preocuparle quedarse embarazada) por el momento, tampoco hay que pasarse al lado contrario y dejarlos a su suerte, como en El lago azul, o mentirles, como ocurría en las historias de ficción que he comentado antes. Puede parecer manejable, y puede que durante un tiempo tengamos nosotros las riendas y decidamos qué entra y qué no, pero antes o después algo se escapará a nuestro control, y en ese momento es mejor que ellos, los “inocentes”, sepan con qué pueden encontrarse y que vayan armados (metafóricamente, en principio) para enfrentarse a ello. La diferencia entre la inocencia y la ignorancia es muy, muy sutil: es ignorancia cuando hace falta ese conocimiento pero no está. ¿Cuándo va a hacer falta? Pues no lo sabemos, nadie lo sabe con seguridad nunca, dado lo imprevisible que es todo. Estimarlo y equivocarnos, en fin, nos ocurrirá en algunas cosas y en otras no, pero imponer que sea nunca o cuando yo quiera es un suicidio como educador y un homicidio como padre.

La censura es un tema extensísimo, y estoy segura -porque soy pesimista por naturaleza- de que habrá alguna ocasión suficientemente motivada para hablar más de ello en el futuro, pero quería apuntar la moraleja de estas historias que, de un modo menos radical, podemos encontrar a nuestro alrededor:

“No encerréis a vuestros hijos en casa prohibiéndoles salir al exterior y contándoles mentiras acerca del mundo tales como que los zombis son flores amarillas”.

Que parece mentira que haya que decirlo.

El género del género y otros molestos prejuicios

23.marzo.2010 - 16:50

Las películas de terror son cosa de tíos, ¿no? Para las tías hay otro tipo de pelis: comedias románticas, comedias, románticas, dedibujos, paraniños, conguaperas. Ellos tienen, además, las deexplosiones, detiros y de ciencia ficción (que inexplicablemente no son consideradas Las De Los Más Machotes pese a que muchas de ellas tienen terror, explosiones y tiros, todo junto). A la pareja hay que llevarla a rastras al cine porque lo que le gusta a él no es lo mismo que le gusta a ella, evidentemente. De hecho, las calles están llenas de las marcas que deja con las uñas, los pies o los dientes el espectador obligado por su pareja mientras va de camino a la sala. Muy triste todo, vaya.

Esta idiotez, mantenida con absurda alegría por ambos sexos, no ha sido diseñada a prueba de lógica, y es que ¿qué tendrán que ver los genitales de cada uno con el tipo de cine que le interesa? Cualquiera diría que “pelis” es una forma en clave de llamar a los juguetes eróticos (e incluso en ese caso tienen más que decir los gustos personales que los cromosomas que nos haya tocado disfrutar).

Y, sin embargo…

Hace unos días vi el resultado de una encuesta abrumadoramente escueta en una web de fans de terror: ¿eres hombre o mujer?, preguntaban. Mira qué bien, pensaría todo el mundo, una que me sé. La respuesta es desoladora: 15% contra 85%, y seguro que no hace falta explicitar a qué corresponde cada porcentaje. Pese a que el reparto de géneros tiene toda la pinta de ser socialmente aprendido (igual que el color rosa es de niñas y el azul es de niños porque alguien se levantó un día y decidió que iba a ser así porque le venía bien), mucha gente lo acepta con total naturalidad, mientras que si se cuestiona cualquier otra supuesta diferencia basada en el sexo se monta la gorda. Valemos lo mismo, pero nos dividimos en dos grupos cuyas diferencias parecen insalvables. Vivimos a la sombra de nuestra ropa interior. ¿Qué, es que es gracioso decir que los hombres son de Marte y las mujeres no quieren que nadie piense que son marcianas también? ¿De veras es divertida esta “guerra de sexos”?

Yo soy de ese 15% al que no veréis contándole los dientes a Julia Roberts. Conozco a más mujeres (empezando por mi propia madre, que me contaba películas de terror durante el desayuno cuando yo era pequeña) que también lo son, y a hombres que no están en ese 85% de disfrutantes del terror. En mi caso, y no creo ser la única, he tenido que llevar a chicos a rastras (o sin especial ilusión) al cine o ir sola porque no quedaba más remedio. Lo mismo me ha pasado con amigas: algunas tienen interés y otras no. Soprendente… ¿Sorprendente? En mi experiencia, las mayorías suelen ser causadas por accidente, no porque haya una distribución de casos constante o unos cupos que cubrir.

Ante la férrea oposición de alguien a ver una película de terror, y ya sin tener en cuenta si es él o ella porque no afecta realmente a esto, le pregunto por qué se niega de una forma tan rotunda. Llamadlo curiosidad, llamadlo ganas de bronca, llamadlo investigación sociológica; las tres cosas están ahí. Estas son las razones principales que me han dado:

  1. Las películas de miedo me dan miedo, por lo que lo paso mal.
  2. El gore es asqueroso.
  3. Son malas. No es cine de verdad.

Esas ideas pueden tener su parte de verdad, ¡de algún sitio han tenido que salir!, pero es injusto e infantil meter todos los títulos de un género tan extenso en un mismo saco (el del Hombre del Saco, también conocido como Coco, que de este modo se erige como Rey del Terror; ahí es nada).

  • “Dan miedo y lo paso mal”. Pero vamos a ver, alma de cántaro, ¿te dan miedo todas las cosas del mundo? Porque si es así me temo que el problema no lo tienes con un género… Pero lo más probable es que haya cosas que te den miedo y otras que no, de modo que si ves It y tienes coulrofobia puedes pasarlo fatal y eso puede no interesarte, pero ser sin embargo ser acrofóbico no te condiciona el disfrutar o no viendo a Tim Curry hacer de payaso maligno y asesino. ¿No puedes con un tema concreto? Pues, si quieres, sáltatelo, ¡pero hay muchísimos más que van a entretenerte y no a traumatizarte! También cabe la posibilidad de que la historia sea muy buena y esté muy bien contada y tú, al meterte mucho en ella, te asustes, pero una cosa es un susto y otra distinta es el miedo, que es lo que nosotros podemos manejar: un susto puede llevar al miedo, al pánico, al terror, y estos pueden ser tan exagerados que resulte incómodo e inadecuado, pero depende de nosotros evitar mediante nuestra madurez e inteligencia emocional que eso ocurra. Por eso los cuentos para niños tienen un tonillo ligeramente macabro: desde pequeño has de aprender a enfrentarte a situaciones que pueden dar miedo y evitar que el terror sea más fuerte que tú, y los cuentos son pequeños campos de batalla en los que practicarlo. ¿Tiene esto alguna utilidad en la vida? No puedo asegurarlo (aunque estoy convencida de que sí), pero a mí la superación de un obstáculo me hace sentir muy satisfecha. Además, ¿no es un poco tonto tener miedo a algo que sabes que no es real?
  • “El gore da asco”. Ojo (nunca mejor dicho… ), que sólo me refiero a la ficción, yo no veo ni violencia ni muertes reales porque no me apetece ni pizca. Bien, pues esto del gore, la sangrecilla y las vísceras es otra cuestión de gustos y entrenamiento, para empezar, pero es que además hay quien da por sentado que la casquería y el terror van de la mano cuando lo cierto es que simplemente son colegas que a veces trabajan juntos. Hay películas de terror sin una gota de sangre y no por ello menos efectivas: en Paranormal Activity no es que abunden precisamente los trozos de persona desperdigados por la casa, y es que no hacen puñetera falta. Por contra, hay escenas desagradablemente sangrientas en todas partes: hace unos años caí desmayada (qué pasa, es que vivo todo apasionadamente) viendo El viento que agita la cebada, durante una escena en que a un irlandés le arrancan las uñas; ¡cuánto dolor, cuántos tirones, cuántos botecitos de esmalte de uñas quedarían olvidados en el tocador del pobre muchacho! Precisamente fue por situaciones de rabia ante autolimitaciones como estas que decidí y logré curarme de espanto por el método de la sobreexposición: panzada (jajajá, “panzada” y estoy hablando de gore, es que me parto… ¡Vaya, “me parto”, otra!) de gore hasta llegar a la insensibilidad. Es muy distinto estar viendo Terminator y tener que girar la cabeza cuando el malo se saca un ojo (que, para colmo, es más de mentira aún porque está ahí para disimular que es un robot) y hacerlo pensando en cómo se las habrán ingeniado los genios de los efectos especiales para que no quede demasiado ridículo. Vamos, que lo recomiendo. Superación, muchachos. Bastantes zancadillas nos pone la vida como para ponérnoslas también a nosotros mismos, ¿no? De todos modos, el recurso de no mirar y pegar grititos lamentables siempre estará ahí, al alcance de nuestras manos-escudo.
  • “Son malas”. De todo hay en todas partes, queridos: joyas en el terror, mierdas en el drama social, y al revés y al contrario. Otra vez, prejuicios debidos al desconocimiento y la cabezonería. La calidad y el talento no dependen ni del presupuesto ni del género que tengan. Habrá quien opine que Alien es un bodrio y quien afirme que El padrino es infumable pese a que la opinión general dice lo contrario; pues vale: cada uno tiene sus gustos, sus preferencias y su forma de valorar, y lo que yo le pido a esos noventa minutos puede ser totalmente distinto de lo que le pides tú. No voy a intentar siquiera defender que la opinión de todos, por distinta que sea, vale lo mismo, porque en el fondo nadie se lo llega a creer, pero es enormemente simplista pensar 1) que alguna vez somos objetivos al juzgar algo, 2) que dentro de una temática común no hay miles y miles de historias totalmente distintas, y 3) que todas se hacen igual y por los mismos motivos.

Accidente, eso es lo que he dicho: es accidental que veamos más fans del terror entre los chicos, o no. Hay gente que acepta lo que ha escuchado desde pequeña acerca de la separación (totalmente artificial) de sexos en cuanto a los gustos, pero si esa gente deja un momento sus prejuicios y se plantea las elecciones como persona, veremos que lo que escoja dependerá totalmente de sus preferencias, y más cuantos menos prejuicios ponga por delante.

Naturalmente, el tipo de película que cada uno quiera ver o no es un tema de escasa importancia, pero creo que podemos sustituir tranquilamente “cine” por “literatura”, “cómic” y por otras muchas palabras que seguro que a vosotros también se os ocurrirán. En el fondo, el mecanismo es  siempre el mismo: hemos de reconocer que nuestra objetividad es de chichinabo, es un espejismo, un intento inútil de no meter nuestra opinión personal en las valoraciones, y en su lugar debemos alentar el beneficio de la duda siempre que sea posible para poder juzgar y elegir de la mejor manera posible.

En fin, ahora acabaría haciendo una rima con lo que se suele escoger en caso de duda, pero si lo pensáis… ¡sería tremendamente irónico!

Raraquel presenta “Raraquel presenta”

12.marzo.2010 - 20:00

Hoy empiezo a escribir en un blog nuevo, pero, curiosamente, la sensación que tengo es de que esto no es nada novedoso en realidad. No es exactamente un déjà vu, más que nada porque ya sería el colmo de la pedantería y hoy no me apetece ser el colmo de la pedantería, pero digamos que como primera vez no tiene mucho futuro y sí mucho pasado.

Llevo años, bastantes años, escribiendo en mi blog personal y unos pocos menos en los sucesivos blogs eróticos que he ido teniendo. Estos últimos no han tenido demasiada suerte porque tiendo a cansarme de ver pezones por todas partes al cabo de un tiempo, pero de un modo u otro mi blog “de siempre” se mantiene ahí, contra modas, cambios de formato, falta de tiempo y la puñetera desgana que nos agarra a todos de vez en cuando. Pestañita de “post an entry” en la barra de marcadores. Entradas nuevas casi a diario. Gente harta de saber todo lo que me pasa por la cabeza en cada momento pero que no se atreve a decirlo porque es demasiado educada y a estas alturas les he llegado a caer bien.

El bloqueo del escritor me lo reservo para los relatos.

El caso es que escribir delante de un ordenador es uno de los vicios más difíciles de erradicar para mí  (especialmente porque no lo intento), y hay quien piensa que puede ser gracioso espolearme para ver si soy capaz de mantener un blog más. Me hubiera parecido una gilipuertez si no hubiera notado hace ya tiempo que me apetece hablar de mis otros vicios, que vienen siendo a grandes rasgos el terror y el erotismo, pero en otro entorno.

Antes de que los blogs como los conocemos existieran, antes incluso de que tener un ordenador fuera algo normal en vez algo propio de listillos, yo ya adoraba estos dos géneros. Es posible que naciera ya diciendo “jo, es que el terror y el erotismo me encantan y fascinan, aunque aún no los conozca siquiera”, pero no lo recuerdo. Lo que sí sé es que mis primeros tebeos, libros, películas e imágenes de ambos han estado presentes, con mayor o menor disimulo, durante toda mi vida. Si lo pensáis, es posible que a vosotros os ocurriese lo mismo pero no os hayáis dado cuenta de ello hasta ahora. Esas películas de miedo que ponían por las noches y no nos dejaban ver, los títulos de las pornos en los periódicos, esos millones de “no, que eres muy pequeño” que nos ha tocado aguantar tantas veces y que no hace sino provocar más interés.

Pasé toda mi infancia deseando ser adulta para que nadie pudiera impedirme profundizar a mi gusto en los temas que me apetecezca en cada momento, y estoy segura de que ha merecido la pena. En cierto modo es como ver un espectáculo de muñecos de trapo sabiendo que dentro de cada uno de ellos está la mano de alguien, o como hablar notando cómo la voz te sale desde el estómago (pausa para hacer todos los paralelismos que se quiera con los eructos. Tranquilos, nadie os oye… ¿o sí?). Lo que nos da miedo y lo que nos excita es incontrolable, de modo que sentarse a verlo y disfrutar con ello es la opción más sensata que se me ocurre.

Esta entrada no es más que una presentación, pero creo que he más o menos ha quedado remachado algo tan abierto como es una persona anónima escribiendo en internet. No soy ni una degenerada ni una pacata; hablo y escribo sobre cualquier cosa que me interese tratar, y eso es precisamente lo que pretendo hacer en este blog… y lo que iréis viéndome hacer en las próximas entradas, si queréis. Tiendo a ser un poco macabra y morbosa, sí, pero a mi lado se puede aprender mucho. Que sirva para algo o no, ah, ése es otro tema y será tratado en otro blog. O quizás no, ¡ya veremos!