Presagios de dragones
Una pequeña incursión al pasado. Escribí este artículo hace algo más de 2 años, para una colaboración que me ofreció un amigo con el Diario La Axarquía de Málaga.
Ayer por la tarde, la lluvia repentina me caló el sombrero, pero me trajo cierto alivio. Andaba calle abajo cuando estalló la tormenta, y me dije, “claro, esto lo explica todo”. Las horas anteriores se habían marchado a paso lento, dejando un olor a ozono, robándole las voces a los pájaros. Justo cuando estaba preguntándome para qué estaría cogiendo carrerilla el mundo, me resbaló una gota helada por el cogote y estalló la tormenta. Me acordé de un verso de Silvio: “vienen antecedentes de los ciclones”. El destino (me lo imagino como un señor bajito y ludópata, con un sentido del humor bastante absurdo) siempre llama por teléfono antes de presentarse. Lo malo es que deja unos mensajes en el contestador rarísimos: quién le iba a decir a César que los idus de Marzo, y la reciente afición por los puñales de Bruto, tenían algo que ver. Mientras me empapaba bajo una cortina de agua, subiendo por la calle del Silencio hasta el callejón de Granada donde vivo, pensé que la lluvia no bastaba para explicar el ánimo que la primavera y la ciclotimia me habían traído. Una sensación en el pecho de que está a punto de ocurrir algo grande. Una intuición de final de ciclo, de cambio, de renovación, de tormenta. Da un poco de miedo meterse a adivino a estas alturas del partido. Aún así, abro más y más los ojos, para que no se me escape nada, para que no pase de largo por mi puerta la clave de este acertijo. Como un paranoico que descubre por todas partes pruebas de su gran conspiración. Creo ver señales en cada esquina; lo malo es que no sé qué significan. El mundo, desde luego, no deja de enviarnos mensajes de que es preciso un cambio. Lástima que nuestros bienamados gobernantes sólo hablen su propio idioma (que, por cierto, nadie más entiende). Pero sospecho que la cosa no va por ahí. Y esta mañana me he quedado sin butano, pero tampoco creo que sea eso. Soy yo quien va a cambiar. Estoy asomado al borde de mí mismo, y todavía no sé si me gusta lo que veo. Para resguardarme de la lluvia y resucitarme del frío, entré en un bar a beber algo. Me encontré con una mirada de mujer que me puso el corazón a tocar palmas, y le preguntaba sin hablar, “¿serás tú lo que va a ocurrir?”. Sé que soy un iluso: visto lo visto, creer que el amor redime es, en el mejor de los casos, sólo poesía. Ya no hay princesas a las que rescatar de un monstruo. No puedo jugar a ser el príncipe azul de nadie. Ahora los mapas han clavado a un panel con alfileres la imaginación, como coleccionistas de mariposas, y no hay reinos lejanos donde la magia y la esperanza todavía estén permitidas. Sin embargo, ayer llovió, y hoy en el aire hay presagios de dragones.

Antonio Santo (Málaga, 1985) es escritor y músico. Se licenció en Filología Hispánica por la
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