La tarde se me había clavado entre las costillas como una esquirla de metralla al rojo, así que bajé a la calle, que es la mejor sutura que conozco. Decidí que ese día tocaba jugar a detectives: me subí las solapas de la chaqueta, me calé el sombrero hasta las orejas y, expirando el vaho sucio del centro de la ciudad, empecé a seguir a un hombre. Era un señor mayor, con gabardina de paño marrón hasta los tobillos y guantes de cuero oscuro; el cuello, tan torcido hacia delante que parecía nacerle en el esternón, le daba la apariencia de un buitre con traje caro. Caminaba con pasos lentos y largos; en apenas diez metros le infligí una biografía de contrabando y miradas furtivas, pero cuatro calles después me cansé de él y elegí otro objetivo: la enigmática mirada de serpiente de una vendedora de flores. Sentado en un banco observé cómo seleccionaba cuidadosamente los colores y aromas, siguiendo una lógica que sólo ella conocía y que imaginé como un lenguaje en clave. Dos rosas, un clavel y una margarita: la policía nos vigila. Tres siemprevivas y una violeta: puedes venir esta noche. Por su tenderete pasaron niños, ancianas, padres de familia, adolescentes, universitarios, y ni una sola vez construyó dos ramos iguales. Cuando la noche terminó de desvestirse cerró la persiana metálica y me lanzó cinco nomeolvides; después se marchó tan rápido como un ratón entre el maíz. Quise ir tras ella, pero no pude moverme. Resignado, me puse una moneda en cada ojo y me tendí en el banco, con el ramo azul sobre el pecho. Ya no respiraba: la tarde se me había entrado tanto en el pecho que mis pulmones estaban hechos de atardecer.
cuento, madrid
Para F.
Imagina que te regalo una pajarita de papel con algo escrito dentro que nunca llegas a leer. Imagina que la pones en tu mesa y te canta bajito una canción que sólo tú y yo conocemos. Imagina que me levanto de mi silla en la oficina y te saco a bailar un vals ante las caras sorprendidas de todos los jefes, de todos los trajes grises, como dos kamikazes enamorados sin nada que perder. Imagina que corro a abrir las ventanas y el viento entra y se lleva todos los papeles importantes, a toda la gente seria. Imagina que la pajarita de papel crece hasta volverse caballo de cartón, y que nos subimos en él y nos vamos lejos, muy lejos, donde nadie pueda encontrarnos, donde todo ocurra por primera vez.
cuento, personal
Este post es un poco más largo de lo habitual; es un relato que escribí hace cosa de un año. Que me disculpen los lectores menos pacientes.
Teníamos un problema y quisimos solucionarlo. No es culpa nuestra todo lo que pasó después.
Nuestro país vivió años felices tras la Guerra. Había que reconstruir el mundo, así que nos pusimos manos a la obra. Pocos años después observamos que, por decirlo de algún modo, la tierra quemada es a veces más fértil. El crecimiento económico se disparó: nacieron grandes empresas, y atrajimos enormes capitales extranjeros que, al poco, decidían establecerse y convertirse en parte de nosotros. Se fabricaron más coches que nunca; se abrieron carreteras para que circularan. La industria dio trabajo a todo el país, y los hijos de esos nuevos obreros llenaron las universidades, poblaron los cines y los restaurantes. Las leyes aún eran duras, como corresponde a leyes escritas en tiempos de guerra; eso hacía que el país fuese una balsa de aceite. Por aquel entonces, apenas teníamos que seguir conduciendo la máquina, que por todo lo demás andaba sola.
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cuento, inmigrantes, política
Rompió el sobre casi con deleite y extrajo la ansiada orden de alejamiento. Después abrió el listín telefónico por la página marcada y tachó un nombre más.
Aquella mujer cumplía todos los requisitos; por eso la eligió. Mediana edad, soltera, a cargo de su anciana madre, trabajadora; era de suponer que honrada y virtuosa. Tomó algunas fotos de ella desde la seguridad de su coche y averiguó todos los datos que necesitaba; después, empezó a seguirla.
Al principio no se dejaba ver. Era esa cara extrañamente conocida que te encuentras a menudo en el autobús, en la cola del mercado, en la calle de la peluquería. Después pasó a ser la inquietante presencia detrás de la última esquina, el hombre que siempre está a la salida de tu trabajo y recorre el mismo camino que tú. Poco a poco se mostró cada vez más y empezó a seguirla constantemente. Ella se asomaba a la ventana nada más despertarse, y le veía sentado en un banco observándole con unos prismáticos. Fuera a donde fuera el hombre la seguía con descaro, hasta convertirse en una sombra pisando su propia sombra.
Una noche, después de meses sin tener una cita, salió a cenar con un hombre. No había visto a su acosador en todo el día. Llegó a casa un poco achispada por el vino. Llamó al ascensor; de él salió aquel extraño que no la perdía de vista. Se cruzó con ella casi sin mirarla, con dejadez; se tocó el ala del sombrero y musitó un “buenas noches”. Aterrorizada, subió a casa llorando y llamó a la policía para poner la denuncia.
Todo había salido a pedir de boca. El juez había dictado una sentencia clara: orden de alejamiento. Una más. Ya llevaba trescientas sesenta y siete. El hombre se sentó en su butaca satisfecho, encendió un cigarro y buscó otro nombre en el listín telefónico. A este paso, muy pronto tendría una orden de alejamiento de todos y cada uno de los habitantes de la ciudad.
Tal vez entonces conseguiría, de una vez por todas, un poquito de calma.
acosador, cuento, misantropía
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