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Anotaciones etiquetadas con ‘cuento’

Hechos de atardecer

22.Enero.2010

La tarde se me había clavado entre las costillas como una esquirla de metralla al rojo, así que bajé a la calle, que es la mejor sutura que conozco. Decidí que ese día tocaba jugar a detectives: me subí las solapas de la chaqueta, me calé el sombrero hasta las orejas y, expirando el vaho sucio del centro de la ciudad, empecé a seguir a un hombre. Era un señor mayor, con gabardina de paño marrón hasta los tobillos y guantes de cuero oscuro; el cuello, tan torcido hacia delante que parecía nacerle en el esternón, le daba la apariencia de un buitre con traje caro. Caminaba con pasos lentos y largos; en apenas diez metros le infligí una biografía de contrabando y miradas furtivas, pero cuatro calles después me cansé de él y elegí otro objetivo: la enigmática mirada de serpiente de una vendedora de flores. Sentado en un banco observé cómo seleccionaba cuidadosamente los colores y aromas, siguiendo una lógica que sólo ella conocía y que imaginé como un lenguaje en clave. Dos rosas, un clavel y una margarita: la policía nos vigila. Tres siemprevivas y una violeta: puedes venir esta noche. Por su tenderete pasaron niños, ancianas, padres de familia, adolescentes, universitarios, y ni una sola vez construyó dos ramos iguales. Cuando la noche terminó de desvestirse cerró la persiana metálica y me lanzó cinco nomeolvides; después se marchó tan rápido como un ratón entre el maíz. Quise ir tras ella, pero no pude moverme. Resignado, me puse una moneda en cada ojo y me tendí en el banco, con el ramo azul sobre el pecho. Ya no respiraba: la tarde se me había entrado tanto en el pecho que mis pulmones estaban hechos de atardecer.

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Imagínate

25.Noviembre.2009

Para F.

Imagina que te regalo una pajarita de papel con algo escrito dentro que nunca llegas a leer. Imagina que la pones en tu mesa y te canta bajito una canción que sólo tú y yo conocemos. Imagina que me levanto de mi silla en la oficina y te saco a bailar un vals ante las caras sorprendidas de todos los jefes, de todos los trajes grises, como dos kamikazes enamorados sin nada que perder. Imagina que corro a abrir las ventanas y el viento entra y se lleva todos los papeles importantes, a toda la gente seria. Imagina que la pajarita de papel crece hasta volverse caballo de cartón, y que nos subimos en él y nos vamos lejos, muy lejos, donde nadie pueda encontrarnos, donde todo ocurra por primera vez.

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Derecho de ciudadanía

20.Noviembre.2009
Este post es un poco más largo de lo habitual; es un relato que escribí hace cosa de un año. Que me disculpen los lectores menos pacientes.

Teníamos un problema y quisimos solucionarlo. No es culpa nuestra todo lo que pasó después.

Nuestro país vivió años felices tras la Guerra. Había que reconstruir el mundo, así que nos pusimos manos a la obra. Pocos años después observamos que, por decirlo de algún modo, la tierra quemada es a veces más fértil. El crecimiento económico se disparó: nacieron grandes empresas, y atrajimos enormes capitales extranjeros que, al poco, decidían establecerse y convertirse en parte de nosotros. Se fabricaron más coches que nunca; se abrieron carreteras para que circularan. La industria dio trabajo a todo el país, y los hijos de esos nuevos obreros llenaron las universidades, poblaron los cines y los restaurantes. Las leyes aún eran duras, como corresponde a leyes escritas en tiempos de guerra; eso hacía que el país fuese una balsa de aceite. Por aquel entonces, apenas teníamos que seguir conduciendo la máquina, que por todo lo demás andaba sola.

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Orden de alejamiento

23.Octubre.2009

Rompió el sobre casi con deleite y extrajo la ansiada orden de alejamiento. Después abrió el listín telefónico por la página marcada y tachó un nombre más.

Aquella mujer cumplía todos los requisitos; por eso la eligió. Mediana edad, soltera, a cargo de su anciana madre, trabajadora; era de suponer que honrada y virtuosa. Tomó algunas fotos de ella desde la seguridad de su coche y averiguó todos los datos que necesitaba; después, empezó a seguirla.

Al principio no se dejaba ver. Era esa cara extrañamente conocida que te encuentras a menudo en el autobús, en la cola del mercado, en la calle de la peluquería. Después pasó a ser la inquietante presencia detrás de la última esquina, el hombre que siempre está a la salida de tu trabajo y recorre el mismo camino que tú. Poco a poco se mostró cada vez más y empezó a seguirla constantemente. Ella se asomaba a la ventana nada más despertarse, y le veía sentado en un banco observándole con unos prismáticos. Fuera a donde fuera el hombre la seguía con descaro, hasta convertirse en una sombra pisando su propia sombra.

Una noche, después de meses sin tener una cita, salió a cenar con un hombre. No había visto a su acosador en todo el día. Llegó a casa un poco achispada por el vino. Llamó al ascensor; de él salió aquel extraño que no la perdía de vista. Se cruzó con ella casi sin mirarla, con dejadez; se tocó el ala del sombrero y musitó un “buenas noches”. Aterrorizada, subió a casa llorando y llamó a la policía para poner la denuncia.

Todo había salido a pedir de boca. El juez había dictado una sentencia clara: orden de alejamiento. Una más. Ya llevaba trescientas sesenta y siete. El hombre se sentó en su butaca satisfecho, encendió un cigarro y buscó otro nombre en el listín telefónico. A este paso, muy pronto tendría una orden de alejamiento de todos y cada uno de los habitantes de la ciudad.

Tal vez entonces conseguiría, de una vez por todas, un poquito de calma.

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