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Anotaciones etiquetadas con ‘lluvia’

Presagios de dragones

22.Diciembre.2009

Una pequeña incursión al pasado. Escribí este artículo hace algo más de 2 años, para una colaboración que me ofreció un amigo con el Diario La Axarquía de Málaga.

Ayer por la tarde, la lluvia repentina me caló el sombrero, pero me trajo cierto alivio. Andaba calle abajo cuando estalló la tormenta, y me dije, “claro, esto lo explica todo”. Las horas anteriores se habían marchado a paso lento, dejando un olor a ozono, robándole las voces a los pájaros. Justo cuando estaba preguntándome para qué estaría cogiendo carrerilla el mundo, me resbaló una gota helada por el cogote y estalló la tormenta. Me acordé de un verso de Silvio: “vienen antecedentes de los ciclones”. El destino (me lo imagino como un señor bajito y ludópata, con un sentido del humor bastante absurdo) siempre llama por teléfono antes de presentarse. Lo malo es que deja unos mensajes en el contestador rarísimos: quién le iba a decir a César que los idus de Marzo, y la reciente afición por los puñales de Bruto, tenían algo que ver. Mientras me empapaba bajo una cortina de agua, subiendo por la calle del Silencio hasta el callejón de Granada donde vivo, pensé que la lluvia no bastaba para explicar el ánimo que la primavera y la ciclotimia me habían traído. Una sensación en el pecho de que está a punto de ocurrir algo grande. Una intuición de final de ciclo, de cambio, de renovación, de tormenta. Da un poco de miedo meterse a adivino a estas alturas del partido. Aún así, abro más y más los ojos, para que no se me escape nada, para que no pase de largo por mi puerta la clave de este acertijo. Como un paranoico que descubre por todas partes pruebas de su gran conspiración. Creo ver señales en cada esquina; lo malo es que no sé qué significan. El mundo, desde luego, no deja de enviarnos mensajes de que es preciso un cambio. Lástima que nuestros bienamados gobernantes sólo hablen su propio idioma (que, por cierto, nadie más entiende). Pero sospecho que la cosa no va por ahí. Y esta mañana me he quedado sin butano, pero tampoco creo que sea eso. Soy yo quien va a cambiar. Estoy asomado al borde de mí mismo, y todavía no sé si me gusta lo que veo. Para resguardarme de la lluvia y resucitarme del frío, entré en un bar a beber algo. Me encontré con una mirada de mujer que me puso el corazón a tocar palmas, y le preguntaba sin hablar, “¿serás tú lo que va a ocurrir?”. Sé que soy un iluso: visto lo visto, creer que el amor redime es, en el mejor de los casos, sólo poesía. Ya no hay princesas a las que rescatar de un monstruo. No puedo jugar a ser el príncipe azul de nadie. Ahora los mapas han clavado a un panel con alfileres la imaginación, como coleccionistas de mariposas, y no hay reinos lejanos donde la magia y la esperanza todavía estén permitidas. Sin embargo, ayer llovió, y hoy en el aire hay presagios de dragones.

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Piel de carretera

16.Diciembre.2009

Llueve, así que enciendo el limpiaparabrisas. Llueve y cae una manta blanca de niebla que intenta, pero no consigue, que estrelle este coche que no es mío contra una encina muerta que resiste en pie junto al arcén. Bajo el volumen de la radio para escuchar las gotas golpeando los cristales, para oír los truenos, que son las carcajadas de la tormenta. Conduzco como un águila que sobrevuela dibujando círculos un lugar cualquiera, como si no tuviera nada mejor que hacer; nunca me ha preocupado menos llegar tarde o que me estén esperando. Llueve como tinta transparente, alimentando las olas enormes que parecen querer comerse estas playas de arena blanca. Tengo las manos agrietadas del frío, duras y agrestes como si tuviera piel de carretera. Mañana es la penúltima etapa de mi viaje, y creo que incendié mis naves el mismo día que aprendí a decir “bésame” o ”sólo de ida, por favor”. Adiós al Sur. El futuro me espera.

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Manual de guerrilla urbana (I)

11.Octubre.2009
A la deriva

"A la deriva", Daniel Santo

Aquella noche, tiramos los televisores por la ventana y bajamos a la calle. Con todas las malas noticias del último año encendimos una hoguera tan grande y roja como el corazón de la ciudad. Después disparamos alegremente contra el cielo gris, contra las altas banderas y contra el miedo; subimos a la espalda de los hombres de piedra y les pintamos bigotes con un trozo de carbón. Entre carcajadas les bajamos los pantalones a los dioses, levantamos las faldas de las vírgenes y emborrachamos a los angelotes hasta que empezaron a tocar un jazz enloquecido con sus trompetas.

Entonces rompimos a bailar y dimos más y más vueltas, hasta que el beat de nuestros pies borró todas las fronteras. Y en el centro de la espiral de caos feliz, un niño sembraba el vástago de un árbol y una voz le susurraba al oído: “crear es resistir”. Yo me había quedado clavado al asfalto al ver unos ojos que había olvidado, como un ciervo deslumbrado por los faros que van a atropellarle. En mi cabeza volvieron a sonar las canciones de aquel bar; no sé si es apropiado bailar en medio de las ruinas, pero quizá el mejor momento para un vals sea después del bombardeo.

Cuando el futuro decepciona, el hombre siempre vuelve al pasado. Últimamente escribo para contar las cenizas, para nombrar los escombros, como un robinson haciendo inventario de los restos del naufragio. Escribo para volver a la época en la que sólo me preocupaba escribir, pero estoy demasiado viejo para creer las mentiras de los niños y soy demasiado joven para empezar a creer las de los viejos. Me he sentado un rato lejos de la batalla, sin saber dónde poner las manos, si en un fusil cargado de futuro, en otro café o en tu muslo izquierdo; con el recuerdo de una tarde de lluvia, de tu pelo enredado.

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