Derecho de ciudadanía
Este post es un poco más largo de lo habitual; es un relato que escribí hace cosa de un año. Que me disculpen los lectores menos pacientes.
Teníamos un problema y quisimos solucionarlo. No es culpa nuestra todo lo que pasó después.
Nuestro país vivió años felices tras la Guerra. Había que reconstruir el mundo, así que nos pusimos manos a la obra. Pocos años después observamos que, por decirlo de algún modo, la tierra quemada es a veces más fértil. El crecimiento económico se disparó: nacieron grandes empresas, y atrajimos enormes capitales extranjeros que, al poco, decidían establecerse y convertirse en parte de nosotros. Se fabricaron más coches que nunca; se abrieron carreteras para que circularan. La industria dio trabajo a todo el país, y los hijos de esos nuevos obreros llenaron las universidades, poblaron los cines y los restaurantes. Las leyes aún eran duras, como corresponde a leyes escritas en tiempos de guerra; eso hacía que el país fuese una balsa de aceite. Por aquel entonces, apenas teníamos que seguir conduciendo la máquina, que por todo lo demás andaba sola.

Antonio Santo (Málaga, 1985) es escritor y músico. Se licenció en Filología Hispánica por la
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