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Anotaciones etiquetadas con ‘viajes’

Síndrome de Ulises

23.Febrero.2010

En estos días de invierno y nostalgia, otro remember: un texto de otro tiempo, de hace casi dos años, pero que para mí tiene ahora más vigencia casi que entonces.

Pasear solo por una ciudad desconocida te hace sentir tan indefenso como libre. La pesada carga de ser uno mismo, de ser alguien, se diluye; es posible fantasear con romper el teléfono, tirar la documentación, borrar el pasado. Como si fuera posible, como lo era hace siglos, comenzar una vida nueva marcando las reglas, decidiendo el propio nombre, dónde se ha nacido. Cuando camino por una ciudad extraña, juego a reescribir mis recuerdos, como si fuera sólo el archivo de memoria de un ordenador que viaja. Yo nací en ese edificio (me digo), y fui a esa escuela; justo en esa mesa de aquel café me enamoré; en aquella otra me abandonaron. Empiezo entonces a profundizar en el falso recuerdo: estudié otra carrera que no me gustaba; viajé a un país del que ahora sólo conozco el nombre; o en un extraño pliegue narrativo, conocí a la persona que soy ahora. Pero siempre soy demasiado cobarde (o inteligente) para atreverme a reescribir el presente. Suena el teléfono, o miro una foto de casa, o enseño el pasaporte y la burbuja fantástica estalla. Me doy cuenta de que en una ciudad extraña no existo: soy sólo un par de ojos que aprenden, dos pies que caminan, lejanamente conectados con un yo que vive muy lejos. Aquí yo no soy yo, pero tampoco puedo ser otro, cortar el hilo de plata y quedarme para siempre en la ciudad irreal, la ciudad invisible que sólo existe la primera vez que la miras. Así que me olvido de mí, del aquí y el allí, el entonces y el luego, y trato de pintar en mi recuerdo lo intangible antes de que desaparezca.

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Piel de carretera

16.Diciembre.2009

Llueve, así que enciendo el limpiaparabrisas. Llueve y cae una manta blanca de niebla que intenta, pero no consigue, que estrelle este coche que no es mío contra una encina muerta que resiste en pie junto al arcén. Bajo el volumen de la radio para escuchar las gotas golpeando los cristales, para oír los truenos, que son las carcajadas de la tormenta. Conduzco como un águila que sobrevuela dibujando círculos un lugar cualquiera, como si no tuviera nada mejor que hacer; nunca me ha preocupado menos llegar tarde o que me estén esperando. Llueve como tinta transparente, alimentando las olas enormes que parecen querer comerse estas playas de arena blanca. Tengo las manos agrietadas del frío, duras y agrestes como si tuviera piel de carretera. Mañana es la penúltima etapa de mi viaje, y creo que incendié mis naves el mismo día que aprendí a decir “bésame” o ”sólo de ida, por favor”. Adiós al Sur. El futuro me espera.

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